La nueva edición del Festival Sonamos Latinoamérica tendrá su desarrollo entre los días 23 y 30 de octubre. En ese lapso, abarcará diversas propuestas que se pueden consultar en www.sonamoslatinoamerica.com. Conciertos, charlas y talleres le darán carnadura a un encuentro que se caracteriza por la calidad artística y por la expansión en sedes en todo el mundo. Es, como señalan los organizadores, “un espacio generado por músicos latinoamericanos que cooperativamente trabajan en proyectos de difusión de música popular latinoamericana de raíz folclórica, desde sus múltiples abordajes”.
Sonidos para viajar al siglo XVIII
Dentro de la nueva edición de Sonamos Latinoamérica, el grupo Confluencia Barroca ofrecerá un concierto dedicado a la música en las misiones jesuíticas y en las ciudades virreinales. Será en la Iglesia de los Milagros el domingo a las 20.30. “Los elementos de estas obras están impresos en las músicas populares de nuestros países”, expresaron los organizadores.

Este año el festival eligió, para su primera jornada, un concierto atípico pues será en una Iglesia y no estará centrado precisamente en la música popular, aunque sí profundamente emparentada con la identidad compartida entre los países de la región. El concierto estará a cargo del grupo Confluencia Barroca, agrupación con sede en Córdoba, que ofrecerá un concierto de música barroca latinoamericana llamado “Música en las misiones jesuíticas y en las ciudades virreinales”. La actividad se completará con la actuación previa de Le trio à cordes pincées de París (El trío de cuerdas pulsadas de París) que ofrecerá un repertorio con obras para charango, guitarra y clave. Y será en la Iglesia de los Milagros (San Martín 1588) el domingo 23 de octubre a las 20.30.
Dos partes
Mario Martínez, integrante santafesino de Confluencia Barroca, compartió con este medio detalles del repertorio que compartirán con el público. En la primera parte del concierto se escucharán obras provenientes de las misiones jesuíticas de Chiquitos en Bolivia y del cancionero del Chilidugú, recopilación de cantos misionales del jesuita Bernardo de Havestadt en el sur de Chile. Algunas de ellas serán interpretadas en sus idiomas originales, chiquitano y mapuche respectivamente.

En la segunda parte, las obras pertenecen al repertorio que se ejecutaba en las ciudades virreinales, encontradas en este caso en Sucre Bolivia, Cuzco y Trujillo Perú y Cuba. Las piezas pertenecientes al llamado Códice de Trujillo (que se interpretarán en este concierto) son el único registro escrito de la época, en donde aparecen las músicas populares tal como se las ejecutaba en aquellos días. Este escrito musicológico, se atribuye al obispo español Baltazar Martínez Compañon.
“Todo este repertorio gestado durante el siglo XVIII y con la sola excepción de este último descrito, no tiene en su génesis como suele pensarse, elementos rítmicos, melódicos, armónicos o estéticos que hayan sido tomados de las músicas originarias, son claramente músicas inspiradas en la estética europea de la música de la época. Pero de lo que podemos estar seguros, es que los elementos con los que estas músicas se construyeron, quedaron impresos en nuestros folklores y en las músicas populares de nuestros países a las que el tiempo, las tradiciones y la creatividad de los músicos de latinoamérica fueron mezclando sabiamente con lo originario y lo negro para obtener lo que hoy reconocemos como las expresiones musicales de nuestro continente”, explicó Martínez.

Sonoridades originarias
Consultado respecto a los desafíos que impone a los cantantes la ejecución de obras en idiomas como el chiquitano y el mapuche, Martínez afirmó que los cantantes están acostumbrados a cantar en varios idiomas y se entrenan en eso. “Pero generalmente esos idiomas son el italiano, el alemán, el inglés, el francés, el español o el portugués. Algunas veces el ruso, los que provienen de la tradición de Occidente”, recordó.
De modo que cuando los cantantes de hoy se topan con idiomas originarios, tienen que resolver problemas. “Por ejemplo, el mapuche que escribió Bernardo de Havestadt era un lenguaje que hasta ese momento no tenía escritura. Havestag escribió las partituras y las puso uno no sabe bien si con sonidos del alemán o del español, porque era políglota. Inventó una forma de anotar los sonidos que escuchaba de los mapuches. Ignoro si el mapuche hoy se escribe pero en el siglo XVII no tenía escritura. Entonces, hay toda una discusión musicológica acerca de cómo pronuncian las palabras que escribió en las partituras”, explicó Martínez.
Una de las posibilidades era tomar la partitura y pensar que la transliteración que hizo Havestag fue al español o al alemán. “Dentro de esas miradas, se toman decisiones respecto a los sonidos. Se trabaja sobre los probables. Con el chiquitano ocurre algo muy similar, solo que en este caso todas las transliteraciones son en español”, afirmó Mario.
Especialización
Sobre las habilidades específicas que exige a un músico del siglo XXI la interpretación de obras de hace más de tres siglos, Martínez remarcó que “el músico del siglo XXI debe prestarse a una búsqueda muy diferente a la de la tradición que ha recibido del siglo XX, que fue la tradición romántica de tocar o cantar. Para eso, durante toda la segunda mitad del siglo XX se desarrolló una corriente filológica que hizo que los instrumentistas y los cantantes aprendamos a tocar y cantar a partir de otras variables, que nada tienen que ver con la música del romanticismo del siglo XIX y de las primeras dos décadas del siglo XX. Eso incluía formas distintas de articular, emitir y concebir la proyección del sonido”, recordó.
Es lógico: un cantante de la época barroca cantaba sobre instrumentos de cuerda que eran mucho más pequeños, se tocaban medio tono abajo y tenían cuerdas de tripa. “Entonces la sonoridad que genera una orquesta de música barroca es más cuidada, más pequeña y menos estruendosa que la de una orquesta romántica o post romántica. Eso obliga a que el entrenamiento para hacer esta música sea particular. Hoy en día se habla de un oboísta barroco, un violinista barroco o un cantante barroco. Somos gente que nos especializamos en esto. Muchas veces, por nuestras realidades, abarcamos distintos repertorios y tenemos que cantar música del siglo XX o música romántica con un tipo de sonido y con otro cuando hacemos música barroca”, finalizó el músico santafesino.

Cabe señalar, por último, que los integrantes de Confluencia Barroca son: Alejandra Tortosa, soprano; Mario Martínez, tenor y guitarra barroca; Mimi Waisbord, oboe barroco; Hebe Asrín, Claire Fahy, violines barrocos; Alejandro Aizenberg, fagot barroco; Raúl Venturini, cello barroco y Marcela Reartes, clave.








