A fines del año pasado, Cecilia Pahl publicó “Estampas argentinas”. En este álbum, la cantora trashumante, misionera por elección, reinterpreta en clave popular un repertorio de la música clásica argentina de primera mitad del siglo XX. Canciones, vale decir, que ya había estudiado en la Escuela de Niños Cantores de Córdoba y en el Conservatorio. En la entrevista concedida a El Litoral, desarrolló el proceso creativo detrás de la obra, y enlazó el presente con distintos momentos de su vida, una vida musical.
Llevaron, encontraron
La entrevista transcurre en dos lugares: se pregunta desde Santa Fe, se responde desde Buenos Aires. Bueno, hay variaciones lógicas, cambios de mando. Pero la distancia no obtura los ecos; al contrario, los señala, como si se filtraran entre grietas y fisuras hasta llegar al otro lado. Cecilia explica que tiene una casa antigua con paredes muy anchas. “Para que entren las llamadas tengo que venir al living o cerca de la ventana” Allí vive hace 15 años, y al uso hogareño le suma el de estudio y ensayo.
Preguntar por un hogar en la historia de Pahl es abrir un abanico, administrar la mirada en el país a lo largo de las varillas. Nació y vivió en Puerto Rico hasta los cuatro años. Sus padres, argentinos, estaban residiendo en Centroamérica por un trabajo. “Por supuesto, llevaron con ellos los discos de folklore y de Piazzolla. Pero allá se encontraron con la salsa del Caribe, la plena, La Fania y Eddie Palmieri”. Esta familia muy ligada al arte -ya se sabrá por qué- se deleitaba escuchando mucha música en el tocadiscos, según narra la memoria y el andar actual de la hija.
Cecilia recibió su nombre de la patrona de la música. Cuando llegó a Córdoba, donde vivió los años de la primaria, comenzó a ir al Instituto Superior de Educación Artístico Musical “Domingo Zipoli”. O, como se lo conoce, la Escuela de Niños Cantores. “La única de doble escolaridad en ese momento. Una escuela pública con un programa como si fuera bilingüe: de mañana, Escuela Normal; a la tarde, música”.
Abajo del brazo
Pedro Alaimo nació en 1911 en la región de Sicilia. Vino a la Argentina cuando tenía dieciséis años, con “el saxofón abajo del brazo y una valijita de inmigrante”, recuerda Cecilia a partir del recuerdo que recibió de sus padres. Con una mano delante y otra detrás. El abuelo materno trajo una noticia, que su yerno Guillermo (padre de Cecilia), continuó, pasando del viento a las cuerdas.
Billy Pahl tocaba bajo y guitarra, además de cantar. En la época de oro del beat, mediados de los ‘60 según la historia oficial del rock, tuvo un grupo llamado Los Siderales. “Era un cuarteto tipo Beatle, pero cantaban en español”. De él formó parte el recordado Rodolfo Sánchez, percusionista y cómplice de aventuras musicales de Raúl Carnota. “Papá siguió toda la vida con la música, pero amateur. Alguna vez busqué, pero no hay ningún registro, nada oficial”.
Si me preguntan
Cecilia Pahl elige el traje de cantante litoraleña. “Esa es mi identidad más fuerte, pero con la amplia formación que tuve no necesito circunscribirme”, explica. Hay un cabo suelto en la historia, un capítulo pendiente que organiza la trama. Cuando, preadolescente, terminó la primaria, su familia emprendió un nuevo rumbo: Posadas.
En el noreste argentino, esperaba una tía y un nuevo trabajo para la madre de Cecilia, Elena. “Si me preguntan de dónde soy, digo que de Misiones. Es mi lugar de pertenencia. Ahora vivo en Capital Federal, pero tengo una casa allá que me espera, y vamos lo más seguido que podemos”. Las razones son el trabajo de su esposo, oriundo de Apóstoles, el artista visual Ignacio de Lucca. Ele U Ce Ce A, deletrea. “Ignacio es un pintorazo, su imagen remite a lo subtropical”, dice en un guiño cordobés sobre el autor de la tapa de “Estampas argentinas”.
Dejate de jorobar
“Comienzo a cantar música popular después de volver de Nueva York”, introduce Cecilia. “Allá conocí a un director de coro entrerriano que tocaba acordeón, piano y guitarra. Me propuso juntarnos a guitarrear y cantar música folclórica. Yo le dije que con mi formación clásica ya estaba arruinada. Dejate de jorobar, me dijo. Él me grabó y no lo podía creer... descubrí esa voz mía. Es como si me hubiera puesto la mano encima y supiera lo que iba a pasar. Volví de allá pensando: estoy tratando de cantar Bach, y cuántos miles lo cantan increíble... ¡pero nadie canta a Ramón Ayala!”.
El primer cómplice fue Matías Arriazu, que cumplía con la consigna: ser del litoral, conocer los ritmos. Entonces, Cecilia le contó su idea a Ramón, a quien conoce desde los 17. “Corochiré” llevó tres años de gestación. “Fui a su casa, le pedí material nuevo. Grabé cosas que casi ni él había grabado o grabaciones viejísimas; me encargué de que todas fueran canciones suyas en letra y música, y exclusivamente del litoral. Al final del disco, hice una versión de ‘El jangadero’. En esos tiempos se cumplían 50 años de la primera versión, mítica de Mercedes Sosa. Nosotros quisimos hacer algo distinto, aparte con la Negra ya está todo dicho... Entonces, hicimos una interpretación que fluye y da la sensación de estar en la jangada”.
Amplié el mapa
Su última publicación representa la fina estampa, la imagen viva de algo. “Los poemas que están en estas canciones son mensajes estampados, imágenes muy precisas de distintos paisajes de nuestro país. Incluso el personaje carretero, pese a ser una profesión que ya no existe, fue parte del paisaje”, suma Pahl. En cierto sentido, dialoga con la niña Cecilia, trashumante, que coleccionaba estampillas postales de todos lados. También teje redes con el libro “Ramón Ayala, desde la selva” (1986), que en el artículo titulado “Ayala: una obra pictórica que habla” lo describe como un rapsoda viajero, un “sembrador de canciones-pinturas y de pinturas-coplas” (241).
Además, “Estampas argentinas” es un disco pensado hace mucho tiempo: hubo que encontrarle la forma. Cuatro años atrás, la cantante litoraleña había probado con una instrumentación alternativa (marimba, contrabajo), para ver cómo sonaba. “Era interesante, pero nos alejaba de la música popular. Entonces pensé en Matías Arriazu [NdR: arreglador de sus dos primeros trabajos discográficos], que toca guitarra de ocho cuerdas y tiene un dúo con Ernesto Snajer. Las dos guitarras amplían la sonoridad; también simbolizan el instrumento nacional y la guitarreada”.
Verdadero sur
Resultante de un camino explorado previamente, la obra dialoga con sus hermanos mayores. Como la bilogía en torno al frondoso universo de Ramón Ayala (“Corochiré”, 2013; y su continuación con la big band dirigida por Richard Nant, “Camino y selva”, 2020), o el ramillete de canciones inéditas de cantautores contemporáneos de la región englobadas en 2015 bajo el oportuno concepto “Litoráneo”. “Lo bueno es continuar pensando, dialogando, investigando. Creo que a ningún lugar al que llegó es el puerto final. ‘Estampas...’ trae el repertorio desde la música académica a la popular, habiendo pasado por Ramón Ayala. Siento que amplié un poquito el mapa y, a la vez, sigo en el verdadero sur de América”.
El desafío de Cecilia fue tomar, estructurar e interpretar un repertorio de músicos académicos, algunos de ellos formados en Europa, que indagaron en la raíz, el folclore. “Todos compusieron con un aire o ritmo folclórico; incluso, se valieron de poemas sobre el paisaje, la naturaleza, alguna costumbre criolla. O usaban coplas populares, sobre todo del noroeste”. Las versiones originales, con acompañamiento de piano y cantante lírico, fueron reinterpretadas a lo largo de la historia por artistas como Atahualpa Yupanqui y Suma Paz… y llegaron a Pahl. Así fue tomando fuerza la idea, el álbum.
Se nota
Natural, orgánico, en los ensayos. Así se fueron acomodando las fichas musicales hasta decantar en el álbum. "Cuando una se pone a pensar en un orden, varias cosas entran en juego; por ejemplo, intercalar los ritmos. Por eso, las tonalidades escritas en La no están juntas", agrega Cecilia, encargada de llevar y traer, engrosar el repertorio en cada ensayo junto a Matías Arriazu y Ernesto Snajer. Aunque los arreglos tengan vuelo y visiten otras sonoridades, “para mí, era muy importante que los músicos conozcan de folclore. Porque sino se nota cuando falta la raíz, todo queda en un lugar híbrido”.
“Estampas argentinas” abre con “La canción del carretero”, escrita hace casi cien años por Carlos López Buchardo. En los ‘30, contextualiza la artista, “era muy cantada y en la escuela había un arreglo para niños. El famoso tenor Beniamino Gigli la grabó en Roma. Algo tan pampeano, tan argentino... ¡imaginate cómo voló!”. La figura de Alberto Ginastera es representada en la versión de “Zamba”, corolario del disco. “No está sujeta a un arreglo, fluye como una zamba de la música popular. La de Ginastera tiene una estrofa y un estribillo porque se basó en coplas populares. Indagué, investigué, leí un montón de coplas anónimas relacionadas con la temática, que me dieran la rima y pude sumar una estrofa”.
Necesitan ser
Cecilia apostó a un conjunto de versiones en donde se impusiera el canto del decir sobre la impostación de la voz. Esto último, en su percepción, es lo que “se oye en las distintas interpretaciones que se han hecho de estas canciones; no sé si es conceptual”, especifica. Por eso la intención fue acercarse a la voz poética y coplera. “Definitivamente, ahí está la cuestión: en el decir. A mí me interesa cantar canciones que no son solo letra, sino poesías. Entonces, necesitan ser dichas. Una vez, un poeta me pidió que leyera sus poemas. Fue un desafío. Pero estoy tentadísima de leer poesía, como si fuera por profesión”.
Desde esta posición, Pahl reivindica la corriente de cada una de las diez canciones. Pero, también elige una síntesis, una rima muy simple de dos versos, que compone la “Canción de cuna india” escrita por Ana Serrano Redonnet y musicalizada por Gilardo Gilardi. “Arrorró güagüita, arrorró mi sol”, recita. “En un momento dice ‘fue tu cuna la infinita puna. Te imaginás una niña de Jujuy, de los cerros. Es una imagen que siempre me emociona”. Además, suma la letra de Arturo Vázquez, “Gala del día”. Porque habla de la mañana, el mediodía, la tarde y la noche. Y dice varias veces la palabra ‘amo’. Me encanta que un poema hable de amar así”.