Constanza Michelson es una psicoanalista y escritora nacida en Viña del Mar, Chile. Es psicóloga por la Universidad Diego Portales y magíster en Psicoanálisis. Ha colaborado como columnista en medios como La Tercera, The Clinic y El País. Escribió “50 Sombras de Freud” (2015), “Neurotic@s” (2017), “Hasta que valga la pena vivir” (2020) y “Hacer la noche” (2022), Esta última obra obtuvo el segundo lugar en la categoría Ensayo del Premio Mejores Obras Literarias entregado por el Ministerio de las Culturas y dio origen a la serie “Nuestra locura”, del Canal de la Universidad de Chile.
"Uno es menos idiota si entiende que hay mañana"
La psicoanalista y escritora chilena presentó en sociedad su nuevo libro, “Microdramas. El peso de lo leve”. En diálogo con El Litoral profundizó en los vectores de la obra.

“Nostalgia del desastre. Variaciones sobre el odio, el aburrimiento y la ternura” (2024), recibió el Premio Círculo de Críticos de Arte de Chile en la categoría No Ficción y el primer lugar en la categoría Ensayo del Premio Mejores Obras Literarias. Constanza es también coautora de “Una falla en la lógica del universo” (2020) y forma parte del equipo fundador de la revista de cultura Barbarie: pensar con otros. Su último libro es “Microdramas. El peso de lo leve” (2026, Paidós).
Lo más parecido
-“Microdramas” sucede a “Nostalgia del desastre” y, a diferencia de su antecesor, tuerce la mirada hacia lo micro y pide “ser valientes en lo pequeño”. ¿Qué puntos de conexión encontrás entre ambas producciones?
-Tengo la impresión de que todo es una misma idea que va transitando, con distintos materiales, cada uno de los libros. Porque me pasa, efectivamente, que hay restos que van quedando después de terminar un libro. Algo me sigue rondando y suele tomar alguna forma. Siempre estoy en deuda con un libro de amor que nunca escribo. Parece que no lo voy a escribir, pero esto es lo más parecido. Por eso la dedicatoria [Para M. Lo que prometí. No parece amor. Lo es. Sin remedio].
Hubo un resto de “Nostalgia del desastre” que tiene que ver con una idea que me siguió fantasmeando: la pregunta de cómo es posible que a veces, por un segundo de estupidez, arruinemos todo. O, al revés, los actos que ni siquiera se piensan demasiado, como la mujer que corre y que igual abandona a sus hijos. Nunca lo termino de resolver, pero algo salva.
Tengo esa obsesión por la escena precisa donde alguien se dispara en el pie o donde alguien corre. Me queda el resto, ni tan consciente, porque me propongo otra cosa. Voy a escribir sobre el amor, me quedo con las ganas de escribir algo, me empiezo a fascinar con la mitología y los relatos bíblicos. Levi Strauss dijo que después de la Primera Guerra Mundial hubo un interés renovado por la mitología griega. Tiene razón porque en el fondo estos relatos antiguos, que son como los primeros psicólogos, están pensando en la condición humana, entran a nuestros problemas no desde una abstracción teórica, sino que dan con la ambigüedad. Yo quería escribir sobre eso y no me resultó.
-Escuchaste al texto y te dejaste llevar por él...
-Me hice una trampa. Escribí más de ochenta páginas pero yo ya sabía que no era (sin querer admitirlo). Tenía todas estas cosas en la cabeza. Tenía los restos inconscientes de “Nostalgia del desastre”, tenía a Edipo y a Noé en la cabeza. Me puse a jugar con eso mientras veía lo que hacían mis hijos, sus amigos, y las frases que decían. Entonces, empecé a escribir en esa clave de lectura. Las mismas cosas que estaba hablando esta gente antigua están pasando acá al lado. Por ahí alguien me dice: “No te resultaron los macrodramas, pero estás escribiendo microdramas”. Yo dije: “Ya. Este es el proyecto”.

Peleas
-El uso de la fotografía y las referencias audiovisuales como digresiones y, al mismo tiempo, costuras del texto parecen acercarte nuevamente al género de la docuficción.
-Desde que escribí mi primer libro, mi muy buen amigo Rafael Gumucio me dijo: “No se escribe como un collage con fotos, a menos que las fotos tengan algún valor artístico”. Efectivamente, a veces me inspiro desde las imágenes. Antes había puesto imágenes de artistas, pero esta vez saqué fotos con mi teléfono absolutamente sucio, fotos que no tienen ningún valor artístico. Tuve que elegir algunas fotos: la del útero fue muy polémica. Era totalmente importante que esté esa foto. En general, uno ha visto cerebros o corazones, pero me preguntaba por qué escandaliza tanto un útero, algo que además no hemos visto.
-Una de las imágenes incluidas en “Nostalgia del desastre” es la de Kurt Cobain. ¿Sentís que hay una estética punk en tu escritura?
-Yo quería hablar de las escenas, pero tengo enemigos imaginarios cuando escribo. Estaba peleando con la teoría crítica, que es mi mundo. Es más divertido pelear con lo cercano que con el adversario obvio, con la neurociencia. Ya basta con Mark Fisher, Byung-Chul Han o Bifo.
Hay una inteligencia de la vida que cruza al ser humano, que sostiene cosas que van más allá de los grandes modelos, las grandes teorías, los grandes totalitarismos. Quería captar esa inteligencia que, a veces, puede arruinarlo todo. Hablar de lo que las personas pueden hacer y después arrepentirse. Imagínate, hacer algo y luego poder pedir perdón, reparar algo y que eso torne tu rumbo. Es increíble si lo pensamos.

Habitar el lenguaje
-Si en “Nostalgia...”, la clave de lectura pasaba por la puntuación, en “Microdramas” adquiere relieve la acentuación de las palabras (basta, límite, voraz). ¿Cómo se articulan la niña que juega con las palabras y la psicoanalista que analiza la realidad?
-Yo creo que el psicoanálisis y la literatura son como primos hermanos. Hay una manera de habitar el lenguaje o de empujarlo-hacia, de salir de la palabra que solo repite, que no dice nada, que no toca, que no afecta, que no hace una marca en la realidad. Sabemos que hay un uso de la lengua que tiene efectos, que es acto, si se presta atención o se le da cierta dignidad al habla. Las palabras toman esa dimensión de una infancia perpetua: son nuevas, aunque sea la misma palabra de siempre dicha desde miles de años antes. Hay algo nuevo en una palabra vieja.
-“Si la poesía es la infancia de la prosa /.../ quiero mantenerme niño, siempre”, dice Babasónicos en una canción.
-La poesía es la alta sofisticación de esa ruptura para que no se congele la lengua. Me gusta la idea de Víctor Klemperer: que la lengua no se nazifique. Que la lengua no se vuelva solo frases hechas, cuatro frases que sirven para explicarlo todo ida y vuelta. Es la vieja fantasía de una lengua unitaria, transparente, que todos entendamos. Optimización, dice hoy día la tecnología. Pero lo interesante es que el ser humano, frente a todo este terror de lo que está pasando con la tecnología y la inteligencia artificial (que no digo que no haya que tenerlo), nunca hace caso a ser optimizado. Es una rebeldía política inconsciente. Somos animales ingobernables en un punto. También somos muy gobernables e influenciables. Esa es la parte estúpida. Yo, a veces, juego con la idea de que el error nos salvará.

Borde(r)s
-El libro problematiza el amor, la atención y el daño. ¿Creés que son las tres grandes dimensiones por las que circula “Microdramas”?
-Siempre queda un resto del libro, como decía. Y de este libro también quedó un resto. Tenía que hacer una charla para Puerto de Ideas. Entonces apareció la oportunidad de transformar esa charla que va a ser en noviembre en un pequeño ensayo que ya está escrito (ahora lo tengo que corregir). Ese ensayo es la explicación de “Microdramas”, lo que uno piensa después de lo que hace. Está el acto y después hay un pensamiento. A ese libro le puse “Border. La edad del antiamor”.
Vengo hace rato con la pregunta sobre qué hacemos en la encrucijada. ¿Tomamos un riesgo? ¿Esperamos? ¿Le damos la mano a alguien? ¿Corremos? ¿O nos arruinamos la vida en un segundo? Es algo que me obsesiona, y que está bastante puesto en escena en “Nostalgia del desastre”. “Borderline” es una palabra del psicoanálisis, pero yo pensaba en los bordes, en los límites vivificantes de algo. Para poder ser dos y no fusionarnos en uno, pero también pensaba en no tener que poner muros y muros muy reales para ser alguien (y no algo) o ser una nación. ¿Se pueden tender puentes entre uno y otro? ¿O por el desborde de que todo sea yo y todo sea ahora, arruino todo? Y si todo es yo y todo es ahora, ¿hay o no hay tiempo? Uno es menos idiota si entiende que hay mañana. Si no hay mañana, como una crisis mental o social, eres más idiota. Como Edipo, que no se deja pasar con su padre y eso arruina todo sin ningún dios que intervenga.
Escuché que Francisco, el Papa de ustedes, en una de las encíclicas decía que cuando no hay tiempo, la lucha es por el espacio. Entonces, yo pensaba en un ascensor que se detiene y empieza a achicarse el espacio. Falta el aire. Empiezas a odiar a la gente que está ahí al lado tuyo, a la que nunca odiaste ni tenías por qué odiar, porque no hay movimiento. Parece que hay algo de la dimensión del tiempo que está debilitado y todo es la lucha por el espacio.

Escena-río
-Una de las expresiones más impactantes de “Microdramas” es la de la estafa piramidal de no saber a qué pertenecemos. ¿Cómo apareció esa figura?
-Existen esas estafas piramidales no solamente en el mundo económico o en grupos semi secretos. Existen en tu grupo de amigos, en tu gremio, si vas al cumpleaños de no sé quién porque ese no sé quién invitó a alguien que para ti es importante y se empiezan a armar las triangulaciones. Luego está la pregunta por si uno quería pertenecer. A veces, decir que no es muy difícil porque te deja fuera y te expone.
Yo entro al microdrama de Epstein haciéndome la loca, diciendo que la casa era de muy mal gusto. Me pregunto cómo no se dieron cuenta en la primera señal de que algo olía mal. En la presentación del libro en Buenos Aires, Florencia Abadi tomó precisamente ese microdrama y dijo algo que me gustó mucho. A nosotros nos dolió tanto que Chomsky estuviera ahí con Epstein y leer esos mensajes que uno prefería no ver. No existe Epstein sin Chomsky ni Chomsky sin Epstein. El bien y el mal no están tan separados. Pero como somos muy influenciables, siempre creemos que estamos fuera de la escena.
Pienso en ese Freud joven. Élisabeth Roudinesco rescata las cartas que le escribió a su novia. Estaba de muy mal genio porque no tenía plata ni curaba a ninguna paciente. Fue sin ninguna autoridad a la Salpêtrière con (Jean-Martin) Charcot. La escena típica, la hipnosis. Están todos los médicos observando cómo las pacientes histéricas hacen su performance. Ellos creen que están fuera de la escena. Pero justo lo que Freud empieza a insinuar es que no, ellos están dentro de la escena. ¿Por qué Chomsky no fue crítico? Porque no estamos fuera de la escena y no sabemos todo sobre nosotros. Queremos pertenecer. Somos influenciables e hipnotizables. Mucho más de lo que creemos. Entonces, no se necesitan ni siquiera perversos como Epstein para que ocurra la perversión. Se necesita que un circuito corra y que nadie diga: “El emperador está desnudo”.
-¿Cómo operan las preguntas en tu vida?
-En “Nostalgia del desastre”, mi juego era que la narradora tratara de quedarse fuera de la escena, y luego fuera cayendo y entrando. No sé si se empieza a entender es la misma niña de la que habla. En “Microdramas” trataba de que fueran muchas voces. Eso es lo bonito de la parte más narrativa, eso sí que es la infancia. Es como apretar un botón y decir: ¿cómo hablaría Tiresias? Lo que a mí se me da fácil es activar estas voces neuróticas que se torturan a sí mismas por dentro. No es que primero vengan las preguntas, sino que es abrir un portal para ver cuál sería la rumiación interior de la persona en esta escena. Y activar lo más estúpido que las personas podamos pensar, porque eso es lo más divertido, lo más interesante y, a veces, lo más importante en los actos que luego hacemos. Es un río por el cual me dejo llevar.






