Juan Ignacio Novak

El dramaturgo, escritor y cineasta estuvo en Santa Fe para participar de una charla en el Foro Cultural de la UNL. En diálogo con El Litoral, reflexionó sobre las tribulaciones de escribir en tiempos de hiperinformación y fugacidad. “Si uno escribe, debería tener algo superador del silencio, porque ya el silencio está muy bien”, sostuvo.

Juan Ignacio Novak
Santiago Loza es un artista polifacético, pero el punto en que confluyen todos sus trabajos es la escritura. Hace poco tiempo publicó una novela y tiene otra en preparación; una obra teatral de su autoría se estrenó en Buenos Aires con Luis Machín como protagonista, y terminó de moldear una película documental con trazos de ficción titulada “Malambo, el hombre bueno”. Además, tiene previsto abordar un texto de Manuel Puig para una adaptación.
Durante su paso por Santa Fe para participar en el ciclo de charlas “10 x 10” en el Foro Cultural de la UNL, dialogó con El Litoral.
—Una de las cosas que te planteaste para la charla fue esto de “escribir por escribir”. ¿Por qué?
—Cuando le piden el nombre de una charla, uno arriesga y pone algún título que suene más o menos atractivo. Después tiene que hacerse cargo. Es un momento donde se habla mucho de la escritura, o de diferentes tipos de escritura, donde hay como un acceso a la difusión. Y mucha valoración de diferentes tipos de escritura. El hecho de que el Nobel lo ganara Bob Dylan, que hace canciones y no narrativa, habla del momento. Es un momento donde se habla mucho de la escritura creativa, de la escritura del yo. Hay mucha discusión y mucha información sobre la escritura. Y es un momento donde también me pregunto: ¿qué es escribir? Y quizá el título “escribir por escribir” resulta de pensar que muchas veces me preguntaron por qué escribo, y finalmente la única respuesta es que escribo porque escribo, o escribo para entender que escribo. La charla (en el Foro) es un espacio para pensar sobre el oficio y la necesidad, eso que nos convoca internamente.
—Ponés énfasis en la necesidad de escribir.
—Cada uno puede hablar de su experiencia. En mi caso, entiendo la escritura como una necesidad. En un momento donde uno está sobreinformado y hay demasiada hiperestimulación de informaciones visuales y sonoras, las preguntas son: ¿qué más tiene uno para decir, para agregar? ¿Hay algo nuevo en lo que uno tiene para narrar? Ahí me empiezo a cuestionar si ese texto que aparece, sea cinematográfico, teatral o narrativo, es un texto necesario. Si lo necesito o no, si es algo que me apremia. En mi caso, entiendo que la escritura es un gesto necesario. Cuando no aparece, prefiero el silencio. Entiendo que si uno escribe, debería tener algo superador del silencio, porque ya el silencio está muy bien. Porque además se compite con un exceso de información. Estamos abrumados de información.
—En relación con ese exceso de información, otra cosa que te proponés reflexionar es cómo ser un “autor” en la era de Facebook. ¿Qué pensás al respecto?
—Es un momento donde hay algo favorable, que es una democratización de la expresión. Pero también hay algo de trampa en esa exposición favorable. Que hace que esa expresión tenga una enorme fugacidad y esté vinculada con lo coyuntural, con lo inmediato. Y la escritura real es algo que trasciende lo inmediato, que está destinado a perdurar. Creo que hay algo tramposo. Todos escribimos, todos nos leemos, o tenemos la ilusión de que todos nos estamos leyendo a todos y en realidad el Facebook es como una trampa donde uno tiene un circuito cerrado de gente que te lee y se autoalimenta. Me parece un momento de transición donde estamos viendo qué es esa escritura que se produce. En un momento fue la explosión de los blogs. Ahora pasó al Facebook. Hay que ver qué va a quedar de esa escritura, hacia dónde va a derivar. Yo me pregunto adónde van a para los post que la gente escribió hace cuatro años. ¿Se vuelven a leer? ¿Qué se hace con ese material? Siento que es un momento en cuanto a la escritura de transición, donde hay más posibilidades de difusión. Pero eso no quiere decir que eso vaya a perdurar. Finalmente, la pregunta de siempre es: ¿qué es lo que va a perdurar?
—Ese interrogante sigue vigente.
—¿Qué trasciende lo inmediato? Siento que hay mucha escritura -y lo vivo en Facebook o en Twitter- que es reactiva, donde se reacciona frente al hecho diario. Bueno, pero ¿qué de eso trasciende el hecho diario, qué trasciende la exposición? Le pasa al cine, cuando una película tan sólo expone. ¿Cómo hacer para trascender lo expositivo, para entrar en un plano donde se pueda acercar a algo más innombrable, más trascendental?
—Además, en este contexto no es fácil encontrar un paréntesis para la reflexión.
—La escritura real, cuando uno mete los pies y las manos en el barro, tiene que ver con una introspección profunda, con soledad y con silencio. Entonces, hay algo engañoso en creer que la exposición es proclive a la escritura. No, es proclive a una reacción inmediata, a traducir en algunas palabras como se pueda cierta impresión sobre lo inmediato. Pero creo que la escritura real necesita que algo decante. Es un proceso interno más trabajoso. Son preguntas que me hago, no tengo la verdad sobre nada. Entiendo que hay algo engañoso también en la hiperproducción textual que hay ahora.
Canales
—Alguna vez te definiste como un “híbrido”, porque te formaste en cine y después llegaste al teatro. ¿Por qué elegiste el cine cuando lo elegiste y cómo fue el proceso para derivar en el teatro?
—La primera vocación fue la escritura, en la adolescencia. Después apareció el cine porque soy cinéfilo, y quizás el cine fue de alguna manera como camuflando la vocación literaria. Porque el lenguaje cinematográfico para mí completaba una escritura en proceso, o fallada, o como se llame. En un momento empecé a escribir guiones y el guión es una escritura hipotética que se completa con una película posible. Pude hacer algunas películas y, en alguna crisis con las películas, empecé a escribir teatro. Y para mí, la escritura del teatro estaba vinculada con ese origen primero que era lo literario. El teatro que yo podía producir era un teatro que estaba relacionado con la palabra, un teatro de texto. Había algo del valor literario que tenía ese teatro que el guión de cine no tenía. Entonces me fui volcando también al teatro. Ahora, también estoy publicando una novela, así que siento que estoy como en un margen y defiendo esa zona marginal.
—¿Y hay alguna de esas actividades -novelista, dramaturgo, cineasta- en la cual te sientas más cómodo?
—Me siento como alguien que escribe y encuentra distintos canales para desarrollar esa escritura. Me interesa indagar y aprender. Mi oficio cercano es escribir, es la forma que tengo de conectarme. Después aparecen los soportes.
El Dato
Nuevas cinefilias
Las influencias que determinaron la formación cinéfila de Santiago Loza en los ’80 fueron muy diversas: desde Ingmar Bergman y Pier Paolo Pasolini, hasta “Gremlins” y “Volver al futuro”, pasando por la obra de directores argentinos como Carlos Sorín y Adolfo Aristarain. Sin embargo, no tiene una mirada nostálgica. “Creo que la cinefilia fue mutando, que la gente ve cine en los festivales, o en su casa, buscando y descargando películas. Quizás la forma que uno tenía de ver cine cambió, pero no creo que se haya perdido. Hay otra cinefilia”.
Perfil
Santiago Loza es un dramaturgo, escritor y director teatral y de cine nacido en Córdoba. Dirigió los largometrajes “Extraño”, “La invención de la carne”, “La paz” y “Si estoy perdido no es grave”. Fue creador de la serie televisiva “Doce casas”. Realizó la dramaturgia de obras como “Amarás la noche”, “Pudor en animales de invierno”, “La mujer puerca”, “El mal de la montaña” y “Tu parte maldita”. Entre sus publicaciones literarias aparecen “Textos reunidos” , “Yo te vi caer” y “El hombre que duerme a mi lado”.