El pasado 4 de junio se presentó en la librería Del Otro Lado la primera novela de la comunicadora Natalia Pandolfo, “El hijo”, por la editorial De l’aire. A partir de la publicación de este libro me he hecho una serie de preguntas. La primera tiene que ver con qué significa una primera novela para una mujer que ha transitado por años la prensa escrita. Natalia puede ser conocida para muchos por su desempeño como periodista en un diario local. Desde muy joven se preparó para registrar lo que por economía llamamos realidad. Viene entrenando la mirada, la sensibilidad y la escritura para dar cuenta de hechos colectivos. En el periodismo rige un pacto de objetividad y distancia, se escribe sobre lo que se ve, sobre el acontecimiento explícito. Que una periodista decida ficcionar no significa que abandona ese deseo de fidelidad sino que ha llegado el momento de buscar una verdad más profunda, una que no cabe en la crónica diaria. Publicar “El hijo” implica cruzar un umbral donde las herramientas del oficio tal vez ya no sirvan, y eso requiere de valor o, para usar una palabra más gráfica, de arrojo.
Una ironía trágica y circular

La segunda pregunta que me hago se refiere a la forma que eligió Natalia para su novela, con una primera parte en tercera persona para contar la historia de una familia antes del nacimiento de la narradora y una segunda parte en primera para dar cuenta del relato de Luciana, que llega a esa familia cuando las reglas ya se han puesto. ¿Por qué vio necesario ese cambio? Dicen que toda historia familiar comienza siendo un mito. El territorio del hogar suele fundarse a partir de relatos sobre sacrificios de abuelos, migraciones y renunciamientos. En la novela la fundación es el casamiento con lluvia en una parroquia de Santa Fe, el ritual tano, las anécdotas compartidas y la edificación, ladrillo sobre ladrillo, de una promesa de prosperidad. Así arranca la primera parte de la novela, titulada significativamente “De ellos”. Natalia nos introduce en la intimidad de Ada y Juan mediante una voz que opera como un álbum de fotos en blanco y negro. El relato ordena y busca darle sentido histórico a los primeros años de esa pareja y al nacimiento de sus hijos. Después viene el giro a la segunda parte, “De mí”, donde emerge la primera persona de Luciana, la hija menor. Este cambio de perspectiva no es un mero capricho estético; es el testimonio del derrumbe. El paso del “ellos” al “yo” representa el paso del mito familiar al testimonio de una disolución.
También me pregunto sobre lo biológico en esta historia. Sé que no es lo más obvio en la lectura, que muchos se van a maravillar por otras cosas, pero la biología siempre me obsesiona y en esta historia el cuerpo ingresa por lo menos de dos maneras que me parecen interesantes. Primero, como enfermedad. Segundo, como herencia.
Enrique, el hermano varón, nace con una atresia de esófago y, años más tarde, le diagnostican una diabetes crónica, lábil y progresiva. A este cuadro de fragilidad física se le suma, con los años, un problema psiquiátrico. La enfermedad deja de ser un asunto puramente médico para convertirse en la ley que gobierna la casa, y Enrique se transforma en el director de escena de un drama cronometrado por los horarios de la insulina, las balanzas de los carbohidratos y el miedo al síncope. Ada sobreprotege y justifica el comportamiento de ese hijo, se abandona y abandona al resto de la familia en nombre de la culpa y del miedo. La enfermedad funciona en la novela como una maleza que ahoga los proyectos de los demás. El padre se refugia en el galpón del fondo, los hermanos mayores van encontrando atajos hacia vidas independientes, pero Luciana, la menor, queda atrapada en una dinámica asfixiante.
La segunda manera en que el cuerpo emerge como articulador de esta historia tiene que ver con la presencia silenciosa de un abuelo cuyo sufrimiento parece haberse hecho carne en su descendencia. Para mí en este elemento en particular alcanza la novela su dimensión más perturbadora: la revelación de que el sufrimiento es una sustancia biológica que se hereda. Hoy la ciencia confirma lo que la literatura ya intuía: el trauma extremo y el estrés crónico dejan marcas químicas que se transmiten a las siguientes generaciones. El cuerpo es un archivo y no olvida. En la novela, este dolor heredado no es una metáfora. El trauma original proviene del nono Pedro, que regresó de la guerra habitado por un horror que la familia lo obligó a silenciar: “Callate, viejo, no cuentes. Van a decir que sos loco”. Ese silencio recortó el mito fundacional pero no la transmisión del síntoma. El hermano mayor en una carta lo advierte con lucidez. Escribe:
“El otro día leía un texto de psicoanálisis [...] que habla de las consecuencias de las guerras en las generaciones siguientes de quienes las sufren. Me hizo acordar mucho al nono Pedro y a todo lo que nunca se habló en casa. [...] Pienso si esos alaridos de Enrique no tendrán algo que ver con todo eso.”
La cucharita con la esvástica que Luciana encuentra años después es testimonio material de esa herencia reprimida. Los lectores encontrarán que la herencia aparece además bajo otra forma que no voy a comentar aquí porque se relaciona con el final de la novela.
Y la última pregunta que me hago tiene que ver con el estilo de la escritura y, sobre todo, con la inclusión de poemas. Creo que cuando ya no se puede nombrar el horror o el asco o el miedo, o cuando la alegría es tal que los márgenes de la página son demasiado rígidos para expresarla, la poesía puede ser la única forma posible. El texto entonces se fragmenta en versos libres que operan como letanías, como rezos truncos. La poesía permite procesar la rigidez clerical del colegio de monjas o la imposibilidad de ser mirada por una madre, se convierte en el refugio de la narradora ante una realidad que la quiebra.
Con una historia tan cargada de emociones, la novela es eficaz porque recurre a oraciones breves, afiladas, que recuerdan el ritmo de un segundero en una cocina silenciosa y que permiten ir procesando esas emociones de una manera gradual. Es una prosa hecha de fogonazos y de elipsis. A esto se le suma la precisión para reconstruir el paisaje de una época a través de objetos y fetiches comerciales. El vino Franja Amarilla, los cigarrillos Le Mans, la gráfica de canal 13, el Ford Falcon, el walkman Sony o los helados de La Crema de Oro no son decorados en la historia. Funcionan como marcas de una memoria compartida, como testimonios arqueológicos de una Santa Fe que en los jingles y en los carteles parece una ciudad normal mientras, puertas adentro, un tejido familiar se descompone.
Hay una pregunta más, pero esta vez no la hago yo sino que surge de la novela. ¿Qué pasa con una familia cuando desaparece lo que rompía la armonía? ¿Cómo es el proceso de reconstrucción? ¿Es posible una reconstrucción? La ironía trágica y circular del final confirma que, en la visión de Natalia, el trauma no se esquiva corriendo. La enfermedad, que supo disolver la familia, termina siendo el único código común, el último puente de ternura posible. La historia que cuenta esta novela y la manera en que se la cuenta nos permiten entrever cómo el dolor familiar se hereda, se escribe y, finalmente, se encarna.








