Roberto Schneider


Roberto Schneider
En estas mismas páginas nos hemos referido casi con devoción a los magníficos valores de “La sobrina”, que está realizando su temporada en La 3068. Primero, a la excelente novela del mismo título de la que es autor el santafesino radicado en París Sergio Delgado y luego a la estupenda adaptación de Mari Delgado, autora de la dirección general del soberbio espectáculo.
Hay que agregar justicieramente -uno de los roles de mi trabajo como crítico- la labor del elenco que da vida a los personajes que entrañablemente se desplazan en la escena. Porque se lo merecen.
Sergio Abbate compone a un pintor que sueña con una realidad inexistente; Milagros Berli es una mujer bella, muy bella, que posee inquietudes ocultas; Carolina Cano es la sobrina que todos quisiéramos tener; Raúl Kreig es un actor-estrella que no oculta sus aspiraciones; Silvana Montemurri es una diva insidiosa que quiere lo mejor; Cristina Pagnanelli es una actriz brillante que intenta recrear tiempos vividos; Fabián Rodríguez es un actor preciso y prolijo y Rubén von der Thüsen, un actor vehemente, comprometido con la realidad.
El párrafo aparte es para Edgardo Dib, quien crea un personaje entrañable, desprotegido, que intenta poner orden en un acto creativo permanente, y quien además pide amor y da una galletita.
Ellos y ellas construyen la verdad escénica de “La sobrina”. Que es un espectáculo redondo, sin fisuras, que ofrece a los espectadores la posibilidad de reír, pero también la de reflexionar. Para qué más sirve el teatro.
Queda en el aire flotando el homenaje al otrora director de la Casa de la Cultura, Juan Carlos Rodrígez F. y a Carlos Méndez, su atento colaborador.
“La sobrina” merece verse, con la sorpresa incluida.