El músico Juan Vila presenta su nuevo disco “Axolote”, que fue grabado, editado, mezclado y masterizado en Estudios Doctor F entre los meses de abril y junio de 2022. Es la segunda obra discográfica de Vila que además de compositor, charanguista, guitarrista, percusionista y cantante acredita como pergamino un doctorado en Filosofía en la UBA y se dedica a la docencia y la investigación. “Axolote”, que reúne diez obras originales de música popular contemporánea, nueve de Vila y una de Víctor Jara, con arreglos corales de Vila remite en su título al “axolote” o “axolotl”, un anfibio que es capaz de cambiar de forma y color además de regenerar miembros perdidos. Con esa misma idea el artista trabajó dos años hasta reunir el repertorio de un disco de “folklore en transformación”.
“La música tiene la capacidad para orquestar sensibilidades colectivas”
Juan Vila, compositor, charanguista, guitarrista, percusionista y cantante, puso a rodar su segundo disco “Axolote”. Allí agrupó diez obras originales de música popular contemporánea, nueve de su autoría y una del chileno Víctor Jara. “Crear y componer es una aventura que te lleva a lugares desconocidos”, afirmó.


Doblar sin romper
-Señalaste entre tus influencias a artistas como Carlos Aguirre, Juan Quintero, Fandermole, Raúl Carnota y Liliana Herrero ¿Qué valorás de ellos y cómo sentís que aparecen en tu disco?
-Todos estos músicos (desde el Chango Farías Gómez hasta Juan Quintero) le mostraron a mi generación que el lenguaje del folclore no es estático, sino que está ahí para ser expandido, potenciado, con otros lenguajes. Lo que más valoro de ellos es su coraje y su ingenio. El coraje de romper algunos modelos folclóricos, a veces sacralizados, para moldear expresiones muy personales. Y el ingenio compositivo de lograr esto sin que deje de sonar el folklore que tanto nos alegra el corazón. ¿Qué quiero decir con esto? Que en ningún momento suena forzada una zamba o una chacarera de Carnota, pero si las mirás con lupa ves que hay allí un sinfín de innovaciones armónicas, rítmicas, incluso poéticas, que están ahí no para contradecir a la música popular, sino para enriquecerla. Creo que ellos me enseñaron eso: crear no es hacer lo que uno quiere. A veces uno compone creyendo que está creando sin restricciones, pero uno está lleno de formas que impregna a sus creaciones a veces de manera inconsciente. Con el folclore pasa algo distinto: tenés una forma que tenes que respetar (una zamba es una zamba) pero el desafío es moverte con agilidad dentro de esa forma, y doblarla todo lo que puedas sin “romperla”. Ese juego es el que amo, y ellos son maestros y maestras de ese juego. De alguna forma esa impronta compositiva, “doblar sin romper”, es la que explora mi guitarra a lo largo de todo el disco.
-En el nuevo trabajo decidiste incluir nueve canciones de tu autoría y una de Víctor Jara, con arreglos corales tuyos ¿Qué motivó esa decisión?
-Tengo un amor y una admiración profundas por el movimiento de la Nueva Canción Chilena. Mi primer disco, “Pura Semilla” (grabado en dúo con una chilena, justamente), tiene una canción dedicada a Violeta Parra. Creo realmente que esa generación en Chile entendió que el compromiso social iba de la mano con la innovación artística. Los dos son gestos políticos, son formas de decir “acá estoy yo, esta es nuestra identidad”. A Jara lo escucho y toco hace años, y había pensado hacer una versión de “El Pimiento” que es un huayno que tiene un interludio muy experimental. Esa idea quedó en el camino, y empecé a probar con “Gira Gira Girasol” que es la primera canción que escuché de él y que me enamoró. Probé de todo: guitarra, charango, quenas y efectos digitales. Al final me quedé con la voz sola, escuchando la melodía original como dos días, sin agregar nada, hasta que empecé a jugar con otras líneas vocales, y se fue imponiendo el arreglo coral.
El arte, una pregunta abierta
-El disco tiene una fuerte impronta de compromiso social y humano. “La zamba sin nombre” está dedicada a Esther Ballestrino, fundadora de Madres de Plaza de Mayo. Y “Chacarera del Desmonte”, denuncia el extractivismo que daña la Tierra. ¿Creés que desde la música sirve para despertar conciencias, que de ahí se puede cambiar el mundo?
-“Cambiar el mundo” es una expresión que puede confundir. Por un lado, el mundo cambia todo el tiempo. Por el otro, nunca cambia del todo ni de un momento para el otro. Pero sí creo que el arte en general y la música en particular tienen la capacidad para generar sentidos comunes, para orquestar sensibilidades colectivas. No por casualidad los grandes movimientos sociales vienen acompañados de movimientos estéticos. Vuelvo a usar el ejemplo de la Nueva Canción Chilena. Cuando Pinochet hace el golpe, uno de sus primeros decretos prohíbe los instrumentos autóctonos. Más claro que eso, imposible. El arte, cuando es en serio, moviliza e inquieta y eso es bueno. Pero es siempre una pregunta abierta hasta dónde se puede cambiar gracias a una canción.

Equilibrio
-Una idea interesante que expresaste sobre el folclore es tomar tradiciones populares y ponerlas al servicio de lo que se tenga para decir “aquí y ahora”. ¿Cómo son los procesos creativos para gestar las canciones desde ese lugar?
-Es una buena pregunta, y la respuesta será siempre parcial, porque crear y componer es una aventura que te lleva a lugares desconocidos. Lo que sí puedo decir, retomando esto de “doblar sin romper” o la idea del axolote que hace metamorfosis, es que la ruptura no puede ser total, sino que tiene que ser orgánica. Si yo rompo con todo no estoy siendo vanguardista, estoy simplemente haciendo otra cosa, ignorando las técnicas que propone cada género. La cultura es como un organismo: si queda quieta, muere. Por eso el verdadero folclore está siempre transformándose. Violeta Parra no era folclore para los puristas de los años 50, Piazolla no es tango para la Vieja Guardia, Liliana Herrero no es folclore para qué se yo quién. Y así. El punto interesante, para mí la definición misma de “creación musical”, es lograr ese equilibrio entre “ruptura” y “continuidad”. Es decir, yo quiero que lo que hago sea escuchado y reconocido como una “zamba” o un “chamamé”, pero al mismo tiempo no quiero reproducir un esquema, sino transformarlo. El equilibrio entre ambas cosas es para mí el verdadero desafío.
El aura de Spinetta
-Señalaste que con este disco quisiste jugar con la idea de poder hacer “un Artaud para el Folclore”. ¿Por qué?
-Porque Spinetta hace exactamente esto con “Artaud”: un equilibrio entre ruptura y tradición. El disco es sumamente rockero pero al mismo tiempo te lleva al límite de la expresión. La “Cantata” lleva al límite la duración del género canción, la poética de “Por” rompe con el sentido, “A Starostra el Idiota” se sumerge en el surrealismo, pero nunca abandonando el blues, el rock. Cuando digo que “Axolote” es un “Artaud” para el folclore no quiero presumir de tener esa influencia, claro. Pero sí hay parecidos formales. Un comienzo muy despojado con guitarra, una canción de casi diez minutos que desafía las duraciones convencionales, experimentación con armonías que vienen del jazz, algo de efectos electrónicos, todo eso está en ambos. De allí me surgió la analogía. Espero que otros puedan escuchar esto en el disco.








