Roberto Maurer
—Es un perro -dijo.
El periodista de Fútbol para Todos se refería al ejemplar de raza canina que recorría el campo de Rosario Central durante el partido que el local jugaba con River Plate. Era un momento mediocre del juego y, metafóricamente hablando, al intruso podían agregarse otros 22. La intervención del perro fue muy larga, el partido se interrumpió y nadie actuaba.
Durante unos minutos el animal acaparó la atención de millones de televidentes. Luego defecó en la cancha, lo que podría interpretarse como un comentario acerca del trámite del partido. Los comentaristas se escandalizaron ante un espectáculo que, según sus conceptos morales, era un bochorno para la televisión, sin tener en cuenta el limitado entendimiento de esa criatura de Dios que estaba respondiendo a una necesidad natural. Salvo que el perro haya sido juzgado a partir de un coeficiente intelectual al cual no llega la legión de trolas que pasan por los programas de chimentos.
Intervención divina
Finalmente, el animal fue cariñosamente capturado y trasladado fuera del campo por el volante Jesús Méndez.
¿Solamente alguien llamado Jesús podía resolver el problema? Para milagros se había postulado Marcelo Tinelli, que intentó apropiarse de Fútbol para Todos, la fuente de financiamiento estatal del crimen organizado y diversificado en distintas actividades entre las cuales se incluyen desde bandas de asesinos a dirigentes que desvalijan clubes.
En su gestión ante las autoridades nacionales, Marcelo Tinelli tropezó con La Cámpora, que le cortó las piernas. En la misma acción, resultó malherido el jefe de gabinete, un ser lastimoso, y padrino de la iniciativa que de prosperar dejaría en una buena posición a Cristóbal López para apoderarse del negocio de las apuestas en el fútbol. Está capacitado: el nuevo socio y patrón de Tinelli pertenece a la pujante burguesía nacional del sector de las máquinas tragamonedas.
¿Por qué nos inclinamos a pensar de que las transmisiones del fútbol serían mejores en manos de Marcelo Tinelli? Tal vez no habría más perros en nuestras canchas. O quizás entrarían solamente chihuahuas. Fueron invocadas una nueva “estética” y un estilo inglés de transmisión deportiva, pero la afición argentina no pide ser premiada con los criterios del “mundo del espectáculo”, sino que mejore el nivel del fútbol que se juega. Es mediocre, y nuestros cronistas deportivos encontraron la palabra justa en el rico vocabulario de la lengua española: los partidos no son buenos pero, al menos, son “intensos”.
La transmisión del clásico entre San Lorenzo y Racing no fue en HD, porque la iluminación del estadio local no es la que exige la tecnología de alta definición. Marcelo Tinelli había prometido HD para todos los partidos, pero su propio club carece de la luz requerida.
Guerra de egos
Dejando de lado la instrumentación de la propaganda política en el deporte, una especialidad donde se destacó Goebbels y que Bonafini explicitó como objetivo de Fútbol para Todos, las transmisiones son aceptables.
Hasta puede ser tolerada la exaltación de relatores que transmiten los partidos como si fueran plateístas, y la predisposición oficialista de Javier Vicente y Alejando Apo, que son chupamedias naturales y, por lo tanto, tan inocentes como el perro.
El público, el depositario del resultado de estas batallas, desconoce si los motivos son ideológicos, o si se relacionan con negocios, o si se trata de un choque de vanidades. El episodio demostró que Tinelli no es un semidiós, como se creía, y que la presidente se puede burlar impunemente de él en un discurso oficial, llamando “mediocre” a los que ganan plata riéndose de los demás.
A la vez, halagó al superbanana Robertito Funes Ugarte, un notero de Cristóbal López que se dedica al género de ricos y famosos. Según la presidente, Robertito es elegante y tiene buena onda. “Un divino total”, sentenció.






