El realizador bonaerense, que adaptó para la pantalla “El limonero real” de Saer, presentó en Santa Fe su film “La deuda”, que expone la crisis de una mujer que roba plata en su trabajo y tiene un día para reponerla. También participó en el encuentro “Poesía Litoral”. Visiones y proyectos de un artista que se enamoró de los paisajes del litoral.
Luis Cetraro Gustavo Fontán (a la derecha, con el micrófono) participó en el panel El litoral como inspiración , en el marco del encuentro Poesía Litoral, con epicentro en la Casa de la Cultura.
Para describir su primer contacto con el río Paraná, sus islas y su gente, el cineasta bonaerense Gustavo Fontán elige la palabra “impactante”. Encontrarse con la potencia invisible de ese caudal incalculable, con la paciencia infinita de los isleños y con la luz particular que el sol proyecta en las inmensidades marrones lo hizo ver una belleza alejada de la “grandilocuencia” del mar y la montaña. Sin embargo, en su memoria se encendió un alerta: ya había percibido ese poder, pero a partir de las lecturas de Juan José Saer, Juan L. Ortiz y Arnaldo Calveyra. “Mi contacto con el litoral, con Santa Fe y Paraná fue antes que nada literario. Después, navegar muy temprano en un botecito hacia las islas parecía la memoria de algo que ya había vivido, pero en verdad lo había experimentado en mis lecturas”, recuerda al comenzar la entrevista.
—Ahí aparece la necesidad de reflejar todo eso a través de la imagen, que es tu campo.
—Claro. Primero hice “La orilla que se abisma”, que está ligada a la política de Juan L. Ortiz. Luego una película ambientada en las islas que se llama “El rostro” y “El limonero real”. Más adelante hice un documental que se llama “El día nuevo” con quien fue nuestro guía cuando hicimos “El rostro”. Ahora estamos trabajando, a partir de un premio que ganamos “Filmar en Santa Fe”, para hacer una adaptación de “Nadie, nada, nunca”. Así que de alguna manera, este ciclo del río y del litoral todavía no está cerrado.
—¿Es desafiante adaptar a Saer? Su literatura está llena de particularidades en el lenguaje que hacen complejo su traslado a la imagen.
—Absolutamente. Hay algo en Saer que es inexpugnable. En un principio uno podría pensar inadaptable, porque la potencia está fundamentalmente en el lenguaje. Pero hay algo en los procedimientos, en el punto de partida, vinculado al espacio y a ese territorio, en lo que siento una afinidad. Para adaptar y hacer una película, uno debe sentir que se puede apropiar de esas imágenes. No es que la ilustra o las traslada, sino que se las apropia. Sin esa apropiación, que siempre es un acto amoroso y violento, es muy difícil. Me pasa eso con la literatura de Saer.
Preocupaciones
Fontán estuvo en Santa Fe para presentar, en el Cine América, su último trabajo, titulado “La deuda”, detallada crónica de las horas que siguen al momento en que Mónica (encarnada por la actriz Belén Blanco) se queda con dinero que no le pertenece, en su lugar de trabajo. Cuando la descubren, promete devolverlo al otro día y comienza un recorrido nocturno para tratar de reunir la suma necesaria.
—¿Cómo fue el proceso que te llevó a filmar “La deuda”, con un título que además está cargado de metáforas?
—Desde la escritura del guión, que llevamos adelante con Gloria Peirano, hasta su realización, la película estuvo atravesada por una pregunta central: ¿qué pasa con los vínculos humanos cuando están atravesados por el dinero? El dinero en todas sus posibilidades: desde la necesidad de llegar a fin de mes, hasta lo simbólico. Y como el dinero mueve las tramas, incluso las vinculares y las vacía. Esa preocupación, esas preguntas, estuvieron presentes en la escritura del guión y luego atravesaron la realización. Por supuesto, este tiempo que nos toca vivir profundiza esas preguntas y amplifica la percepción, las posibilidades de respuesta y la preocupación a partir de ellas.
—De algún modo, lo que le pasa a la protagonista refleja algo que ocurre a nivel social.
—Uno escribe en un tiempo, con las preocupaciones de ese tiempo. A veces, esas preocupaciones dan cuenta de procesos que nos tocan a muchos y a muchas. Y creo que este tiempo es bastante cruel en muchos sentidos. La desolación y la dureza de perder el trabajo, de no llegar a fin de mes, de vivir endeudados, nos atraviesa y atraviesa a gente cercana. Ese malestar de algún modo está presente. Nos vamos quedando cada vez más solos. Y la película da cuenta de esto, como da cuenta el arte. No desde consignas cerradas y clausuradas, sino desde los interrogantes que una historia puede plantear.
En terrenos nuevos
—¿Cómo fue el trabajo con Lita Stantic y la productora El Deseo?
—A Lita la conozco desde hace muchos años. Somos amigos desde la época en que ella dirigió “Un muro de silencio”. Yo recién estaba empezando en el cine y escribimos juntos durante un año lo que iba a ser su segundo largo como directora, que luego decidió no hacer. Quedamos amigos pero nunca habíamos trabajado juntos. La encontré de casualidad hace tres años, fuimos a tomar un café y me preguntó si tenía algún proyecto. Le mandé el guión, que en ese momento no se llamaba “La deuda” sino “El desierto” o “Siberia”. Y Lita me escribió a los pocos días para decirme que le había encantado y que quería producirlo. Acepté y al tiempo me comentó que la gente de El Deseo quería participar de la película. Lita es una productora admirable, de enorme sensibilidad e inteligencia. Entendió que si yo llegaba a hacer esta película después de haber hecho muchas, no era sólo yo, sino el equipo con el que había trabajado siempre. Entonces, tuve una gran libertad para hacer la película que quería hacer. Ella acompañó el proceso con enorme sensibilidad. Cada cosa que planteó hizo crecer la película.
—Hay un cambio de ambientes y géneros respecto a producciones tuyas anteriores. Estás en un terreno nuevo.
—Hay un territorio donde no había filmado nunca, que es el sur de la ciudad de Buenos Aires y el conurbano aledaño. Efectivamente, es nuevo para mí. La película también tiene un desarrollo más grande a partir de las actuaciones y todo eso significaba un desafío nuevo, pero necesario para mí. Cuando uno empieza a crecer y las películas se acumulan, el desafío es como no envejecer. Como uno, a partir de lo que hizo puede cambiar. Torcer un poco el rumbo sin dejar de ser lo que uno es. “La deuda” apareció, en este sentido, como una posibilidad.