Ignacio Andrés Amarillo
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Su locura es casi una opción de vida: a la vejez, su mente se rebela contra el mundo e invita a otros a acompañarlo en esa, la verdadera aventura. “Lo importante no es vencer”, le dirá a su dama, “lo importante es la misión”.

Ignacio Andrés Amarillo
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“El hombre de La Mancha” es el teatro dentro del teatro. De hecho fue una obra de puro texto de Dale Wasserman, antes de que Joe Darion y Mitch Leigh la convirtieran en musical. Sabedor de que sacar a “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha” de la encuadernación es una empresa casi imposible, el autor apostó a dos ejes: rescatar esencialmente a los personajes de Don Quijote y Sancho (y su relación) por sobre sus andanzas, reinventar a Aldonza como tercera pata de la mesa (también hay una cuarta), y vincular el alma de la obra con su autor, Miguel de Cervantes Saavedra.
El recurso se plantea así: Cervantes, acompañado por su sirviente, espera en la antesala de las mazmorras de la Inquisición ser interrogado sobre las ideas que fluyen en su literatura. Allí, se cruzará con una suerte de “corte de los milagros” de lúmpenes y expulsados, presidida por un rufián honrado conocido como el Gobernador. La propuesta es ésta: que el poeta se defienda ante ellos como lo haría ante el Santo Oficio (con el castigo de repartirse sus pertenencias). El alegato no será otra cosa que la escenificación del manuscrito que lleva encima, convertida en una serie de episodios cuyos actores serán todos los presentes: Cervantes como el alocado Don Alonso convertido en Quijote, el sirviente como Sancho y los prisioneros como el resto de los personajes (en la adaptación, Pepe Cibrián convierte al personaje de Aldonza en externo al staff de prisioneros, pero eso no rompe el verosímil).
Una épica vital
Ya que estamos, pasemos entonces por los personajes, que bien podría el director, adaptador y protagonista reclamar para su galería personal (ya que hablan de algunos temas que han atravesado su obra como autor).
Hablamos de cuatro patas en la historia, y ésa es la base de la dinámica de la obra y de su repertorio temático: la locura como contracara del mundo y la cordura como tragedia.
La primera es obviamente Don Alonso, con el “cerebro seco” de tantas novelas de caballería y, como se infiere por ahí (y podemos retomar en aquello que Cervantes dice al poeta), de tantas cosas feas que “el mundo real” tiene para mostrarnos. La opción quijotesca pasa por ver al mundo más bello y más épico de lo que es, ver belleza donde no la hay (o sí la hay pero está oculta) y de enfrentar enemigos al alcance de la mano.
En definitiva, su locura es casi una opción de vida: a la vejez, su mente se rebela contra el mundo e invita a otros a acompañarlo en esa, la verdadera aventura. “Lo importante no es vencer”, le dirá a su dama, “lo importante es la misión”. Y eso es lo más “quijotesco”: no importa que fracasemos en mejorar al mundo, lo importante es intentarlo. Y ésa es tarea de locos.
La segunda pata es Sancho, que sigue siendo aquí la contracara terrenal del hidalgo.
Pero lo que lo engrandece es su vocación de seguir el juego que éste le propone: más allá del simple alegato de su canción (¿qué más que querer a alguien para aceptarlo como es?), el sirviente devenido en escudero alcanza a entrever esa verdad trascendente en la locura de Quijano y a contagiarse de ese espíritu épico (ya en el sirviente de Cervantes, su propensión al juego teatral es el reflejo del personaje que encarna).
El tercer ingrediente es el mejor aporte original de la obra: darle carnadura material a Aldonza y convertirla en prostituta. Los compositores pusieron la biografía de esta hija de otra prostituta criada por mendigos en crudelísimas canciones; “No me importa a mí el amor/quien me parió no lo sintió”; “Nunca un perfume me bañó/salvo el sudor y el mal olor/de aquellas bocas con el sabor/ de vinos rancios y repulsión”.
Ella se considera una escoria del mundo, para luego ser redimida por Don Quijote y, vuelta de nuevo a la realidad, considerar que la peor humillación es haber entrevisto otra cosa en los ojos del anciano. Sin embargo, habrá tiempo para una transfiguración final y una aceptación también en ella de la trascendencia: será finalmente Dulcinea.
El cuarto elemento en juego es el mundo real, “el sistema”, que debe lidiar con el loco y devolverlo a la normalidad. El piadoso Padre Pérez y el inescrupuloso doctor Sansón Carrasco (y junto a él la sobrina de Don Alonso y su ama de llaves) representan las opciones “terapéuticas”. Pero todos, menos el sacerdote, quieren más servirse de sus bienes.
En la piel del mito
Quizás por esa transposición del teatro de texto al musical, el resultado es una obra con muchos parlamentos, sin detrimento de la belleza de la música, con un exotismo ibérico para gusto de audiencias internacionales. Ángel Mahler fungió aquí como director musical, y se hizo cargo de la orquesta en la versión porteña, que aquí echamos en falta. La dirección de Cibrián apuesta más a la intensidad de cada momento, cada canción o cada frase que al fluir de las escenas: alguno podrá encontrar moroso el desarrollo, pero la tensión nunca cae.
Director y protagonista a la vez, Pepe pilotea el barco desde la cubierta: regula los tiempos de los parlamentos, hace una broma interna con algún actor, se permite jugar en la relación con Lavié pero al mismo tiempo, enfatizar los textos que le gusta decir: “Ser demasiado normal, eso es ser demasiado loco; pero lo más loco de todo es pretender no ver a la vida como debería ser, sino tal como es”. El veterano Quijote se siente cómodo en el cuerpo de hombre mayor del director, que maneja varios registros actorales y se luce con una performance vocal muy interesante, que no desentona al lado de los monstruos sagrados que lo acompañan.
Raúl Lavié, que supo ser Quijote en puestas anteriores, se divierte encontrándole matices a su Sancho: él también juega pases de comedia y al instante despliega ternura o dramatismo, y funciona como la argamasa que une a los otros personajes. Dueño de una voz prominente, el veterano artista sabe desplegarla entera o atreverse a cantar a media voz (que es más que la voz entera de muchos).
Cecilia Milone encuentra aquí uno de sus mejores papeles: es gigante sobre el escenario (y no porque con tacos ande por el metro con 80 centímetros). Su Aldonza requiere de una gran actriz y de un gran talento vocal (muchas veces al mismo tiempo) y la morocha redobla la apuesta siempre, en cada escena. Su forma de decir “puta” sobresalta, y al mismo tiempo se explaya en la máscara seductora y chabacana que Aldonza le muestra al mundo.
Fuera del trío, hay lucimiento para Hernán Kuttel como Carrasco (también coordinador de actores), Christian Alladio como el buen Gobernador, el divertido Lucas Arbúes (Paco/sobrina/barbero) y Alejandro Poggio en la intensidad de Pepe, el Malo (el poeta). Gastón Avendaño (posadero), Bruno Pedicone (el duro mulero Pedro) ponen lo suyo, sumando el debut de Ivano Nardacchione (Padre Pérez).
“¿Don Quijote morir? No, Sancho, Don Quijote no murió, Don Quijote nunca morirá”, dirá su Dulcinea. A seguir su ideal entonces: cabalguemos todos (al menos por un rato) junto al Caballero de la Triste Figura.