Opinión |
Artes Visuales: Muestras en el "Rosa"
Por Domingo Sahda
En el Centenario de la fundación de su escuela, la Alianza Francesa de Santa Fe concretó e inauguró un Salón de Artes Plásticas a manera de Homenaje a la trayectoria de la institución, a sus creadores y actores y a sus partícipes actuales, empeñados en sostener un espacio de cultura que en otros momentos fue lugar de singular relevancia. Los vaivenes propios de los azarosos emprendimientos educativo-culturales prototípicos de Santa Fe han sacudido a esta Casa que merece, fuera de dudas, una mayor atención por parte de aquella población de una ciudad que se vio favorecida por la acción difusora de la cultural universal durante un siglo.
En mérito a la verdad, una ciudad casi inmovilizada, absorta en su deterioro, que pareciera incapaz de despertar de su letargo para apoyar decididamente a aquellas instituciones que le dieron pátina de capital de cultura que fue y hoy ya no es, sólo puede cosechar magros frutos.
En este marco, la institución de referencia organizó empeñosamente el salón aludido, y un jurado convocado al efecto distribuyó recompensas en esta convocatoria de muy modestos alcances y limitados logros plásticos, algunos de los cuales aparecen expuestos en función de la acción contemporizadora del jurado, en exceso complaciente, como única validación. La exposición de las obras se ofrece en la planta alta del mencionado museo, y está presidida por una pintura sobre tela de la colección oficial, el óleo "La seine Verneut" del autor Charles F. Daubigny, perteneciente a la Escuela de Barbizon (grupo de pintores de la primera mitad del siglo diecinueve, quienes, renunciando a la pintura académica y de taller, inauguran la pintura y el pintar al aire libre, en honor a la búsqueda de la verdad plástica entendida de ese modo en ese momento, generando los espacios conceptuales del futuro impresionismo). Una buena pintura que merecería ser estudiada atentamente por aquellos que se interesan por el llamado realismo pictórico para valorar y aprender.
El primer premio de este Salón le fue entregado a Gabriel Villot por "El elogio de la locura". La obra expuesta se define como un dibujo entonado cromáticamente, prevaleciendo este aspecto por sobre el diseño que otorga, per se, la línea. Así las cosas, el color puesto aparece como cobertura de áreas predelimitadas. Villot es un dibujante cuya labor es oscilante: su manifiesta facilidad para graficar es hipotéticamente su mayor riesgo, entendido éste como el placer por ilustrar un asunto cuando se desliza y se deja llevar por su virtuosismo. El segundo premio le fue entregado a Elsa Rotman por su trabajo "Cactiforme", una pintura de paleta media-baja que busca instalar la expresión desde una construcción de ritmo geometrizante. Su abstracción, de connotación simbólica se encabalga entre la planimetría racionalista y la gestualidad de la materia espesa de sus texturas manifiestas, sin optar definidamente por lo uno o por lo otro. Lidia Prause obtuvo la tercera distinción concedida por el jurado a un dibujo-grafito con leves sombras cromáticas. La modalidad elegida por la autora, esto es, la articulación reconstruida del plano plástico atendiendo al simultaneísmo, requiere de una mayor atención en la jerarquización de las luces y las sombras en el ordenamiento de distintas instancias de su trabajo. Una mayor concentración en el nivel representacional de los elementos a los que apela con su correspondiente ajuste de valores sin dudas otorgaría mayor calidad plástica a sus dibujos, que al momento exhiben distintos niveles de destrezas resultante de la aplicación autoexigida.
Se otorgaron menciones especiales a Ilda Midana por un prolijo trabajo; a Carla Landini, a María Gabriela Leiva Cullen por su obra "Mina-Tauro", interesante articulación entre el plano representacional y el volumen incorporado, aunque no del todo logrado por exceso de puntos disímiles, y Marta Saiz, por una pintura que ofrece un juego cromático limitado a sí mismo.
Amalia Amoedo, pinturas y objetos
En otro sector del ya citado Museo Provincial de Bellas Artes Rosa Galisteo de Rodríguez se ofrece al público ocasional una exhibición de pinturas y objetos de Amalia Amoedo, de suficiente calibre como para generar perplejidad cuando no el comentario negativo.
En su efervescencia por dinamizar la actividad del museo -loable intención que no se discute-, con muestras de diverso sentido y valoración se puede caer en el repentismo y la yuxtaposición de acciones, al promover la exhibición de un cierto arte, próximo a la curiosidad, que requiere algo más que el meloso artículo firmado por la prologista del catálogo para sostenerse. Quien expone su obra se expone, esto resulta inevitable. Y entre el silencio complaciente y la opinión comprometida se asume esta última. No se trata de hacer futurología cuando se reflexiona frente a la obra de arte expuesta. Se trata de encontrar su sentido, su significado y su proyección simbólica. Más allá del juego de taller, poco es lo que aquí aparece. Demasiadas veces un tenaz esfuerzo por concretar la obra personal se agota con apresuramiento innecesario. Todo un tema de reflexión para autores y para organizadores. Los tiempos del arte tienen sus particularidades. Apuntalar el mismo significa respetar aquéllos, permitiéndole madurar a la entusiasta expositora.