Cuando el amor lo puede todo
La bella argentina, Máxima Zorreguieta no tenía el perfil de la novia ideal, de acuerdo con las aspiraciones de la reina Beatriz. Era plebeya, y para peor, su padre había estado próximo a las crueldades de dictadura militar argentina, y nunca había pronunciado palabras de arrepentimiento.
El enamorado príncipe Williem Alexander, insistió, impuso su voluntad, y hoy, después de los anuncios oficiales, el rumor se convirtió en certeza: los preparativos para la boda ya están en marcha y el pueblo celebra.
Ella tiene 29 años, es alta, rubia. Se conocieron en Sevilla. El, después se las ingenió para volver a verla en una fiesta en Nueva York, donde ella trabajaba para la filial local del Deutche Bank.
Todos aseguran que el flechazo vino luego. El verano pasado, los súbitos se enteraron -a través de los diarios- que Máxima había sido invitada a una fiesta a bordo del yate real Jumbo VI, embarcación personal del príncipe Bernhard, el abuelo del príncipe.
Semanas después se los vio en la Argentina, la patria de Máxima, en un lugar paradisíaco próximo a San Carlos de Bariloche. Allí el príncipe conoció a los padres de su amada. Fue entonces cuando el palacio confirmó el idilio por medio de un comunicado breve y después anunciado en una conferencia de prensa por el primer ministro holandés, en la cual sólo se dijo que el príncipe tenía "una amistad" con Máxima.
En los Países Bajos -como en todas las cortes europeas- el casamiento de un príncipe heredero es un asunto de Estado. La constitución holandesa de 1814 define las reglas de sucesión dinástica en la cual establece que los miembros de la familia real deben obtener el consentimiento del Parlamento para contraer matrimonio, so pena de quedar excluidos si no se obtiene la aprobación. El propósito es asegurar, que en caso de fallecimiento del príncipe heredero, se pueda continuar con la sucesión dinástica mediante un potencial hijo de éste y a través de una regencia.
No obstante todos estos traspiés, el amor del príncipe por Máxima nunca se puso en duda. A fuerza de perseverancia Willem Alexander convenció a todo su entorno y a partir de entonces, organizó un viaje a Praga para que sus padres -los reyes holandeses- conocieran a los de su novia en un ambiente de estricta intimidad.
La ciudad checa fue un terreno ideal para las negociaciones y los arreglos de la boda. Ahí se establecieron las cláusulas del contrato matrimonial. En principio se acordó el modus vivendi de la pareja -un modo de vida que satisficiera a la reina madre Beatriz, por supuesto-.
Estos acontecimiento ocurrieron en julio del año pasado. Desde entonces, Máxima no ha hecho otra cosa que someterse a duras pruebas. Se le exigió discreción. Fue excluida de la lista oficial de invitados, ni siquiera participó de la fiesta de casamiento del primo de su novio, el príncipe Bernardo de Alemania a donde asistieron representantes de todas las casas reales europeas.
Máxima continuó, como lo había hecho hasta ahora, la misma vida de siempre. Igual que muchas plebeyas de su edad, se levanta muy temprano a la mañana para ir a trabajar, en el mismo banco en el que era pasante cuando la conoció Williem, aunque ahora en Bruselas, ciudad a la que se trasladó para estar a sólo 300 kilómetros de su amado.
Por suerte, ya se ha anunciado oficialmente, Máxima y Williem se casarán. Sólo la ausencia de su padre -quien no participará de las celebraciones oficiales- empañará esta historia de amor y perseverancia. Casi un cuento de hadas, en el que se entremezclan el pasado oscuro de un padrino ausente, condenado al ostracismo por su compromiso político con una dictadura de horror y vergüenza, y el amor entre un príncipe y una argentina, que en mucho se parece al de cualquiera de nosotros".
Ma. del Carmen CaputtoFuente: Point de vue. Agosto, 2000.