Irracionalismo, miedos y flautas
Por Carlos Catania
Una profunda tristeza produce la manipulación a que nos somete una concepción "política" de remendones, encadenados a un poder que los supera. ¿Con qué derecho se mantiene a la gente sumida en un mar de expectativas? ¿Quién paga las inquietudes, las angustias, los miedos provocados por la elocuente irracionalidad de ciertas decisiones? En estos días se ha hablado del asunto de las zapatillas, de ajustes económicos, de "unidad" en una farsa muy bien montada, de aftosa, del 2 por 1 y de una serie de apósitos sociales que ni siquiera vale la pena mencionar. Las zapatillas han asustado a causa de una firma estampada en su lengüeta, cuestión insignificante que oculta el verdadero problema, en la medida que refrenda las diferencias sociales: el estímulo caritativo blanquea cualquier intento serio de cambio y no establece vínculo alguno. Lo demás, envuelto en velos poco transparentes, suscita el rumor que, según Shakespeare retocado, es una flauta donde soplan las sospechas, los recelos, las conjeturas, y tan fácil y sencilla de tocar, que ese monstruo sin arte del que formamos parte, multitud discordante y bullidora, puede hacer resonar.
Parece mentira que a esta altura de los acontecimientos humanos, aún nos sorprendamos batallando contra los virus engendrados en la alborada del universo social. Tantos siglos de mentira, explotación y sangre no han servido para nada, como no sea para convertir el virus en cáncer. Nuevas formas de una violencia inmemorial certifican el fracaso permanente de nuestra civilización. Por fortuna, ese mundo paralelo del que alguna vez nos ocupamos es restringido, no por elitista, sino por la pronunciada alergia que produce al colisionar con los vehículos que la costumbre aborregada, el miedo y la ignorancia, utilizan para "turistear" a velocidad desenfrenada. Ese mundo mantiene en su matriz, como una criatura pusilánime, aquello que también el hombre entregado a la imaginación, la creatividad y el conocimiento, ha producido esperanzado a despecho de acontecimientos luctuosos. Frente a tales advertencias, todos los realismos prácticos mueven a risa. Sin embargo, esos realismos son los dominantes, por lo cual uno se ve compulsado a presumir que, entre otras cualidades positivas, la estupidez, la codicia, la crueldad y el odio constituyen la esencia del comportamiento humano, pues no se puede ser para algo y, no obstante, actuar en contra.
De ser así, nada quedaría ya por decir; la teoría crítica, cualquiera sea su objetivo, no pasaría de ser un chillido de madriguera. Todo parece indicar que pronto saldrá humo de las chimeneas. ¿Asistiremos al holocausto de la Razón? También en otras épocas ha sido cuestionada, pero por motivos más estéticos que pragmáticos. Mientras tanto los apestados mantenemos, por ahora, la ilusión de que el hombre prevalecerá.
Pensamos que una cosa es proporcionar elementos de razón y otra proponer una mentalidad, para lo que sería indispensable contar con aquella capacidad de asombro tan cara a Platón; capacidad (casi perdida) de maravillarse, no por efectos exteriores, resbaladizos, sino ante la posibilidad de una gran aventura inmanente, que no excluya las realidades expandidas fuera de la conciencia. Históricamente la Razón ha sido tantas veces vapuleada (en ocasiones con razón) que ha perdido su fisonomía original, aquélla que nos distinguía de otros seres vivientes. Hoy en día se adquiere prefabricada; no exige esfuerzo alguno; viene enlatada y en coma.
Así y todo, no debería ser instrumento intelectual de unos pocos. Pero uno torna a repetir viejas palabras; palabras de suelas gastadas: los seres humanos excluidos, marginales, pobres hasta lo indecible, pertenecen a la humanidad que por todos los medios tratamos de hacer invisible (ante nuestra conciencia), actitud que deriva en costumbre. Los que no hemos conocido la miseria, manifestamos otra miseria cuando entregamos una moneda y le agradecemos al chico que nos cuida el auto mientras cenamos. íCuántas consecuencias podrían exprimirse de una situación aparentemente simple! En ocasiones, no podemos evitar la presencia de harapos, gestos, ecos de un lenguaje. Sus reales angustias permanecen en la oscuridad. A diferencia de nuestros parloteos, sus discursos interiores cobran formas de acción extrema. Como somos especialistas en el qué se le va a hacer, no queda otra que poner alarmas y cerrojos. Por lo que aquel agradecimiento al chico del auto significa coquetear con un enemigo en potencia. Paradoja fundamental del hombre "moderno": busca consolidar su seguridad con cierta pose untuosa ante quienes carecen de un destino.
"De todas maneras -cacarea la gallina de los huevos de oro-, nadie puede cambiar esto". No carece de razón. Para cambiar, hace falta algo más que lamentar el hecho por los siglos de los siglos. Necesitaríamos asistir al derrumbe total del "estilo" posmodernista de vida y a la liquidación sistemática e implacable de políticas de suturas. Más fascinante que objetiva, tal aspiración enerva el ánimo de los conductores de la violencia económica y moral, que oponen a las por ahora débiles brisas protestadoras, una muralla infranqueable en la que raras combinaciones de colores distraen momentáneamente del cielo enlutado.
Detrás de esa muralla habitan seres más trastornados por una supuesta subida del dólar que por la muerte de una niña, víctima de un fuego cruzado entre policías y delincuentes, lo que en el fondo revela coherencia en su línea causal: la muerte de la niña se inserta dentro de uno de los tantos efectos producidos por un sistema económico salvaje, donde el dólar ocupa su trono flotante sobre la sangre de tantos desgraciados.
La sociedad opulenta, alegremente encadenada al mercado, atrincherada en la indiferencia, provee a esta Tierra de hombres que, por lo general ignoran para qué vinieron (mueren asimismo sin saber dónde estuvieron parados, intoxicados por los típicos clichés de la ambición y el "progreso"), obligados a jadear en procura del mantenimiento de sus intereses, inspirados en slogans de humanismo a la defensiva. Cristianos nominales, los peores han dado la espalda a Dios. Si dentro de esta sociedad existen hombres de transparente criterio social, constituyen la excepción. Hombres de entendimiento abierto y libres de presiones económicamente virulentas.
Como se ha dicho, la credibilidad instantánea que lo mediático impone borra criterios de referencia y verdad. El corso que en estos días está viviendo el país amerita ser objeto de microscopio, no porque pretendamos analizarlo bajo una lente moral, sino en actitud adversa a ese truquito en boga, que mágicamente prostituye la semántica, tiene injerencia en las mentes a nivel masivo y colabora activamente en el oficio de hacer tragar la píldora.