Persona y Sociedad: PER-01

Ischilín, como un cuadro de Fader

SECULAR. En medio del antiguo poblado criollo, un algarrobo varias veces centenario se alza como testimonio del tiempo previo a la conqusta española.. 

En el norte de Córdoba, donde las sierras pierden altura, el paisaje ondea en curvas suaves y la tierra dura alberga árboles pinchudos y palmas flacas coronadas por penachos, se alza Ischilín, un pueblo diminuto cargado de historia y de sorpresas.

Por Gustavo J. Vittori


Muchas veces oí hablar del lugar y varias le pasé cerca. Pero esta vez fue diferente. Quería conocerlo. El disparador fue un catálogo sobre la obra de Fernando Fader que se expone en Córdoba y que me enviara Ignacio Gutiérrez Zaldívar, uno de sus curadores. El siguiente estímulo fue la visita a una parte de la muestra, que se expone en el Cabildo de la ciudad fundada por Jerónimo Luis de Cabrera el mismo año en que Juan de Garay plantara el rollo fundacional de la nuestra.

Allí se produjo el hechizo que nos llevaría con fuerza irresistible al sitio donde el artista realizara lo más importante de su obra, levantara su casa (en la cercana Loza Corral) y capturara en el recorte de sus telas las imágenes más entrañables de su solitaria cotidianeidad.

Pinta tu aldea y serás universal


Muchas veces había visto cuadros de Fader, pero nunca me habían atrapado, no se producía la conexión, el click que establece la comunicación entre una obra y su observador. Por alguna razón la mirada corría rápida y desdeñosa sobre sus lienzos; los cielos me parecían demasiado celestes; las nubes, algodonosas; el manejo del color, un tanto efectista y las imágenes, en general, bastante pintoresquistas. Pero hay un tiempo para todo.

Por entonces, la búsqueda de complejidades, el desafío de atravesar la frontera de lo obvio, la necesidad de lidiar con abstracciones como si se tratara de pruebas iniciáticas y de forzar el gusto mediante artilugios intelectuales, me privaban de la serenidad y la apertura indispensables para apreciar la belleza de lo sencillo, o de lo que, con prejuicio, creía sencillo.

En las redes del pintor


Esta vez se produjo. Fader me atrapó en las redes de su complejidad cromática y de su singular historia. No soy especialista en pintura ni crítico de arte sino un periodista curioso que busca expresiones de humanidad en las obras y detrás de ellas. No veo a los cuadros como piezas sueltas, sino como fragmentos de vida que los comprenden pero los rebasan. Sé poco de técnicas pictóricas pero me maravilló la riqueza de los pigmentos y la densidad de los empastes que Fader aplicaba sobre sus telas. De cerca, las imágenes semejan fantasmagorías que adoptan formas reconocibles y plenas de matices -y hasta detalles- a varios metros de distancia. Es la magia de un artista.

El paisaje agreste, pedregoso, áspero, despojado; escaso de gente, construcciones, árboles y animales, la primitiva tierra de los sanavirones, el antiguo paraje español, el poblado criollo, quedan fijados para siempre, reproducidos y a la vez recreados por la exquisita sensibilidad, el saber técnico y la carga cultural de uno de los grandes maestros argentinos.

El destino


Profundamente arraigado al país, Fernando Fader había nacido en 1882 en Burdeos, Francia, el país de su madre, la vizcondesa Celia de Bonneval, casada con el ingeniero y empresario alemán Carlos Fader.

La familia vino a la Argentina y se radicó en la ciudad de Mendoza, a la que la compañía de Fader proveyó de electricidad. Allí, Fernando, luego de aprender dibujo y pintura en el Real Instituto de Artes y Ciencias de Munich (Alemania), instaló su primer taller y realizó su primera muestra en 1904. Al año siguiente el padre murió y poco después comenzó el derrumbe económico. Fernando, casado con la mendocina Adela Guiñazú, migró a Buenos Aires después de haber perdido todos sus bienes. En la capital argentina fue rápidamente reconocido, hizo exposiciones, ganó premios y obtuvo buenas críticas, pero enfermó y los médicos le recomendaron los aires de Córdoba. En ese momento comienza el capítulo asociado a esta nota.

Despuntaba 1916, cuando el artista, su mujer y sus dos hijos se trasladaron a Deán Funes, primer paso de una progresiva aproximación a Ischilín y a la casa que levantaría en Loza Corral, ocho kilómetros al sur del pueblo de nombre indígena que significa "Alegría" en lengua sanavirona.

Paisaje, historia e inspiración


Ese sitio remoto fue constante fuente de inspiración para Fader que reprodujo numerosas veces y a distintas horas la capilla erigida en 1706 mediante una difundida técnica mixta serrana que empleaba piedras y mampostería; edificio religioso que es monumento histórico nacional y se conserva en buen estado. En su contorno, otras construcciones -algunas originadas también en el siglo XVIII aunque con señaladas modificaciones posteriores y pintadas con característicos colores de época colonial (blanco, rosa, amarillo, celeste)-, crean un marco atractivo para la iglesia y su camposanto -cercados por un muro bajo- y el retorcido cuerpo de un algarrobo varias veces centenario que precedió a todas las edificaciones y fue testigo de la conquista española.

Cuando se llega a Ischilín, uno se sorprende. El caserío ordenado, limpio y colorido que bordea la plaza, la capilla bien restaurada por fuera, el enorme algarrobo, configuran una inesperada vista de conjunto. Es evidente que no es un pueblo cualquiera y que hay mucho trabajo realizado para que luzca de esta manera. Comenzamos a preguntar y las cosas, poco a poco se van aclarando.

Renacimiento de un pueblo


El principal responsable del remozamiento de este antiquísimo lugar no es otro que un nieto de Fernando Fader. Se llama Carlos, igual que su emprendedor bisabuelo, tiene 53 años y aspecto europeo, aunque es más cordobés que la peperina. Hablamos largo y tendido. Nos muestra la posada que está ampliando, evoca con orgullo la figura del abuelo y cuenta con pasión la historia de Ischilín donde vive la mitad de la semana. Nos lleva hasta la escuela, un edificio del siglo XVIII, con muros de casi un metro de ancho, al que se le habían desplomado los techos; explica detalles de la restauración y muestra el equipamiento escolar que, junto al clásico pizarrón y los viejos bancos de nuestra niñez, incluye modernas computadoras para la educación de un grupo de niños serranos.

Al lado, en otro edificio del mismo tiempo que, hacia 1870 sirvió de casco a la estancia que perteneciera a la familia Piñeiro, la cáscara de una arquitectura italianizante no alcanza a cubrir del todo el núcleo constructivo criollo que aparece como cicatriz en una pared lateral revelando la "ve" invertida de una vieja techumbre a dos aguas. Ahí Carlos ambientó un museo con las pinturas de un discípulo de su abuelo. En otros ranchos, que también se habían convertido en taperas, Fader recreó una proveeduría en base a un documento de época y, junto a ella, una estafeta postal y juzgado de paz. Ambas fueron retechadas con mazos de paja, como los que ahora se preparan para cubrir a la comisaría.

La capilla


Párrafo aparte merece la capilla. Aunque no existen documentos que den precisiones sobre su autoría, se cree que es de origen jesuítico, hecho por cierto probable, ya que no sólo fueron los mejores constructores de aquel tiempo sino que Ischilín estaba dentro del campo de acción de la formidable estancia jesuítica de Santa Catalina, hoy Patrimonio de la Humanidad.

La fachada presenta una puerta de entrada de doble hoja recedida respecto de la línea de edificación y por lo tanto resguardada por una suerte de visera que recuerda al atrio de la capilla de Candonga. Hornacinas vacías, que alguna vez deben haber alojado imágenes, un par de pilastras meramente decorativas y la ventana del coro sobre el eje de la puerta principal, constituyen los principales elementos de un frente en el cual las líneas rectas y curvas se mantienen en balance dentro de un planteo simétrico que asciende hacia la cruz cimera en un desarrollo típico del barroco americano.

Lo que en parte desentona es el campanario, al cual en algún momento -probablemente a fines del siglo XIX- se le agregó un tramo construido con otros materiales e inspirado en otro lenguaje arquitectónico, un "soprepuesto" que termina en una cúpula a cuatro aguas bien europea. También se añadió un ala transversal para aumentar la capacidad de la capilla. Entre tanto, el cuerpo principal y la sacristía permanecen tal como se los erigiera en los primeros años del siglo XVIII. Bien restaurado por fuera, adentro las tareas están pendientes.

Como ocurre con muchas capillas serranas, gran parte de su imaginería ha desaparecido. En el altar mayor sólo queda una imagen de cierto valor: la de Nuestra Señora del Rosario, a quien la iglesia está dedicada. Mucho más interesante es el conjunto escultórico del altar lateral presidido por un Cristo en la cruz de hechura bien indígena al que acompañan una imagen de vestir de la Virgen de los Dolores y otra de San Juan Evangelista. Particularmente significativa por su expresionismo barroco y su rostro aindiado es otra antigua imagen del Nazareno, lamentablemente vestida con prendas nuevas de hilado sintético.

También son destacables un púlpito esculpido en cuarterones con motivos de leones y águilas bicéfalas, pintado y dorado; la puerta de algarrobo existente entre la capilla y su sacristía, con sus tableros tallados en base a un geometrizado diseño vegetal; un lienzo que representa a San Vicente Ferrer con su hábito dominico y su trompeta para despertar conciencias, un aguamanil de piedra sapo labrada y algunas otras imágenes de buena factura, todos ellos pertenecientes al siglo en que se construyó la iglesia. Fin de la visita.

El llamado de la sangre


Nos despedimos de nuestra guía, Lidia Ross de Márquez, descendiente directa de un militar británico que participó de las Invasiones inglesas a Buenos Aires en 1806/07, de aquellos que luego de la Reconquista fueron "internados" en tierra cordobesa. El dato lo aporta Fader, mientras hablamos en su "pulpería". Conversa con entusiasmo. Explica que este pueblito casi olvidado que está renaciendo de sus cenizas y cuya población asciende a 18 personas los días de la semana en que él y su mujer se instalan allí, fue en otros tiempos un hito importante en la vía alternativa al camino "real" que, ubicado al este, unía Córdoba con el Alto Perú. En el siglo XIX fue reiteradamente utilizado por el general Lamadrid y sus tropas. También lo emplearon en 1816 -por razones de seguridad- los congresales que, luego de declarar la Independencia en Tucumán, hicieron noche en Ischilín durante su traslado a Buenos Aires. Por entonces, obvio es decirlo, el poblado era bastante más grande.

Los relatos fluyen. Parece mentira que en el remoto asentamiento que iniciara Miguel de Ardiles, compañero de armas de Cabrera, el fundador de Córdoba, hayan ocurrido tantas cosas. Sanavirones, españoles, criollos y un gran artista, que murió en la zona después de tocar el cielo -tan celeste y blanco como el de sus lienzos- con pinceles de maestro.

Es 1° de Mayo, hace frío, la charla discurre sin pausas mientras un leño grande se consume en la chimenea, un leño que arde como la pasión de Carlos Fader.