Deportes: DEPO-08

Pajuelo y una historia para contar

Archivo-AFP. Internacional. Aquí marcando a Zamorano. A pesar de su juventud, Pajuelo jugó muchos partidos defendiendo la casaca de la selección peruana.

Integra un movimiento evangélico denominado "Pare de sufrir". Le da lo mismo jugar en la selección o limpiar baños. Dice que sus acciones son para Dios y no para los hombres.


Apenas 26 años son muy pocos para pasar por tantas vivencias. Juan Luciano Pajuelo Chávez nació el 23 de setiembre de 1974 en el distrito de Pueblo Libre y pasó su infancia en el Rímac, un populoso y tradicional barrio de Lima. Comenzó a jugar en 1993 en Alianza Lima, pero allí no llegó a disputar ningún partido en primera división. Luego pasó a Bella Esperanza, un club de segunda, volvió a la máxima categoría para militar tres temporadas en Deportivo Municipal, hasta que en 1998 se puso la camiseta de Universitario, donde fue campeón los tres años -uno de ellos bajo la conducción de Osvaldo Piazza-, teniendo la temporada pasada su bautismo internacional cuando pasó a Los Andes. Hasta allí, nada raro. Parece ser la historia común y normal de cualquier jugador de fútbol. Sin embargo, a Juan Pajuelo, casi segura incorporación de Colón, la vida le dibujó una mueca de horror y tristeza. Siendo muy joven, sufrió de fiebre tifoidea; y hace muy poquito tiempo, falleció su joven esposa producto de un tremendo ataque de asma.

Seguramente, desde el momento en que Francisco Maturana le dio la posibilidad de ser titular en la selección peruana y hasta de darse el lujo de meter un gol en el mismísimo Maracaná, Juan Pajuelo empezó a entonar un sostenido canto de revancha para tantos momentos dolorosos que parecieron insuperables.

Muchas personas consiguen vivir en paz con su interior, aun habiendo pasado momentos durísimos que, a priori, parecían insuperables. Nada le fue fácil a Pajuelo. Vivió una infancia durísima y superó con mucha dignidad y sin caer en la trama, el tentador camino que ofrecía la delincuencia que reinaba en el humilde barrio de Lima, donde nació y se crió.

Su mamá, María Elena, a pesar de su sencillez y humildad, lo veía correr detrás de la pelota en los potreros del Rímac y, seguramente, lo imaginaba triunfador en sus sueños de madre. Su convocatoria a la selección sub-16 de Perú comenzó a crearle expectativas. Pero al año siguiente de tener continuidad en la selección juvenil, sufrió de fiebre tifoidea, una enfermedad que lo marginó del equipo peruano.

Fue un momento en el que Pajuelo creyó que perdía todos sus sueños. Pero tuvo mucha fe en Dios. Y logró salir con su apoyo y el de su familia. Por eso, hace cuatro años tuve un "encuentro real" con Dios, algo que él mismo no puede explicar con palabras, aunque lo haya intentado una y mil veces. Lo cierto es que fue la llave que le permitió encontrar el camino de la felicidad. Y desde ese momento integra un movimiento evangélico denominado "Pare de sufrir".

Su creencia lo lleva a utilizar una remera con el rostro de Jesús. Y si bien reconoce que siempre fue creyente, no se cansa de agradecerle a Eduardo Esidio, el delantero brasileño portador pasivo del virus HIV y que juega en Universitario, que fue quien lo acercó a ese movimiento.

"En Perú, solemos hacer actividades de la iglesia juntos. En reuniones religiosas, cuidamos los coches durante la noche. Personalmente, me satisface igual limpiar baños o jugar para la selección, porque mis acciones son para Dios, no para los hombres", dice Juan Pajuelo cuando se refiere a sus actividades. Y esto, más allá de haberlo beneficiado en su aspecto personal, le permitió crearse una conciencia social que muy pocos tienen en un deporte repleto de ambiciones y egoísmos. "Es lamentable que tanta gente deba vivir en la pobreza extrema y casi no tenga para comer. Además, en un medio así, surgen males como la delincuencia juvenil que atrasan el crecimiento del país".

Un ataque de asma lo dejó sin la compañía y el amor de su joven esposa, quien le dio dos hijos (Paulo César y Sofía), que se quedaron con un padre entero y con muchas ganas de vivir y de triunfar, a pesar de todas las ingratitudes que debió padecer.

Enrique Cruz (h)