"Hablo, y el corazón me sale en el aliento"
Miguel HernándezPor Nora Didier de Iungman
"La interjección es una especie de grito que se lanza en el discurso para expresar un movimiento del alma" (Grevise). La interjección no es la poesía, pero es su modelo estructural. La poesía convierte cada término en una palabra-grito; ella es en esencia, exclamativa, porque es un eco reprimido del énfasis subyacente.
La subjetividad lírica del poeta español Miguel Hernández habla en sus versos, y la obra es entonces, la expresión de la palabra-grito, él hermana su vida con la palabra. Sus poemas son un campo de biografía que se resuelve en la manifestación apenas contenida de los límites, y la intensidad de la palabra hace que su poesía sea un signo en pie. La "sensación de universo" de la que habla Paul Valery, se revela bajo el sentido patético tan marcadamente expreso en el poeta de Orihuela, y es que Hernández juega en el extraño límite que separa la luz de las sombras. El permanente acercamiento de ambas y la virtual reacción humana ante los polos devienen en cálida poesía intimista que desconcierta cualquier frontera impuesta: "Un amor hacia todo me atormenta...". Su densa biografía formará así el sustento del vocablo: en la luz y en las sombras. La sensibilidad aguda del poeta recibe constantes estímulos de la realidad que lo rodea (generalmente, amarga): su cono de sombras; y está también el otro espacio, su cono de luz: la naturaleza y el amor. La influencia de los clásicos trabajó su ímpetu, pero lo hizo desde la libertad absoluta, porque aunó, en exquisita forma textual, la enseñanza de sus mayores y la libre elección del grupo que le antecede: la generación del 27.
Este labrador y pastor se fue abriendo a la poeticidad desde la cuna de la literatura española: el Siglo de Oro, del Romancero e incluso, de vates más contemporáneos como Darío o J. R. Jiménez; hechizos que sumerge en el lenguaje agreste y salvaje de la tierra: "Y qué buena es la tierra de mi huerto / hace un olor a madre que enamora". La vida bucólica es la vida perfecta, la mejor morada, espacio que lo acompañará a lo largo de su existencia, aflorando como sustrato siempre deseoso de escaparse: "Alto soy de mirar a las palmeras / rudo de convivir con las montañas... / Yo me vi bajo y blando en las aceras / de una ciudad espléndida de arañas". El poderoso instinto poético convoca al paisaje natural, a los sentimientos y al preciosismo estructural de los versos de orfebre que tanto amó, y esa poesía bucólica que resulta, hunde sus raíces en la problemática del ser humano: amor-vida, amor-dolor. Dicen sus versos: "Lo que he sufrido y nada, todo es nada, / para lo que me queda todavía / que sufrir, el rigor de esa agonía / de abocarme y ver piedra en tu mirada"; poema que termina con una de las expresiones más puras de la lengua española: "Me voy, amor, me voy, pero me quedo, / pero me voy, desierto y sin arena. / Adiós, amor; adiós hasta la muerte". Es importante observar en el plano semántico, el tratamiento casi ritual, sagrado, de la mujer: una Beatrice u otra señora del Dolce Stil Nuovo, con el símbolo femenino, la mujer plena y eterna de poetas como Salinas. Perito en Lunas (1933), El silbo vulnerado (1934), El rayo que no cesa (1934-35), Otros poemas (1935-36), recogen las experiencias de los primeros años.
Cuando 1936 marca el comienzo de un triste destino para España, Hernández se enluta, y su alma atribulada le dictará los conmovedores poemas que recuerdan la urgencia y la concepción del dolor, de Ungaretti. Viento del pueblo (1937), El hombre acecha (1939), Cancionero y Romancero (1938-41), son manifestación de una conciencia dolorosa y combativa, hay aquí un equipaje con los horrores vividos, junto al signo innegable de la madurez. Su posición afirmada en una intelectualidad ininterrumpida, lo conduce a reunir esos mundos de la luz y de la sombra en ardorosa fe hacia los valores humanos.
Umbrío por la pena, casi bruno,
porque la pena tizna cuando estalla,
donde yo no me hallo no se halla
hombre más apenado que ninguno.
Pena con pena y pena desayuno,
pena es mi paz y pena mi batalla,
perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.
Cardos, penas, me ponen su corona,
cardos, penas, me azuzan sus leopardos
y no me dejan bueno hueso alguno.
No podrá con la pena mi persona
circundada de penas y de cardos...
íCuánto penar para morirse uno!
Yo sé que ver y oír a un triste enfada,
cuando se viene y va de la alegría
como un mar meridiano a una bahía,
a una región esquiva y desolada.
Lo que he sufrido y nada, todo es nada,
para lo que me queda todavía
que sufrir, el rigor de esta agonía
de andar de este cuchillo a aquella espada.
Me callaré, me apartaré si puedo,
con mi constante pena instante, plena,
a donde ni has de oírme ni he de verte.
Me voy, me voy, me voy, pero me quedo,
pero me voy, desierto y sin arena.
Adiós, amor, adiós hasta la muerte.