Premoniciones de Fray Esquiú
Por Ernesto G. F. Luna (*)
El 11 de mayo celebramos el 176° aniversario del natalicio de Fray Mamerto Esquiú OFM (1826-1883). Dicha circunstancia es propicia para evocar sus virtudes teologales y cardinales, forjadas heroicamente con perseverante empeño. Siguiendo las huellas de San Francisco de Asís, pasó del Evangelio "sin glosa" a la vida de santidad, y de ésta, por las obras de misericordia corporales y espirituales, a la "Buena Nueva", que proclamó también como obispo de Córdoba.
Misionero, catedrático, legislador, periodista, constitucionalista, orador sagrado. Destacadas personalidades se han referido loablemente a la multifacética y fecunda vida de Fray Esquiú al servicio del bien común de la amada Nación Argentina: Pedro Goyena, Nicolás Avellaneda, Rubén Darío, Joaquín V. González, Leopoldo Lugones, Manuel Gálvez, Dalmacio Vélez Sarsfield, Enrique de Gandía, Alberto Caturelli, Cayetano Bruno, Pedro José Frías, Armando R. Bazán, Oscar Caeiro...
Hoy nuestra patria está en peligro y atraviesa el grave riesgo de hundirse en medio de la desesperación por la crisis social que padecemos. Ello agravado por las claudicaciones en la ética social, política y económica de numerosos dirigentes desprestigiados, que no logran traducir el poder en autoridad al servicio del bien común evolutivo y dinámico. Según el obispo de Resistencia, "los irresponsables están jugando a la guerra civil...". Todo ello se agrava si tenemos en cuenta el escenario internacional y el belicismo imperante. Con motivo de los trágicos sucesos del 11 de septiembre de 2001, el presidente de los Estados Unidos advirtió claramente que su país intervendrá militarmente para aniquilar el terrorismo en cualquier lugar del mundo donde se genere guerrilla. Ello produjo impactos en la "globalización" económico-financiera e intercomunicacional. Si el obispo Esquiú viviera actualmente, hubiese suscripto con sus hermanos en el Episcopado Argentino el documento titulado "Testigos del diálogo", señalando que "los intereses sectoriales y corporativos impiden la construcción del bien común (...). Es menester abrir canales de renovación política (...), crecer como nación y generar un nuevo proyecto de país...".
Por ello es conveniente y necesario conocer la docencia cívica del eminente patriota, exhortando a dignificar la política, mediante una "prudente solicitud por el bien común público", y fortaleciendo las bases espirituales y morales de la sociedad. Ello en resguardo de los derechos y deberes correlativos de la persona humana, subordinando la economía a la política y ésta a la ética. En consonancia con la Doctrina Social Católica y el Magisterio Pontificio, advierte y aconseja con anticipación hechos y eventos sobrevinientes a lo largo del tiempo y que eclosionan en la actualidad "transnacionalizada e interdependiente" del proceso universalista. El 3 de febrero de 1852 los ejércitos de la Federación, al mando de Rosas, eran derrotados en Caseros por el Gral. Urquiza, quien emprendió la tarea de la organización del país. El 9 de Julio de 1853, Esquiú abogó por la jura de la Constitución Nacional para evitar nuevos y feroces enfrentamientos sanguinarios. La homilía encuentra sustento en los valores morales, y la inicia con el antiguo saludo a los espartanos sobrevivientes, centrando la reflexión en las palabras del Divino Maestro: "... dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios".
En expresión del académico Pedro José Frías, "lo que Esquiú quiere para su patria es una sociedad constituida, porque tiene memoria de una sociedad desgarrada por la discordia, y él la abomina". El sacerdote y el jurista convergen y con naturalidad intercambian sus desvelos. Y en tal sentido, podemos decir que Esquiú lo fue sin dejar de ser simplemente un conventual franciscano que desde la entraña de la patria pulsaba su dolor y agitaba su esperanza (...). Luego se suceden las presidencias de Mitre (1862-1868), Sarmiento (1868-1874) -durante su administración, en 1872, el H. Senado de la Nación votó a Esquiú para ser propuesto ante la Santa Sede como arzobispo de Buenos Aires, pero el fraile no aceptó-, y Avellaneda (1874-1880). Buenos Aires capital de la República Argentina confederada, tras 25 años de reclamos y luchas fraticidas para integrar a la provincia de Buenos Aires al seno de la Nación.
El 8 de diciembre de 1880, en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires, el presidente Roca y las más altas autoridades concurren a la celebración. En dicha oportunidad fue invitado Fray Esquiú para pronunciar la homilía, centrándola en la necesidad de paz, orden, justicia. Repasó, entre otros, los conceptos de bien común y del orden moral, jurídico, político, económico. Enfatiza en la necesidad de superar los intereses partidarios para "constituir la unión nacional" que permita realizar el plexo de valores y los objetivos enunciados en el Preámbulo de la Ley Suprema, mediante el ejercicio responsable de las libertades, de la solidaridad activa, del Poder como servicio y de la ética como norma de conducta social.
Al referir el rol de los partidos políticos en la realización del progreso y la prosperidad de Inglaterra y los Estados Unidos, advierte nuestras debilidades institucionales: "Mientras que en la República Argentina la política es casi el único fundamento de la nacionalidad, y por consiguiente, la agitación de los partidos políticos se convierte en guerra, y la guerra civil es la muerte...".
La filosofía política ha de indicarnos los objetivos, y la estrategia, los medios conducentes para alcanzar el "desarrollo integral, sustentable y sostenible", el Estado de Derecho y de Justicia, que habrán de gestionar con "prudencia política" y criterios de excelencia de estadistas, los hombres y mujeres de gobierno. "Se puede legítimamente pensar que el porvenir pertenece a los que saben dar a las generaciones venideras razones para vivir y para tener esperanza..." (Gaudium et Spes N° 31), y esto es precisamente lo que realizó Fray Esquiú durante su vida, propiciando la compenetración de la fe y la sabiduría con la cultura, la educación, la ciencia y la tecnología para alcanzar el bienestar general, sin descuidar el bien común sobrenatural.
Acertadas son las palabras del Dr. Frías refiriéndose a Fray Mamerto Esquiú: "Esquiú fue pobre de espíritu como la bienaventuranza; no discriminó contra los ricos ni contra los pobres; fue llevado a compartir lo que tuvo (...) porque quiso compartir lo que era, porque quiso comunicarse con los otros, no en superficiales relaciones humanas, sino en la solidaridad más profunda, que es la imagen de la Comunión de los Santos. Y con todo ello sirvió como Iglesia al mundo, pero la sirvió también en las necesidades espirituales que se revelan como carencias sociales, como flaquezas institucionales, como discordia o incapacidad de proyectar en común. Sirvió a esa sociedad incipiente desde funciones que hoy apreciamos más como políticas que entonces, pero las sirvió como profeta anunciando por dos veces la Argentina nueva que se erguía sobre sucesivos desencuentros".
(*) Miembro correspondiente en Santa Fe de la Academia Argentina de Asuntos Internacionales. Profesor de la Facultad de Ingeniería y Tecnología Informática de la Universidad de Belgrano, y de la Facultad de Ciencias de la Salud de la UB, Buenos Aires.