Antonio Gaudí, el cantero de Dios
La obra de Antoni Gaudí, de quien el 25 del corriente se cumplieron 150 años de su nacimiento, dio perfil indeleble a Cataluña por las innovaciones técnicas y estéticas que aportó a la arquitectura del siglo XX.
Considerado el padre del modernismo, un estilo nacido de la mezcla del gótico y el "jugendstil" a fines del siglo XIX, Gaudí fue un cantero de Dios al modo de los constructores de las catedrales medievales. Su sueño fue la obra de arte total.
Y esta proposición tuvo su centro en la fe religiosa a la que sumó la visión panteísta de la naturaleza y su nacionalismo catalán, elementos que se observan en sus trabajos impregnados de misticismo.
Nació en una familia artesana y estudió con maestros tradicionales, pero a pesar de sus arraigados sentimientos nacionalistas su obra tuvo un sentido cosmopolita.
Su estilo arquitectónico fue espiritualista y formalista. Ocultó soportes, utilizó materiales industriales nuevos y cambió la concepción del espacio.
Además de una vida de entrega y austeridad insuperable, Gaudí tuvo que inventar cada recurso técnico, cada procedimiento constructivo, ya que su visión no tenía semejanza con ninguna obra de arquitectura realizada antes.
En Barcelona, las casas Vicens, Calvet, Batiló y Milá (La Pedrera); el parque Güell y La Sagrada Familia, catedral inconclusa cuyas agujas góticas se divisan desde todos los puntos de la ciudad, dejaron una huella indeleble de su genio.
En 1893 recibió el encargo de la construcción de la Sagrada Familia, en la cual trabajó durante cuarenta y tres años y la continuación de las obras constituye hasta hoy un tema polémico.
En una conversación mantenida con Alfonso XIII, Gaudí justificó ante el rey la gran altura del templo porque "con la cruz de su cúspide quisiéramos besar el cielo" e insistió en que el estilo era "el gótico, pero completado según la visión de nuestros días".
Las claves de la construcción monumental encarada por Gaudí, desde el cálculo de las bóvedas, los arcos parabólicos y la carga a sustentar por las columnas, fue un secreto que el artista se llevó a la tumba cuando en 1929, antes de cumplir los 74 años, murió atropellado por un tranvía.
Su admiración por el barroco y el arte islámico le granjearon la antipatía de sectores de la burguesía catalana aunque su mecenas fue el conde Eusebi Güell.
Para él construyó el palacio de la calle Conde del Asalto y el famoso Parque Güell (1900-1914) en la cima del Monte Pelado. La obra es célebre por las columnatas fitoformes. Inclinadas en audaz equilibro y por el banco que serpentea por la terraza, incrustado de fragmentos de cerámica coloreada.
La utilización de la cerámica se repite en el frente de los edificios alzados en el Paseo de Gracia, en la torre Bellesguard y en el colegio de Las Teresitas.
A sus revolucionarias concepciones espaciales e inéditos recursos constructivos, se suma el hecho de que Gaudí era un consumado artesano que revivió antiguas tradiciones catalanas en el arte de hierro, cantería, ebanistería, la cerámica y el tejido.
El Vaticano autorizó en 2000 el inicio del proceso de beatificación del artista catalán, a solicitud del cardenal-arzobispo de Barcelona, Ricard Maria Carlés, ante una causa promovida por la Associació Pro Beatificació d'Antoni Gaudí, cuyo vicepostulador es el sacerdote Lluís Bonet i Armengold, rector de la parroquia de la Sagrada Familia.
Desde entonces y según los dictados de la Congregación para las Causas de los Santos, se tomó declaración a testigos que conocieron personalmente al artista, y de los que, en razón de su avanzada edad, se temía podría perderse el testimonio. (Télam).