Persona y Sociedad: PER-02 Siguiendo los pasos del Padre Mario Pantaleo
A diez años de su muerte, la Fundación continúa su trabajo por los más débiles. La institución lleva el nombre Nuestra Señora del Hogar y tiene sedes en Capital, Buenos Aires y Santa Fe. Discapacitados, niños y abuelos son las metas del trabajo.


Araceli Gallardo de Garabelli era muy joven cuando, desesperada, acudió a ese sacerdote que, según había escuchado, tenía poderes de sanación. Un tumor en el vientre le dejaba pocas expectativas de vida. Las hemorragias incesantes eran el preludio de un final que se estaba acercando. Los médicos ya habían colgado los guantes.

Un día, su marido le dijo que la llevaría desde su Rosario natal hasta Buenos Aires. Llegó con pocas ilusiones, dispuesta a contarle todo a ese cura que empezaba a hacer furor en la gran ciudad. Pero él no la dejó hablar. Le impuso las manos en su vientre, y el tumor ya no fue más que un recuerdo.

Desde ese momento, Araceli comprometió su vida al servicio del padre. Hace diez años, el sacerdote italiano falleció. Hoy la mujer tiene 76 años y es la presidenta de la Fundación Nuestra Señora del Hogar, obra del padre Mario Pantaleo.

El padre comenzó su obra en el sur de Santa Fe y luego en Buenos Aires, donde su nombre recorrió casas de enfermos y desesperados, como un sinónimo de esa esperanza perdida.

Sigue vivo


Hace 25 años, el padre Mario compró unas tierras en La Matanza, y allí decidió establecerse.

Su fuerte eran las sanaciones; y hasta llegó a convertirse en un "esclavo" de su don: "La gente venía específicamente a buscar que los curara", recuerdan sus colaboradoras.

Pero el padre tenía, también, otras preocupaciones. Por eso puso en pie a la Fundación, con tres columnas vertebrales: salud, educación y tercera edad.

Las enseñanzas del sacerdote siguen aún firmes en quienes lo conocieron. En primer lugar, él decía que todas las religiones eran buenas. "No vayamos a presumir que somos los mejores. Dios es el único fin; las religiones son distintos caminos", afirmaba a los cuatro vientos el sacerdote. Así, hoy su fundación recibe a protestantes, testigos de Jehová, bautistas, evangelistas; sin ningún tipo de condicionamiento.

Otra de sus prédicas apuntaba a la familia. "Una familia que tiene abuelos y los mete en un geriátrico, les saca la posibilidad de morir en el amor. Si tienen hijos discapacitados y quieren sacárselos de encima; no se dan cuenta de cómo ayuda el amor para superar esas patologías", sostenía.

Por eso, las instituciones que llevan el sello del sacerdote son todas de puertas abiertas. "Vienen durante el día, pero a la noche, cada uno tiene que estar con su familia", explica Araceli.

Hoy la obra cuenta con 2.600 alumnos en escuelas de todos los niveles, de las cuales el gobierno bonaerense sostiene las plantas funcionales. La mayoría de los chicos son becados, hijos de desocupados.

También cuentan con centros de discapacitados (uno en Santa Fe, que funciona en Hipólito Yrigoyen 3311).

En González Catán cuentan con un centro de atención para mayores que se caracteriza por la forma de trabajo. "Antes, cuando uno llevaba a un anciano a un centro, estaban sentaditos, comían y se acostaban a dormir. Ahora no es así: ellos tienen gimnasia, yoga, natación, folclore. Es impresionante, están cada vez más jóvenes", resume la presidenta.

Además, cuentan con un centro médico ambulatorio y un centro de asistencia social a la comunidad; indispensables si se tienen en cuenta los crecientes focos de pobreza que existen en la zona.

Cuando el padre Mario murió, un 19 de agosto de 1992, dejó dicho en su testamento que quería ser enterrado en González Catán. El mismo diseñó su propia tumba. Muchas personas (famosos y desconocidos) pasaron por sus manos en busca de un alivio. Hoy, hasta allí llegan contingentes de todas partes del mundo, para honrar su memoria.