Opinión: OPIN-05 Alta en el cielo


Una sana costumbre que había en mi casa paterna cuando ocurría un intercambio de ideas en el que nadie lograba convencer a nadie, era el de hacernos aclarar tajantemente de qué se trataba la cuestión. "Definamos" decía mi padre, y traía el mataburros. Así que, inspirada por vaya uno a saber qué, busqué la definición de la RAE sobre la palabra símbolo: "Representación sensorialmente perceptible de una realidad, en virtud de rasgos que se asocian con ésta por una convención socialmente aceptada".

Más allá de la mugre de algunas banderas que lloran desteñidas en lo alto de algún mástil, más allá del canto del himno que no da ganas ni de ponerse de pie, o de la escarapela que pocos llevan en la solapa, o de algún policía que he visto charlando de espaldas a la enseña que iba izando, lo que preocupa es que ya los símbolos no son tales, al menos sus características no coinciden con la definición que da el diccionario.

Vayamos por partes. Bandera, escudo, himno, canciones patrias... ¿representan hoy una realidad?, ¿los asociamos con qué valores? Antes significaban la patria, y en este concepto se incluía la solidaridad, el proyecto común, la cultura del trabajo y un perfil -un poco débil, tal vez- de identidad nacional. Eran el pasado que nos daba cierta base nacional y la proyección hacia el futuro. Es obvio que todo eso casi ha desaparecido; vale decir que nuestros símbolos patrios, aquellos de la lámina en la pared del aula y todo lo demás, han sido devorados por la realidad nuestra de cada día.

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Muchas circunstancias han venido ahuecando el sentido primigenio de los símbolos: los mentirosos, los hipócritas, los autoritarios que siempre -es una marca común- llenan sus bocazas con esas palabras y tornan sentimientos claros en obligaciones detestables. "Dios y la Patria me lo demanden" es casi un chiste negro. La globalización ha tenido su cuota también en este proceso y, sobre todo, la fosa en que nos han hundido los que ocuparon el sillón de Rivadavia (el numen de la deuda externa) y sus troupes. Entonces se cortaron los lazos con el pasado y con el futuro. Ya la identidad no pasa por el proyecto de país, pasa por un aglutinamiento de momento. Pasa por la cancha de fútbol. La celeste y blanca no es la bandera, sino la camiseta; o es la que encabeza las marchas para que devuelvan los ahorros incautados, los piquetes, los reclamos y protestas de todo tipo.

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A veces leo o escucho a quienes proponen "revalorizar los símbolos". Pero me parece que eso es empezar por el final. El proceso debe darse a la inversa: cuando reconstruyamos una identidad común daremos un sentido a los viejos símbolos. Pero de momento ¿de qué sirve lustrar los mástiles y las astas, cantar fuerte el himno si atrás no hay nada que lo sustente?

Tal vez nuestros símbolos hoy (volviendo a la definición: aquello que nos representa con rasgos comunes) deberían ser los chiquitos desnutridos, el corralito, el Congreso con un vallado (también nuestra Casa de Gobierno), los sobres del Senado, la carpa menemista.

Ahora me acuerdo de qué fue lo que me inspiró el tema de hoy. Escuché una versión de Fontova de "Aurora", pero en clave de hoy: la bandera no flameaba "alta en el cielo" sino que estaba en el suelo. Pura realidad de hoy. Casi el único héroe que nos va quedando es Susvín.

María Alejandrina Argüelles