Señal de ajuste: Pichuqui al desnudo
Daniel Tognetti ratificó su oposición al empleo de cámaras ocultas. Y lo ha manifestado a través de otros medios, y no en "Punto.Doc", adonde dicha metodología suele ser utilizada, como recientemente, con las promocionadas revelaciones sobre el ex periodista decadente Pichuqui Mendizábal y su penosa condición actual.
La denuncia refería a la presente ocupación del antiguo integrante de "Fax" y "Videomatch", que ha sido institucionalizada en nuestro sistema político como "tráfico de influencias". Pichuqui apareció con su socio o patrón Jorge Salum, un chileno que presume por su contacto directo con Antonio Arcuri, alto funcionario del gobierno nacional y allegado extremo del presidente Duhalde, o más bien con su hermano Pancho Arcuri, con militancia política y no hace falta preguntar dónde, cuyo aspecto no lo haría desentonar como personaje de "Tumberos".
La cámara oculta fue mostrando las negociaciones de la pareja con un supuesto hombre de negocios interesado en vender drogas oncológicas al Estado nacional. Se trataba de medicamentos vencidos y descartados en Europa y Estados Unidos, a ser distribuidos gratuitamente en los hospitales de las provincias, o sea de engañar a gente sin recursos enferma de cáncer. No existía ningún aspecto altruista en el proyecto, que requería un pago de treinta mil pesos "para la campaña", que luego se convirtieron en cincuenta.
Los corazones sinceros que depositan parte de su stock afectivo en figuras de la tele pudieron sorprenderse, entre ira y dolor, ante el despojo en que se ha convertido Pichuqui Mendizábal, quien no se privó al describir con detalles su triste existencia actual, destacando que trabaja por la comida, que tiene sus hijos desparramados y que estaba juntando plata para pagar la factura de algún servicio público que había vencido ese día.
A la vez, en esas charlas de bar captadas por la cámara oculta, habló sobre sus tiempos de gloria, cuando en un trabajo de cuatro semanas para Tinelli sacó 50.000 dólares, y que cobraba 4.000 mensuales nada más que para sentarse con la troupe de Videomatch.
Luego, Pichuqui estuvo en el estudio ofreciendo explicaciones a Graña y Tognetti sobre su repugnante comercio, aunque no se entendió nada. Fue patético, y en el rostro de Mendizábal podía leerse la historia de la corrupción de la carne, o de la carne de la corrupción.
Se puede discutir sobre la cámara oculta pero, sin duda, constituye una técnica cuyo efecto testimonial supera los sueños del cinema verité de hace casi medio siglo, los relacionados con la posibilidad de intimar con la realidad desnuda y su inalcanzable más allá.
En esa mesa de bar, como en tantas registradas por cámaras ocultas, el público asistió a una negociación dolosa, satisfaciendo la curiosidad, tal vez enfermiza por su inoperancia, acerca de un fenómeno que la sociedad conoce, pero sin la imagen y el audio, porque se produce a puertas cerradas.
Es extraño, pero la imagen y el audio de esta reunión con Pichuqui y su amigo chileno resultaron indescifrables, como otras: se sabe de qué se trata, en general, pero es imposible desentrañar los términos y matices de la negociación. Los corruptos serían una raza distinta, cuyo idioma y gestualidad resultan exóticos, como si integraran una comunidad del archipiélago malayo. Con estas cámaras ocultas estamos llegando al documental antropológico.
Roberto Maurer