"Viajero" y "turista" se emparentan pero no son lo mismo. El viajero es aquella persona que exalta su condición de homo sapiens penetrando el cascarón exterior de los sitios que visita. El turista, en cambio, es el sujeto que recorre lugares por distracción y recreo.
El viajero ocupa lugares fundantes en el desarrollo de saberes como la etnografía. Bronislaw Malinowski -por ejemplo- realizó un profundo estudio sobre el comercio y aventura entre los indígenas de los archipiélagos de la Nueva Guinea Melanésica, sistematizado por escrito en "Los Argonautas del Pacífico Occidental". El turista, en cambio, ocupa un lugar fundante en la constitución de un producto comercial típico de la sociedad capitalista.
Una diferencia central entre viajero y turista reside en el tipo de mirada que ambos portan. El viajero mira escudriñando, esforzándose por trascender lo que las evidencias proponen. Hay una actitud intrínsecamente transgresora al enfocar lo que aparece. Lejos de buscar el descanso del espíritu provoca su inquietud encontrando nuevas dimensiones. Antes que simplificar complejiza lo observado, lo descompone en partes multiplicando relaciones y perspectivas. No encuentra el asombro donde los cánones del mercado dicen que debe encontrarlo sino allí donde sus propios radares lo indican.
El turista, en cambio, dirige su mirada según moldes prediseñados. Hace uso de una serie de sugerencias que explícita o implícitamente, liminal ó subliminalmente le han sido previamente entregadas. Orienta su atención hacia lugares o aspectos de lo visitado que previamente han sido estandarizados: en París la Torre Eiffel, en Bariloche la nieve...
Ahora bien: ¿qué es lo trivial? Es lo vulgarizado, lo común, lo sabido por todos, lo que no sobresale de lo ordinario, lo que carece de toda importancia y novedad. Tenemos entonces que los lugares son trivializados en el momento en que son incorporados a los circuitos turísticos pues como todo producto comercial requieren del encumbramiento de algunas de sus virtudes eclipsando inexorablemente la riqueza de la totalidad. El cristal a través del cual el potencial turista observa fue construido a fuerza de folletería previa, fotos en revistas, imágenes de televisión, relatos de otros turistas. Su mirada está necesariamente sesgada por intereses no emergentes de la impredecible curiosidad humana. La actitud turística y su objeto se caracterizan por ser predecibles: En Italia es predecible valorar y visitar la Torre de Pisa. El turismo requiere de la trivialización.
Pero ¿qué operaciones son necesarias para construir el rol de turista? En primer lugar es necesario que al originario viajero se lo despoje de su inquietud fundante preparándolo para observar sólo lo turísticamente aceptable. En Brasil, por ejemplo, observar sus playas pero no sus favelas. Para lograr un turista es necesario estandarizar un viajero incluyendo modos particularmente artificiales de entender el descanso.
¿Y cuál es el abono necesario para que el rol de turista germine y se desarrolle? Es necesario que las vacaciones adquieran un particular lugar en el imaginario colectivo. Tal lugar se caracteriza como compartimento espacial y temporalmente estanco, un lugar y un momento del año aislados de la cotidianeidad, particularmente artificializados, sobre los que se depositan propiedades mágicamente reparadoras.
Es innegable que las vacaciones operan con alta capacidad de "eficacia simbólica" (en los términos de Lévi-Strauss) sobre la recuperación física y psicológica. Es decir que son una construcción con una fuerza efectiva que reside en sus símbolos. Es la simbología la que da identidad al "estar de vacaciones": un modo de desconectarse del mundo, de vestirse, de alimentarse, de dormir, de amar. "Aunque sea quiero ir unos días a la isla", o con menos pretensiones aún: "unos días al camping... en carpa". Estos sucedáneos del producto comercial madre al que no todos pueden acceder -el turismo mayor- invaden las clases populares.
Vacacionar se convierte en una actividad naturalizada cuyos beneficios son indiscutibles para quien puede gozar de ella. Es legítimo entonces que el esfuerzo social se concentre en ampliar la base poblacional que se beneficie con ella. Obviamente tal conquista, especialmente a nivel de sectores populares, debe ser profundizada y defendida. Pero desnaturalizarla, advertir sobre sus componentes, puede ayudar a abrir otras discusiones sobre este modo de reciclar la capacidad de trabajo.
Podría pensarse que así planteadas estimulan la alienación en lo cotidiano, allí donde se vive y se trabaja todos los días. Opuestamente podría suponerse que sus beneficios deberían atravesar transversalmente la vida. Si al viajar resurgiera el viajero que en cada sujeto late los resultados finales variarían. Y mucho más: el sujeto que regresaría de vacaciones podría ser otro sujeto, enaltecido en cuanto sujeto de cultura y de saberes, apropiado de mucho más que el producto comercial propagandizado a través de la folletería.
Pero para ello es necesario desmontar la representación social dominante sobre las vacaciones, es decir aquella que la presenta como un hecho aséptico, neutral, lisa y llanamente beneficiosos, sin repliegue ideológico alguno. Las vacaciones son una construcción histórica atravesada por intereses, pujas de poder, necesidades, satisfacciones, deseos, luchas entre la libertad y el miedo a la libertad. Casi nadie decide sobre ellas sin condicionamientos impuestos por el mercado. Advertirlo es el primer requisito para ganar autonomía ante ellas. Todos vivimos situados pero también sitiados por elementos inconscientes (afectivos, espirituales, intelectuales, etc.) que se expresan en modas, marcas, status de consumo, etc.
Se trata de no adquirir las vacaciones como producto comercial con tiempos, lugares y modos predeterminados de valorarlas. Se trata de no aceptar el rol de turista pues con ello nos obligamos, como contraprestación, a convalidar la perpetuación de lo que en realidad no se quiere cambiar: las condiciones cotidianas de vida y trabajo. Al regresar de las vacaciones ellas estarán allí, esperando, dispuestas a constituidas en factor de salud o enfermedad, de realización o de frustración.
Osvaldo Agustín Marcón