Sucesos: SUCE-05 ALREDEDOR DEL FUEGO

El capitán Castro Lagos


De profesión asaltante. Acaso se llama o se llamó Castro Lagos. Veinte años después unos lo hacen en Sierra Chica y otros creen que, fiel a su estilo, acabó con un balazo en la frente. Ambas cosas son posibles.

A su manera, el hombre vivió y actuó fugazmente en Santa Fe, siempre entre las sombras. Hoy, poco y nada se sabe de él porque así como llegó se fue, dejando de su paso apenas un rastro difuso.

Dicen que era un español peligroso, astuto y audaz, pero por sobre todo, artero. Cuándo y por qué ingresó a la cárcel de Coronda, no está claro. Sí se sabe que para salir burló a la guardia o la guardia miró a otro lado.

Antes que eso ocurriera había rendido impagables servicios a la dictadura. Con uno u otro nombre pasaba de un pabellón a otro. Sus informes llegaban puntualmente al II Cuerpo de Ejército.

Su eficacia tras las rejas fue reconocida y pasó a formar en la "patota". En el apogeo del Proceso vistió el uniforme con las tres plateadas, de capitán. Así lo traían a Santa Fe, de visita.

Dicen que lo sacaban de la cárcel, disfrazado, para "reventar" refugios terroristas. Que entonces actuaba como uno más entre la tropa y que hasta se emborrachaba y vivaba a la patria en Dunkerque, la confitería donde los muchachos de entonces festejaban sus hazañas.

Pero eso no es seguro. Lo cierto es que durante las noches atendía en la Seccional 4a. Allí recibía a los pobres desgraciados que eran llevados ante él. Ahí hacía valer las jinetas.

Alto y reservado, entre los mismos policías imponía respeto. Recuerdan que el hombre pasaba largas horas fumando, tomando café o sin más, interrogando a hombres encapuchados y esposados. Ya se puede imaginar uno con qué delicadeza debía hacerlo.

Después, horas o días después de cada misión, el mastín regresaba a la perrera. Eso fue así, hasta que un día empujando una carretilla cargada con la comida de los chanchos pasó todos los controles del penal y se llegó hasta Rosario, para vivir a la sombra de Feced.

Después, aseguran algunos, intentó convertirse en un hombre de provecho. Se instaló con un taller mecánico y su vida hubiera cambiado de rumbo de no haber sido por esos cuatro o cinco santafesinos que aparecieron para perturbar su paz y ponerlo en evidencia.

Otra vez esposado se dejó cargar en un auto oscuro y viajó en silencio. Recién cuando habían sobrepasado los límites de Coronda abrió la boca y fue para preguntar: "�Me chuparon para hacerme percha?". Los policías lo miraron, extrañados. Entonces el jefe de patrulla sonrió, le acercó un cigarrillo y le palmeó la espalda. El hombre respiró con alivio y un poco más tarde subía las escalinatas de Tribunales.

Un juez quería conocerlo, es decir, quería saber cuánto sabía él del robo de las joyas de la Virgen. "�Guadalupe?, dijo entonces, no conozco, nunca estuve ahí". Hasta él había llegado una investigación judicial que no iría más lejos. Por fin, le pidieron disculpas, le dieron las gracias y nunca más se supo.

La historia de las joyas robadas para forzar la renuncia de Monseñor Zazpe tiene un capítulo militar. Por eso, las últimas huellas de Castro Lagos, ese fantasma impenitente, quedaron impresas en el Palacio de Justicia a comienzos de los 80. Se dice de aquel expediente amarillo y gastado que son pocas las hojas que guarda, todavía.

José Luis Pagés