Una biografía de Jacobo Timerman, escrita por Graciela Mochkofsky, ahonda en la trayectoria del fundador de la revista Primera Plana y del diario La Opinión -secuestrado durante la dictadura militar- en el contexto de las relaciones entre la prensa y el poder político y militar durante los años 60 y 70. "Timerman, el periodista que quiso ser parte del poder" (tal el título del libro que acaba de publicar Sudamericana) "fue el gran modernizador del periodismo argentino en la segunda mitad del siglo XX", dijo la autora.
En realidad, consideró Mochkofsky, "no fue un creador, sino un brillante adaptador para la clase media ilustrada de fórmulas exitosas en Estados Unidos y Europa: en Primera Plana aplicó el modelo del Time y en La Opinión, el de Le Monde".
Si bien tenía mucho talento analítico y una inteligencia aguda, "no fue una gran pluma, pero tuvo la habilidad para rodearse de los periodistas más talentosos de su época, a los que supo alentar y retribuir con los mejores sueldos del mercado".
El libro relata las intrigas y operaciones de espionaje de Timerman para desbaratar los intentos de sus sucesivos biógrafos, mientras se mostraba como un personaje solitario, acechado por los fantasmas de su pasado.
Según la autora, "tenía un concepto demasiado alto de sí mismo y pensaba que nadie podía escribir un libro que lo elevara a héroe de los derechos humanos y del periodismo independiente, algo que ninguna biografía seria podría sostener".
Hijo de una familia de inmigrantes judíos ucranianos, Timerman llegó a Buenos Aires en 1928; pasó una infancia de privaciones, en su juventud frecuentó la bohemia literaria, militó en el sionismo y realizó algunas colaboraciones periodísticas.
A los 30 años decidió que no quería ser pobre: "Se lo dijo a Pedro Orgambide y Tomás Moro Simpson un día en que caminaban por la avenida Rivadavia; fue `hombre de contacto' de Arturo Frondizi y demostró su talento como editor y secretario de redacción del diario El Mundo".
Timerman impulsó los artículos firmados, alentó a los redactores a usar un tono irreverente e incluir análisis y opinión en sus artículos (algo reservado a los columnistas) y quiso cubrir el mundo con corresponsales y enviados especiales. También se distinguió por una línea editorial que se volvió un axioma: "la izquierda para cultura, el centro para política y la derecha para economía".
Primera Plana (1962) y Confirmado (1965) "nacieron de la alianza de Timerman con los militares `azules', que después del derrocamiento de Frondizi, trataron de llegar al poder primero por las urnas y luego por un golpe militar".
"El logro de Timerman con Primera Plana -apuntó Mochkofsky- fue trascender su objetivo político para convertirse en referente de un sector social en expansión: la clase media ilustrada".
En cambio, "Confirmado pasó a la historia por ayudar a crear las condiciones para un golpe militar y difundir una imagen idealizada del general (Juan Carlos) Onganía".
La Opinión nació en 1971 con cierta independencia política, "pero en pocos meses se alió al gobierno del general (Alejandro) Lanusse, ante presiones oficiales; luego apoyó brevemente a (Juan Domingo) Perón, cuando ganó la presidencia en 1973 y a su muerte se embarcó en una campaña para derrocar a (José) López Rega".
"En 1976, apoyó el golpe militar contra Isabel Perón y hasta su secuestro en 1977, fue sostén del general Jorge Rafael Videla, a quien consideraba un `moderado'. Pese a estos acuerdos, el diario se convirtió en uno de los mejores", opinó la autora.
El libro perfila a un hombre talentoso, contradictorio, capaz de arbitrariedades, que sembraron el rencor entre sus colegas.
Pero con dos cualidades -destacó la biógrafa-: "su arrogancia y un coraje que no menguó en los momentos más dramáticos de su vida".
Los generales Guillermo Suárez Mason y Ramón Camps decidieron su secuestro, "por su relación con el banquero David Graiver, que manejaba el dinero de Lanusse y del Arzobispado de La Plata, pero también 14 millones de dólares de la organización Montoneros, parte de lo obtenido por el secuestro de los hermanos Born".
"Camps quería probar, desde su mentalidad antisemita, que como La Opinión se había hecho con dinero de Graiver, era el órgano intelectual de una conspiración de la `sinarquía judeo-marxista internacional' para tomar el poder en la Argentina", señaló.
Con la reapertura democrática y luego de su exilio en Israel, Timerman regresó al país, declaró en el juicio a las Juntas Militares y apoyó a (Raúl) Alfonsín, "que ordenó la indemnización a la familia Graiver por la confiscación de sus empresas para que Timerman cobrara lo que le correspondía por La Opinión".
Además de los beneficios mutuos, el ex presidente veía en Timerman a "un ícono del movimiento internacional de los derechos humanos y un hombre con prestigio en el exterior".
Su último proyecto, la renovación de La Razón fue un fracaso; "pero su legado sería encumbrado otra vez por sus discípulos en Página 12: con firmas, tono irreverente, mucho análisis en los artículos y dirigido a la clase media bien pensante". (Télam).
Gustavo Bernstein