Cultura: CULT-01

Entrevista a Pablo Crash Solomonoff: los oráculos nos rodean sin encontrar intérpretes

Por Coco Ferris


La Municipalidad de Rosario organiza anualmente concursos de narrativa y poesía, Premios Musto y Aldana, con notables jurados, y que se traducen en ediciones impecables. Semanas atrás comentamos el excelente libro de poesía de Sonia Scarabelli. Hoy entrevistamos al autor de los cuentos de "A espaldas del arúspice", Premio Musto 2003, que dirimieron Roberto Fontanarrosa, Laura Milano y Oscar Taborda.

-Para empezar: ¿qué es un arúspice?

-éltimamente para mí eso es un problema. En la Roma clásica el arúspice era un sacerdote encargado de leer en las entrañas de los animales sacrificados para predecir el futuro. Tenía la misma autoridad que el oráculo griego, interpretaba el lenguaje cifrado de los dioses, como las pitias; su herramienta de trabajo era el delirio interpretativo. Su palabra era respetada y temida. Pero con el correr del tiempo se diversificó y empezó a leer cualquier cosa: el vuelo de las aves, los fenómenos climáticos, los dados, la borra del café... y se transformó lentamente en un charlatán de feria. Un poco como algunos escritores.

-¿Y porqué decís que es un problema?

-Porque no pensé que el diccionario fuese tan poco frecuentado. Eso me obligó a dar muchas explicaciones. Y porque, para peor, no hay ningún arúspice en el libro, por eso digo "a espaldas", si es que puede ocultársele algo a un adivino. Pero de lo que se trata en estos relatos es de cierta relación con lo divino que tiene mucho de oracular: hay sueños premonitorios, profecías y una forma común en los personajes de reflexionar sobre las fuerzas que mueven al universo que nos lleva a pensar que, si Dios juega a los dados, los dados son dios. Un universo regido por el caos.

-Sin embargo, "A espaldas del arúspice" se encuadra dentro de la ciencia-ficción.

-Bueno, una forma de cf particular, digamos la de Philip Dick. Porque él es el primero en llevar estos problemas clásicos al ambiente del futuro. Al igual que Dick, me interesa investigar y reflexionar sobre cómo la tecnología altera la relación entre lo humano y lo divino. Hoy la PC se ha transformado en un oráculo sin intérprete. Y creer todo lo que dice es peligroso. El verdadero poder del oráculo no estaba en el monólogo inconexo y alucinado de la pitia, sino en cómo lo interpretaban los sacerdotes del templo para responder a la pregunta del cliente. Esa relación, que debería ser triangular, se ha alterado. La pitonisa ha sido obliterada y ya no sabemos si el arúspice es un iluminado o un chanta.

-¿Y quién puede saberlo? ¿El escritor?

-Modestamente (risas). No, creo que el escritor debe tratar de mantener viva esa pregunta, esa duda ante la palabra "autorizada" y producir sus propias mediaciones, distanciarse, y llevarle eso al lector. En mi caso, los recursos propios de la ciencia ficción (androides, extraterrestres, viajes espaciales, drogas, etcétera) funcionan como mediadores entre lo humano y lo extraño, lo alien, que puede ser tanto divino como diabólico.

-El humor juega un papel importante en estos cuentos...

-El humor es para mí algo intrínseco, no puedo separar lo que soy del humor, me siento un chiste. Si no fuese por el humor, ya me hubiera pegado un tiro o convertido en asesino serial. El humor me tiene dudando entre esas dos alternativas (risas). No, básicamente es una cuestión familiar. Mi familia es sumamente divertida, por eso soy gordo. Nos cagamos de risa en la mesa hasta las tres de la tarde y ese humor familiar, por momentos muy privado, ha teñido mi forma de ver las cosas. Después se pulió con el surrealismo, el absurdo y la patafísica. Leí algunos estudios muy sesudos sobre el tema, pero francamente me aburrieron. Si tengo que teorizar, creo que mi humor es más que nada ironía, y es incidental. Es esa vocecita pedantesca que desarma siempre esa convención tan endeble que es la comunicación, ese sobreentendido de que cuando digo "manzana" vos visualizás la misma manzana que yo. La mía tiende a estar siempre algo más podrida.

-¿Por mal pensado?

-No siempre... A ver... Sí, soy mal pensado. De otra forma, no tendría sentido del humor. Pensando lo peor no me va tan mal, es una especie de pesimismo invertido: si espero lo peor, cualquier cosa que me pase será positiva. Así que, en definitiva, soy el mejor de los optimistas, el desesperado. ¿Se entiende? (Risas.) Y al escribir, el humor se vuelve antídoto contra el horror de lo irracional. Si tuviera que decirle a alguien que se va a morir, la mejor manera es tomarlo con humor. Un poco como en el sexo: hay tres máximas que resumen las actitudes de mis personajes: 1) si no puedes vencerlos, úneteles, 2) a coger que se acaba el mundo, y 3) relájate y goza. Claro que la risa en la cama a veces juega en contra. Pero, ojo, estoy hablando de mis personajes. En lo privado sigo teniendo mis recaudos.

-¿Y cómo es la relación entre lo personal y lo ficcional en tu caso?

-Esquizoide. Tengo un trabajo que, por suerte, no tiene que ver con la escritura. Soy profesor de música. Así que eso me permite reservarla para el terreno del placer. Mis personajes tienen bastante de mí, circunstancias o detalles en común, pero también tienen algún rasgo exagerado, como en un espejo de feria. Son desviaciones, trato de no apegarme mucho a ellos. Por si tengo que matarlos. Trato de acotar el límite borroso entre esos dos espacios al lugar de los libros. Y, por suerte, la vida los excede.

(Chacharramendi - Paraná, 31/12/03)