Silecz camina. ¿Qué importa? ¿El hombre, el acto, el lugar? Digamos que el lugar no está en la Tierra. Digamos que el hombre es un Silecz, y demos por sentada la posibilidad de que, tecnología y mero paso del tiempo mediantes, lleguemos a este futuro en el cual vemos a Silecz caminar a través de un aire y de un paisaje extraños, hacia adelante, pero no exactamente. Silecz no camina: es un walkdancer.
Silecz danza al caminar sin música alguna. Y en el momento exacto en el cual percibe a través de las tres capas de vestiduras que sus dedos se separan de la tierra grisácea que pisan para dar por terminado el paso anterior, todo el cuerpo apoyándose en el pie de al lado, la imagen llega y lo distrae, haciendo que la atención sobre el cuerpo, su velocidad, temperatura y equilibrio, pase, por así decirlo, a otro plano ¿posterior o inferior? de la conciencia.
Algo de él ha cambiado de lugar, aunque en apariencia no hubo nada que permitiese a un hipotético observador de la escena diferenciar un paso del previo, y menos todavía, individualizar el momento exacto del cambio. Pero lo cierto es que Silecz danza a ciegas, como en piloto automático, con la conciencia superior o delantera inmersa en su propia oscuridad, por llamarla de algún modo. Oscuridad sobre la cual se destaca, como en una diapositiva, ésa, la imagen que lo sacó de sí para meterlo en sí mismo. Y analizándola, revisando entre los cabellos del niño, entre los dientes blancos que expone su sonrisa, entre los restos de comida que se amontonan sobre las bandejas de plástico que sostiene al descuido, entre sus dedos rosados; intentando enlazar, los pies en sus zapatillas, el cuerpo echado ligeramente hacia atrás, como llamando, con esa sonrisa, a algún adulto, expuesto de pronto a la luz de los faros del automóvil que viene girando por la bocacalle a setenta por hora; el cuerpo que lleva en su cerebro esa imagen encendida parecería estar deseando comparar con la tierra gris que va pisando, imprimiéndole su huella, las baldosas amarillas que pisa el cuerpo del niño en otro tiempo decididamente anterior, pero igual de presente, o de real, en la mente de Silecz.
Deviene entonces el envase en instrumento. El cuerpo, ocupado en desplazarse vigilando la frágil carga de la mente, debe ocuparse, además, en socorrerla. Porque la energía que Silecz reclama va a ser empleada en aclarar ese recuerdo, en descifrar el sentido oculto de esa aparición: el niño, parado en la vereda del "Vip" con bandejas apiladas en las manos, sonriendo hacia atrás, sus zapatillas; en encontrar las razones por las cuales esa imagen, de un tiempo-espacio distante y alejado, regresa como un boomerang ahora, lanzado por las uñas del pie atrasado de Silecz en el preciso momento en que terminaba un paso, el otro pie firmemente apoyado en la tierra.
Mientras tanto el viento arrastra oleadas de polvillo gris, empujándolas unas veces contra el cuerpo que se mueve, otras, acompañando su andar. Pero Silecz, enfrascado, envasado en los pensamientos dentro de su traje térmico, no siente nada de esa atmósfera extraña. Y ahora piensa en esa botella de gaseosa que cree haber visto entre las manos del niño, preguntándose por un instante si no sería la misma que pateó unos kilómetros atrás, sobre la tierra gris.
(...).