Cultura: CULT-04 Idishe mame
Por Julio Anselmi

"Madres judías de gente célebre", de Bruno Halioua. Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 2003.


Woody Allen hizo de su madre (Nettie Konigsberg) una de las mujeres judías más famosas del siglo XX y la entronizó como el arquetipo de la madre pesada, posesiva y omnipresente. En Manhattan, cuenta que ha escrito un texto titulado "La castradora sionista"; en Historias de Nueva York la imagina en forma de globo aerostático que vuela por el cielo de Nueva York, persiguiéndolo incansablemente con sus recriminaciones; en Bananas, recuerda el tratamiento que le brindaron sus padres de pequeño: "Me pegaron una sola vez. Empezaron a cascarme el 21 de diciembre de 1942 y siguieron sin pausa hasta fines de la primavera de 1944". Y para completar el entorno familiar y vecinal, en Zelig cuenta: "Mi hermano me pegaba a mí; mi hermana le pegaba a mi hermano; mi padre nos pegaba, a mi hermana, a mi hermano y a mí; mi madre nos pegaba, a mi padre, a mi hermana, a mi hermano y a mí; los vecinos nos pegaban, a mis padres, a mi hermana, a mi hermano y a mí; en el barrio, todos nos pegaban".

La visión sardónica de Allen es, de todos modos, sólo una de las aristas posibles de las que Bruno Halioua estudia en el destino grandioso de grandes judíos del siglo XX. Quizás el extremo opuesto sea el de Albert Cohen, el gran escritor de Bella del señor, que en El libro de mi madre (que en castellano apareció con la traducción de Silvina Bullrich) compone uno de los libros de amor más conmovedores de la literatura. Entre estas dos visiones, toda una gama de relaciones filiales se despliegan en este libro, cuyo proyecto nació de la constatación de que en la historia íntima de estos genios (Groucho Marx, Carlos Marx, Amadeo Modigliani, Albert Einstein, Marcel Proust, Marc Chagall, entre otros) existía siempre una relación clave con sus madres. "Algunas los empujaron a la rebeldía que, como todos sabemos, es un resorte creativo inigualable", escribe Halioua, recordando a la vez que otras de estas mujeres mantuvieron con sus hijos relaciones exclusivas, apasionadas, que hacían de su progenie el único objetivo de su vida, y eran capaces de todo, tanto de lo peor como de lo mejor, para protegerlos y verlos desarrollarse. Como Jeanne Proust, exigiendo de su hijo que todos los días enviara detallados informes sobre su salud cuando se alejaba de ella. Como Louise-Judith Cohen, vendiendo una tras otra todas las joyas de la familia, a espaldas de su marido, para que Albert pudiera mantener a sus amantes. Como Nina Gary, redactando decenas de cartas por anticipado, antes de morir, para que Romain, alistado en la Resistencia, no se enterase de su desaparición hasta el fin de la guerra.

Bruno Halioua es un médico francés, nacido en 1959. Asegura que "nuestras madres, por posesivas y autoritarias que sean, tienen la clave de nuestro éxito". Su libro se propone, pues, como un homenaje sincero y emocionado a esas mujeres que dieron a sus hijos "la seguridad y la determinación necesarias para la realización de los más grandes proyectos".