Recordamos hoy el 116° aniversario del fallecimiento de Don Bosco. Y nada mejor que referirnos a sus relaciones con nuestra patria, a la que quiso tanto. Don Bosco pensaba en grande. Sin haber establecido completamente su obra en Italia y en algunos países de Europa, pensaba ya en América. Y mientras alimentaba estos pensamientos, tuvo entre los años 1871 y 1872 uno de sus sueños o visiones en que le pareció ver un tipo de hombres -narra él- casi desnudos, de estatura extraordinaria, de aspecto feroz.
Intrigado por este sueño, consultó diversos libros sobre distintas regiones, tratando de ver que respondiesen al tipo soñado, pero la descripción de los mismos no se correspondía con lo que él había visto en sueños. En esto, Don Bosco se mostraba terco: pretendía descubrir "el lugar señalado por Dios" hojeando libros de geografía en los que apareciese esta clase de hombres, como también atlas que mostrasen una región donde había dos ríos "a la entrada de un vastísimo desierto".
Finalmente, conversando con el cónsul argentino en Savona, Juan Bautista Gazzolo, éste le proporcionó libros de geografía sobre América del Sur, de Argentina en general y de la Patagonia en particular, región que, como bien sabemos, se extiende al sur de los ríos Colorado y Negro. Un clima de leyenda envolvía a los salvajes de la Patagonia descriptos por los antiguos exploradores como gigantes a los cuales los europeos, con sus tricornios, apenas si les llegaban por encima de la cintura, casi a la altura de los niños indígenas. Salvajes a los que, todavía en 1864, el diccionario de conocimientos útiles editado en Turín presentaba como "de anchos hombros, enorme cabeza, cabellos negros, poca barba, cara inexpresiva y de una altura de más de dos metros, de modo que son los más altos del globo".
Sería por las lecturas o por sus sueños y visiones, Don Bosco se había formado una idea de lo que era la Patagonia: en sus entrevistas con monseñor Desgrands, presidente de la Sociedad Geográfica de Lyon, no salía éste de su asombro al oírle razonar con tanto aplomo y tantos detalles sobre la Patagonia, por lo cual le propuso que repitiera lo mismo ante los miembros de la Sociedad en una próxima sesión. Don Bosco, a pesar de la dificultad que experimentaba para exponer todo aquello en francés, aceptó. Se fijó el sábado 14 de abril de 1883 para la conferencia.
El nombre de Don Bosco, en primer término, y la curiosidad por oír lo que diría acerca de una región rodeada todavía por el misterio, en segundo lugar, atrajeron a muchos socios y estudiosos. No fue una conferencia, dijo la prensa, sino una charla o conversación original, amena, ocurrente e instructiva; su porte serio, fino y alegre a la vez, comunicó a la sesión una simpática impresión. Tenían todos delante el mapa de la Patagonia y Don Bosco describía detalladamente fauna, flora, geología, minas, lagos, ríos y habitantes, con gran sorpresa de los oyentes que, ora fijaban los ojos en el mapa, ora los dirigían a Don Bosco para mirarlo estupefactos.
Cuando hubo concluido su exposición le preguntaron de dónde había sacado tantas interesantes noticias y él se limitó a decir que todo lo que había dicho era pura verdad. Creemos que la Sociedad quiso comprobar las afirmaciones de Don Bosco, porque aguardó hasta el año 1886 para manifestar que no había fantaseado y la manifestación consistió en concederle y acuñar para él una medalla de oro, con motivo de sus méritos ante la Sociedad Geográfica.
De allí que, dejando de lado ofrecimientos y solicitudes, Don Bosco respondió afirmativamente a Mons. Federico Aneyros, arzobispo de Buenos Aires, quien hizo pedido formal a fines de 1874, trazando su programa sobre tres puntos: enviaría algunos sacerdotes a Buenos Aires como punto base de los salesianos en América. Estos se dedicarían a la juventud mediante catequesis, predicación, oratorios festivos. En un segundo momento, los salesianos tomarían una obra en San Nicolás; desde esas dos primeras bases "podrían ser enviados a otros lugares". En este tercer punto encerraba Don Bosco su plan de "llegar cuanto antes a los pueblos salvajes".
El plan de Don Bosco se realizó inmediatamente en sus dos primeros puntos: llegados a Buenos Aires el 14 de diciembre de 1875, los diez primeros salesianos, cuatro quedaron allí y seis fueron a San Nicolás, donde abrieron un colegio en marzo de 1876.
Respecto del tercer punto debemos decir que Don Bosco no podía tener idea de las distancias ni de los medios de comunicación; insistía en que se iniciase la labor apostólica "en las ciudades limítrofes con las tierras de indios", ignorando que se trataba de algunos conglomerados de casas o barracas. Con todo, envía otros dos grupos de salesianos: 23 en 1876 y 18 en 1877; parte de éstos últimos quedaron en Uruguay, fundando en Montevideo el primer colegio católico.
Un primer intento de los salesianos para entrar en la Patagonia por mar en 1878 fracasó; lo hicieron al año siguiente como capellanes de las tropas del Gral. Roca (Expedición al Desierto), llegando el 23 de mayo por la tarde (en vísperas de la fiesta de María Auxiliadora) a orillas del río Negro, el que viera en sueños por Don Bosco.
Pero recién en 1880, los salesianos se establecieron en Patagones y Viedma y, desde allí, desplegaron su acción hacia el sur, la tierra soñada por Don Bosco, la tierra prometida, como la llamaba él sin haberla visto más que en sueños. Pensar que Darwin que la visitó la llamó la tierra maldita.
Vendrían luego las dos primeras circunscripciones eclesiásticas: Patagonia septentrional (Río Negro, Neuquén y Chubut), con sede en Viedma -a cuyo frente estaría Mons. Juan Cagliero, luego primer cardenal salesiano-, y Patagonia meridional (Santa Cruz, Tierra del Fuego, Islas Malvinas y provincias australes de Chile), con sede en Punta Arenas, a cuyo frente estará Mons. José Fagnano, un ex garibaldino que luego se había hecho salesiano.
Don Bosco quiso mucho a la Argentina, a la que consideró su segunda patria y entrevió para ella un porvenir maravilloso desde todo punto de vista: "Yo veía -decía narrando un sueño que tuvo en 1883- en las entrañas de las montañas y en la profundidad de las llanuras. Tenía bajo mis ojos las incomparables riquezas que un día serán descubiertas. Veía numerosas minas de metales preciosos, minas inagotables de carbón mineral, depósitos de petróleo tan abundantes que nunca hasta el momento se encontraron en otros lugares".
Juan Pinolini