San Pablo, la ciudad fundada por el jesuita español José de Anchieta, celebra sus 450 años convertida en un crisol de culturas en el que se funden tradiciones y gastronomía de todos los rincones del mundo.
La historia de San Pablo se remonta al 25 de enero de 1554, cuando Anchieta, oriundo de Tenerife (Islas Canarias), fundó el Colegio de Sao Paulo de Piratininga por iniciativa de su superior, el padre portugués Manoel da Nóbrega, para catequizar a los indios.
Durante casi 350 años San Pablo no pasó de un villorio de unos 25.000 habitantes, hasta que en la segunda mitad del siglo XIX empezó a crecer con los miles de inmigrantes reclutados en Europa y Medio Oriente, para trabajar en las plantaciones de café, el "oro negro" de la época.
Fue así como llegaron principalmente italianos, españoles, sirios, libaneses, japoneses, armenios, griegos, lituanos y judíos, muchos de los cuales dejaron la agricultura y se establecieron junto a los portugueses en el área urbana de San Pablo, donde se dedicaron a los más distintos oficios.
"En 1920, dos tercios de la población de San Pablo era de inmigrantes, y la mitad de los hombres, italianos", recordó la historiadora Marcia Camargos, de la Universidad de San Pablo.
Esa diversidad de culturas ayudó a formar el carácter cosmopolita de San Pablo, reforzado en la segunda mitad del siglo XX por la llegada de miles de surcoreanos, chinos, rusos, y de nacionales de otros países europeos y latinoamericanos.
El Museo del Inmigrante, que funciona en el hospedaje que durante casi un siglo, acogió a los que llegaban en vapor al puerto de Santos y atravesaban en tren la Sierra del Mar en busca de una nueva vida en San Pablo, tiene registrados a más de 2,5 millones de personas de 60 nacionalidades, que entre 1882 y 1978 pasaron por el lugar.
Muchos no soportaron las difíciles condiciones de vida en la San Pablo de la primera mitad del siglo XX y regresaron a su patria, pero la mayoría se adaptó al paisaje urbano y encontró la prosperidad en áreas tan diversas como comercio, industria, servicios, artes y política.
"Adaptarse al ritmo que San Pablo impone debido al tránsito, a las distancias, a lo impersonal de cualquier ciudad grande, lleva cierto tiempo. Eso también ocurrió conmigo. Hoy me gusta vivir aquí y disfrutar de todo lo que la ciudad ofrece", dijo el secretario de Relaciones Internacionales de la alcaldía, Kjeld Aakon Jakobsen, nacido en Dinamarca.
El despacho de Jakobsen coordina el programa "Ciudad de los mil pueblos", que promueve la integración de las nacionalidades que conviven en San Pablo, y en el que están registradas las 38 comunidades extranjeras más numerosas de la ciudad.
La influencia extranjera es algo que se siente en el día a día de San Pablo. Desde la arquitectura hasta los clubes de fútbol recuerdan el carácter pluricultural de la ciudad, pero es su rica gastronomía lo que mejor refleja el conjunto de valores importados de otras partes del mundo.
De fondues a paellas, pasando por el tom kha kai, típico de la culinaria vietnamita, en San Pablo es posible comer, y bien, un plato de cualquier rincón del mundo, lujo que pocas ciudades ofrecen.
En cualquier esquina se pueden encontrar kibbes y esfihas árabes, el sushi y el sashimi de los japoneses, los pasteles de Belén portugueses y muchas otras recetas popularizadas por los inmigrantes.
Nada tiene, sin embargo, la popularidad de la pizza, a cuya producción se dedican unos 5.500 establecimientos, y que desde 1985 cuenta con una festividad propia, el Día de la Pizza, marcado el 10 de julio en el calendario cultural del municipio.
La masificación de la pizza tiene que ver con el hecho de que San Pablo tiene, después de Buenos Aires y Nueva York, la tercera comunidad italiana más numerosa fuera de la península, con cerca de 6 millones de oriundos y descendientes.
Esa rica herencia cultural fue recordada el 25 de enero en la Parada de los 450 años, un multitudinario desfile en el que participaron grupos folclóricos de 18 países, entre ellos Alemania, Bolivia, Chile, Colombia, Corea del Sur, España, Grecia, Hungría, Italia, Japón, Paraguay, Perú y Portugal.
En San Pablo, la capital económica de América Latina, conviven la opulencia de unos pocos y la miseria de muchos, una mescolanza que también es un retrato del pasado y presente Brasil.
La ciudad que surgió como un colegio para indios en 1554 empezó a hacerse importante sólo en la segunda mitad del siglo XIX con el ciclo del café, a partir del cual se consolidó como motor comercial, industrial y financiero del país.
La riqueza de San Pablo, municipio que genera el 15 por ciento del Producto Interior Bruto (PIB) de Brasil, o casi un cuarto si se incluye su área metropolitana, facilitó el surgimiento de una clase adinerada que ha hecho de la ciudad el punto de referencia nacional en casi todo.
Desde la economía hasta la diversión, pasando por educación, cultura, moda, ciencia y tecnología, San Pablo, con una población de 10,5 millones de habitantes, que llega a 18 millones si se incluye la periferia, es la locomotora que impone el ritmo y las tendencias del país.
Entre esa masa humana hay, por ejemplo, una porción de adinerados que vive en mansiones de ensueño, mientras que la mayoría lucha por una vivienda decente, un cuadro que se repite a escala ampliada en el resto de Brasil, uno de los países con peor distribución de renta del mundo.
Datos oficiales muestran que el uno por ciento de la población brasileña más rica tiene el 13,8 por ciento de la renta total del país, mientras el 50 por ciento de los más pobres apenas suman el 13,5 por ciento de la renta.
En San Pablo esa relación no es diferente, y mientras en barrios ricos como Jardins, abundan los caserones afrancesados que pueden costar hasta tres millones de dólares, unas 230.000 familias viven en favelas, a veces al lado de vecindarios acomodados como Morumbi.
Otras 108.500 familias comparten su vivienda con otras y 12.600 más forman el contingente de los sin techo, según un reciente estudio de la Fundación Getulio Vargas, uno de los principales centros de estudios económicos del país.
La minoría rica y la estabilidad económica de los últimos años han hecho florecer el comercio de artículos de lujo, razón por la cual San Pablo es hoy puerto codiciado por las grandes marcas internacionales.
"San Pablo está siempre sintonizada con lo que ocurre en el resto del mundo. Lo que se consigue Nueva York, Londres o Amsterdam, también se ve aquí en términos de consumo o cultura", afirmó el secretario Municipal de Relaciones Internacionales, Kjeld Jakobsen.
De hecho Louis Vuitton, Versace, Giorgio Armani, Cartier, Dior Montblanc, Tiffany, Bulgari y otras marcas sinónimo de lujo a nivel mundial tienen tiendas en San Pablo, donde sus ventas son tan alucinantes que algunas poseen varias sucursales.
Es el caso de la joyería Tiffany, que en diciembre pasado, apenas tres años después de desembarcar en la ciudad, abrió su segunda tienda, mientras que Montblanc ya va por la cuarta.
"En San Pablo encontramos tanto los consumidores como los socios ideales para montar el negocio", dijo al semanario Veja, Francesco Trapani, presidente de Bulgari, con motivo de la reciente apertura de la primera tienda de la casa italiana en Sudamérica.
La clientela de las marcas de lujo es reducida pero su poder adquisitivo parece ser ilimitado, a juzgar por resultados como el de Versace, que obtiene en San Pablo el 70 por ciento de su facturación en Latinoamérica.
Lo cierto es que esta megalópolis que se formó a partir de un colegio jesuita para indios, llega a sus 450 años inmersa en un proceso de reconstrucción urbana para revitalizar su degradado centro histórico, y mostrar una cara más amable y menos caótica.
El proceso de industrialización por el que pasó San Pablo a mediados del siglo pasado, cuando se convirtió en el principal polo económico de Brasil, trajo consigo un desordenado crecimiento urbano y altos niveles de contaminación ambiental que la relegaron a la condición de una las ciudades más feas del mundo.
Desde 1954, cuando celebró su cuarto centenario, hasta hoy, la población de San Pablo pasó de 2,5 a 10,5 millones de habitantes, sin contar con su área metropolitana, pero su desarrollo urbano no tuvo la misma velocidad, de forma que viviendas, servicios y el espacio público se quedaron cortos ante la cuadruplicación de la demanda.
"San Pablo pasó por una transformación muy grande en los últimos 50 años por la fuerte migración de trabajadores del campo para la ciudad y la preferencia por el transporte individual en detrimento del colectivo", dijo el presidente de Instituto de Arquitectos de Brasil, Paulo Sophia.
Para revertir el cuadro de deterioro urbano, la administración municipal se ha empeñado, con motivo de la efeméride, en la recuperación del centro histórico, de algunas áreas de espacio público, y en mejoras de las vías.
La alcaldía, con el apoyo privado, invertirá a lo largo del año 370 millones de reales (unos 130 millones de dólares) en obras como la restauración del Parque Don Pedro II, de plazas y otras áreas públicas, y de joyas arquitectónicas de la primera mitad del siglo XX, como la Estación de Luz y el Mercado Municipal.
Igualmente se trabaja en la conclusión de un corredor cultural entre la Biblioteca Mario de Andrade y el Teatro Municipal, una lujosa construcción de estilo renacentista inaugurada en 1911 para recibir a las grandes compañías internacionales de ópera.
Las autoridades han promovido, además, la recuperación del centro como lugar de habitación, pues sólo 70.000 personas viven en la región, mientras que hay unas 45.000 viviendas vacías en el área, abandonadas por la degradación que comenzó en los años 70 y que pueden ser restauradas.
"Es muy importante que el centro vuelva ser un lugar de habitación. Las ciudades son hechas fundamentalmente para vivir, y una ciudad donde sólo se trabaja es una ciudad abandonada", anotó el presidente del Instituto de Arquitectos de Brasil.
Para predicar con el ejemplo, la alcaldesa Marta Suplicy mudó el 25 de enero, día del aniversario, la sede de la administración municipal del Palacio de las Industrias para un edificio en el corazón de la ciudad cedido en comodato por el Grupo Santander Banespa, denominación en Brasil del primer conglomerado bancario español.
Con recursos prestados por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el Palacio de las Industrias será transformado en el Museo de la Ciudad donde, según el secretario Municipal de Cultura, Celso Frateschi, "se integrarán todas las culturas y clases sociales que forman a San Pablo".
El plan de restauración, que también incluyó la retirada de vendedores ambulantes de algunas calles emblemáticas, ha comenzado a surtir efecto y, según la Asociación Comercial de San Pablo, cerca de 400 nuevas tiendas abrieron en los últimos seis meses en el centro, que ahora luce remozado.
Las obras han estimulado los negocios inmobiliarios en la región central y una cadena internacional compró y restauró el antiguo Hotel Jaraguá, que tuvo entre otros huéspedes ilustres a Marlene Dietrich, Ella Fitzgerald y Olivia Newton-John.
Las obras incluyen, además, nuevas capas de asfalto para parte de las 91.000 calles y avenidas de la urbe; la remodelación de la céntrica avenida 9 de Julio, y la construcción de una fuente luminosa y un auditorio en el Parque Ibirapuera, el pulmón verde de San Pablo, diseñado por Oscar Niemeyer e inaugurado con ocasión de su cuarto centenario.
Mostrar una ciudad más bonita no es sólo cuestión de estética sino también económica, pues San Pablo es la capital nacional del turismo de negocios, actividad que anualmente mueve en la ciudad 2.600 millones de reales (unos 920 millones de dólares).
Todas estas obras y emprendimientos fueron largamente planificadas, para ser concretadas en éste, el año del 450 aniversario de la gran urbe de Latinoamérica.
Jaime Ortega Carrascal