Estamos habituados a hablar de las responsabilidades de los gobiernos; tal vez en algún momento nos animemos a hablar de las responsabilidades de los pueblos. La omisión sobre este tema no es casualidad. En las sociedades democráticas, en donde la soberanía popular reside en el pueblo, los políticos suelen estar más dispuestos a halagarlo que a señalar errores o vicios. Por su parte, los medios de comunicación en más de un caso alientan las peores tendencias en nombre del marketing, la audiencia o cosas parecidas.
Quedan, además, los intelectuales, pero también ellos se han transformado en la mayoría de los casos en cortesanos de la supuesta sabiduría popular, renunciando a su tarea de educar más allá de las encuestas y las modas. Es que también en este sector la llamada muerte de las ideologías y la renuncia a ejercer las armas de la crítica han provocado estragos. El pragmatismo cínico de los conservadores, el anacronismo de la izquierda y la demagogia irresponsable de los populistas han sido demoledores. "Lo más aburrido del mal es que uno se acostumbra", decía Sartre.
En la provincia de Santa Fe, por ejemplo, se volvió a votar por el peronismo. En nuestra ciudad, el voto popular en los barrios más afectados por la inundación fue de abierto respaldo a Reutemann. Algunos dirán que muchos no lo votaron porque ni siquiera fueron a votar, pero esa respuesta a mí no me dice nada, ya que los que no votaron no me consta que en caso de hacerlo lo hubieran hecho por una alternativa superadora; por el contrario, tengo derecho a suponer que si no fueron capaces de ir a cumplir con la exigencia mínima de la democracia, tampoco estarán en condiciones de emprender esfuerzos políticos más elevados y consistentes.
Los errores políticos y los vicios culturales se pagan y se pagan caro. Santa Fe que fue una de las provincias más ricas y con recursos humanos más capacitados, hace rato que ha sido superada por Córdoba y hoy se debate entre la pobreza y la impotencia política. Nuestra ciudad es una lastimosa caricatura de lo que fue en otros tiempos. A los porcentajes de miseria y exclusión se suma una subcultura clientelística, oportunista y prebendaria que no hace más que precipitar nuestra ruina.
De todos modos, sería injusto decir que veinticinco años de gobiernos peronistas nos han colocado en esta situación, pero también sería injusto desconocer que el peronismo y su séquito algo tienen que ver con esta realidad ominosa en donde el futuro de Santa Fe está más cerca de Tanzania o Nigeria que de Suiza o Italia, las dos referencias culturales del pasado a las cuales les debemos nuestros mayores logros culturales.
En principio, las nuevas autoridades tienen problemas y los problemas son serios. Por lo pronto, el gobernador Obeid debe ponerse de acuerdo consigo mismo para saber dónde está parado. Si como él mismo dice, Reutemann fue un excelente gobernador, lo que le está pasando en estas semanas es entonces una consecuencia de sus propios errores, porque si la administración del ex corredor fue tan buena no se entiende por qué él tiene tantos problemas. Si por el contrario, la gestión anterior fue de regular para abajo, tal vez pueda explicarse por qué los conflictos se han desatado con tanta intensidad.
Más allá de los vericuetos y laberintos de la política cotidiana, lo cierto es que el actual gobierno es, con prescindencia de los detalles, la continuidad de esos gobiernos peronistas que desde 1983 se vienen sucediendo en la provincia con y sin ley de Lemas. Al margen de matices y talentos personales, uno de los rasgos distintivos de las gestiones populistas es que empobrecen a la sociedad y condenan a sus miembros a la pobreza, entre otras cosas, porque esa condición de pobreza es la que asegura la reproducción de su sistema de dominación.
No se equivocaba Lamberto cuando decía "mientras haya pobres siempre habrá peronismo". A la frase debería haberle agregado: "Y nosotros por lo tanto estamos dispuestos a garantizar que siempre habrá pobres para que siempre nos voten a nosotros".
Se puede decir que la ciudad de Santa Fe, lumpenizada y caótica, es una consecuencia de casi veinticinco años de gobiernos peronistas y de la impotencia y mediocridad de una oposición que siempre se las ha ingeniado para no ganar las elecciones. Pero también esta realidad devastada es el espejo en donde se debe mirar una sociedad que mayoritariamente se las ingenió por vender su voto, desentendiéndose al otro día de sus opciones electorales. No nos olvidemos que esta es la provincia que votó a Vernet, Reviglio, Vanrell y Martínez, aunque ahora no se encuentre a nadie que diga que en algún momento se inclinó por esas candidaturas. Es como decía el viejo Cioran: "La barbarie está al alcance de todo el mundo, basta con tomarle el gusto"
Los problemas de nuestra clase dirigente son también nuestros problemas. No es verdad que los políticos son una calamidad y el pueblo es un dechado de virtudes. Los facinerosos que quemaron la Casa de Gobierno no son un problema por ser facinerosos, son un problema porque el populismo los alienta con sus concesiones y la izquierda los sostiene con su hipocresía.
Yo sé que siempre es más correcto y elegante echarle la culpa de lo que sucede a los que mandan, pero el gran problema de las sociedades democráticas es que de alguna manera los pueblos también son responsables y hasta tanto las sociedades no hagan su propio proceso de evaluación seguirán reproduciendo realidades como las que hoy padecemos.
¿Ejemplos? La semana pasada El Litoral publicó en tapa una información que bien leída es una lección de teoría política y una radiografía de los males que nos agobian. Allí se denunciaba que más del setenta por ciento de los beneficiados con los planes Fonavi no pagan las cuotas, no porque la pobreza los asfixie sino porque saben que el Estado no los va a desalojar.
Si en el futuro algún observador quisiera alguna explicación sobre nuestra decadencia y la responsabilidad de un sector de la población, ese titular es el mejor punto de partida para entender lo que nos pasa, porque no sólo pone en evidencia la incapacidad del Estado, sino que denuncia el arribismo y la insolidaridad de una franja importante de los sectores populares inclinados a la prebenda y reacios a desarrollar la cultura del trabajo y la conciencia social.
Nos llenamos la boca hablando de compromiso y nos rasgamos las vestiduras criticando la economía de mercado y hablando del Estado de bienestar, pero en los hechos parecemos modelados por las versiones más groseras de darwinismo social, mientras que en nuestras conductas cotidianas respecto de la defensa del espacio público y el capital social parecemos más discípulos de Alvaro Alsogaray que de Keynes.