Una palabra está empleada en sentido directo cuando se utiliza referida al objeto para el cual fue creada. Por ej.: "Late el corazón" se refiere al órgano que así se llama. En cambio cuando aludimos a seres o cosas con palabras que les convienen sólo porque hay algún parecido o semejanza entre ellos, se dice que dichas palabras han sido utilizadas en sentido indirecto o figurado. Por ej.: "Vive en el corazón de la selva". La selva no tiene corazón, propiamente hablando. Se usa la expresión para significar que "vive en el centro de la selva", por el lugar que ocupa el órgano nombrado, en el pecho.
Hecha esta aclaración, veremos cómo en el idioma hay gran número de términos anatómicos para expresar de manera gráfica, sugerente y, a veces, hasta literaria y poética, realidades íntimas o exteriores del hablante. Lo dicho cobra entonces nuevo brillo, dimensión y hasta elegancia. Comprobaremos cómo el que habla o escribe apela a lo que está más cercano a él, en este caso su propio cuerpo, para transmutar el lenguaje y así obtener mayor claridad y precisión. La cabeza, cara, ojos, cejas, boca, labios, dientes, etc., le sirven para crear dichos, locuciones, frases hechas, refranes que hacen más eficaz la comunicación. De este modo, podrá conformar discursos del siguiente tenor: Es conveniente no ir con la boca abierta en las bocacalles, ni buscarle la boca a nadie (dar motivo para que hable o insulte), pues es desagradable andar en boca de todos o de boca en boca. Puede que a uno se le caliente la boca (enardezca) y se le vaya en demasía. Entonces alguien pedirá que se le cosa o tape el pico. Antes de despegar la boca es bueno pensar si uno no se está yendo de boca o está hablando por boca de ganso.
Esperamos a alguien con los brazos abiertos y trabajamos a brazo partido, mientras otros están con los brazos cruzados, pero ívive el brazo de Dios! (su poder y grandeza). Algunos son de buena o gran cabeza (talentosos); otros tienen cabeza de chorlito o de novio, que es lo mismo que tener mala cabeza o ser flaco de la misma. A otros se les mete (o encaja) algo en la testa y no hay modo de que escarmienten en cabeza ajena, porque ni se les pasa por la cabeza que la pueden perder. ¿Sentarán cabeza alguna vez? Es bueno que se lo propongan porque les pueden decir que están tocados de la cabeza. íLevanten la cabeza y no la bajen jamás!
Hay que dar la cara, dicen. Entonces es deseable que pongan cara de pascua y no de pocos amigos, o de perro, o de vinagre, ni larga, ni de Viernes Santo. Hay que andar a cara descubierta que es lo mismo que no conocer el miedo. Para esto hay que tener cara y que no se le caiga a uno de vergüenza. Pocos son los que darán o sacarán la cara por uno, y encima exclamarán: íPor su linda cara! No vale la pena darle entre ceja y ceja (enrostrarle). Ya está uno hasta la cejas con problemas como para meterse (o ponerse) a otro entre ceja y ceja.
Abramos el corazón, es decir, hablemos con el corazón en la mano, pues se presupone que no tenemos corazón de bronce o de piedra. Él puede anunciarle buenos o malos agüeros. Si se trata de estos últimos, el corazón se encoge o hiela, y no es que uno sea blando de corazón; sin embargo, a veces, por los que no tienen corazón a alguien se le parte, atraviesa o no le cabe el suyo en el pecho. Hay que tener estómago para tenerlo aventurero (dícese del que come ordinariamente en mesa ajena). Es que cuando ladra el estómago (de hambre), uno le hace estómago a cualquier comida. Los que no pueden retener nada en el estómago (chismosos) y son de malos hígados (índole dañina) dirán: íQué buen diente y estómago tiene! El afrentado querrá echar los hígados y molérselos al exagerado criticón. Así quedarán mano a mano, por más que les faltó poco para irse a las manos, aunque no suelen ser manos largas.
El vendedor aseguraba que el mueble era de primera mano, no obstante haber pasado de mano en mano. Tenía que vender a toda costa para no quedarse con una mano atrás y otra adelante. Al fin se descubrió el engaño, porque siempre hay una mano negra u oculta que tiene buena mano para investigar. El comprador se lavó las manos, no adquirió el mueble y dejó al pobre hombre con un palmo de narices y a la mano de Dios.
"Abre bien los oídos, hijo", aconseja la madre y dáselos sólo a quienes no te los regalen (lisonjeen). Sé todo oído para escuchar las palabras sabias y que estas no te entren por un oído y te salgan por el otro, que es lo mismo que hacer oído de mercader; y ya que fuiste dotado de buen oído, aprende a tocar o cantar siquiera de oído.
Sin tener ojo de buey, alguien puede poseer ojo clínico. Son dolorosos los ojos de gallo (callos); relumbran los ojos de gato (espejos), y a nadie le gustaría estar en el ojo de la tormenta o tempestad (vértice de los ciclones). Hay que abrir el ojo y es cierto que cuatro ven más que dos. Por eso el joven anteojudo, a quien le bailaban los ojos y se le iban tras la irresistible mujer, se los clavó y era evidente que quería comérsela con los ojos. En un abrir y cerrar de ojos ya estaban los dos conversando animadamente. Él comprendió que la conquista le iba a costar un ojo de la cara; pero siguió insistiendo, aunque pensó que esa noche , por la felicidad, no podría pegar un ojo. No obstante permaneció a pie firme y se felicitó por haber entrado con buen pie o con pie derecho. Con pies de plomo fue desplegando su estrategia amorosa y creyó a pie juntillas (firmemente) que su plan se iba cumpliendo al pie de la letra. No quiso buscar cinco ni tres pies al gato (buscar pretextos) y se le declaró improvisando una copla de pie quebrado. Cumplido su propósito, podría al fin descansar a pierna suelta o tendida; y al otro día salir a estirar las piernas con su amiga. No se lo verá ya de rodillas mendigando amor. Tiene las uñas bien afiladas (mucho ingenio y habilidad) como para mantenerse carne y uñas con la que será su prometida, y no quedará nunca más soplándose las uñas (burlado).
Hemos desgranado buen número de dichos y expresiones muy pintorescos. Mayor cantidad han quedado en el tintero. Los hablantes siguen en dinámico proceso incesante creando nuevos vocablos y giros para dotar al lenguaje de fluidez y vivacidad, confiriéndole inusitada eficacia y variedad a la comunicación.
Enrique José Milani