Siete Lagos, camino para andar
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Villa La Angostura. (
Viene sin carta de presentación y se aparece ante nosotros imponente, salvaje, cálido y sin secretos. Un sendero de ripio especial para recorrer en esta altura del año en la que florecen las hojas al costado del camino y en la que pueden verse desfilar sobre los árboles las gamas de verdes a marrones en un pestañear de días.
Conocido como Ruta de los Siete Lagos es el tramo de la ruta N� 234 que une las localidades de Villa La Angostura con San Martín de los Andes y ha sido denominado como el principal corredor turístico. Su gente dice que es ""el más lindo del mundo".
Una pequeña Villa reúne todas las condiciones como lugar de largada. Villa la Angostura, un pequeño poblado entre montañas que deja la ilusión de aquellos lugares detenidos en el tiempo a no ser por las sonrisas cálidas que se dibujan entre su gente. En esta temporada, el turismo ha mermado y esto da la posibilidad de tener un contacto tan cercano con su gente como con sus costumbres. Si se sale desde allí es imposible no visitar el pequeño puerto que se abre entre las laderas y no escatima en su hermosura. Tranquilo, sereno y relajado, el río se confunde con la niebla, y el límite se pierde en la imaginación.
Desde allí se puede comenzar lo que será un trayecto para compartir en el silencio de las palabras que brotan a menudo por los ojos y que buscan otra mirada para poder comprender que todo aquello está allí. El recorrido arranca en la ruta N� 231 -que une Bariloche con Villa La Angostura-, para después empalmar por el camino de ripio de la Nacional 234, dejando atrás el Nahuel Huapi, el primero de los lagos.
Más que siete son ocho los lagos que se pueden observar durante todo el recorrido sin realizar desvío alguno por caminos laterales y transitando en forma directa entre localidades. De sur a norte se inician por el lago Nahuel Huapi, el Espejo, Correntoso, Escondido, Villarino, Falkner, Machónico y culmina con la inmensidad del Lácar.
El Huapi saluda en el trayecto. La mirada en El Espejo constituirá la primera estación. Allí un mirador natural de gran altura permite ver su inmensidad. Detrás, como siempre, las montañas custodian sus secretos y se hacen dueñas de la imponencia mientras que la claridad de las aguas puede suponerse desde arriba. Más adelante, un camino indicará la posibilidad de ingresar hasta la costa. Allí un pequeño refugio y un bar se estancan entre la soledad de una playa que se despierta y constituye la llegada más serena hasta las heladas y cristalinas aguas. Inmóvil. El viento pareciera evitar rozarlo y las pájaros se posan en el él con temor a quebrarlo. Las aguas de El Espejo reflejan aquello que muchas veces no se puede ver con una simple mirada, que hace falta buscarlo en la calma.
Avanzando un poco más, y después de cruzar el puente sobre el arroyo Ruca Malén el acceso es natural y la tranquilidad asoma entre la llegada a las aguas del lago Correntoso. Sobre él, un paraje casi natural de campo invita a relajarse y apreciar las gamas de amarillos y verdes que recuadran aquella pintura. Es casi imposible imaginar su calma. En su borde, la naturaleza se despierta.
Después de cruzar el puente sobre el río Pichi Traful , se abre a la derecha otro camino menor, y por el cual se accede tras dos kilómetros de marcha al lago Pichi Traful, con un área de acampe y un espectacular playa de arena rodeada de una exhuberante vegetación. Siguiendo nuestra ruta, más adelante a la izquierda la cartelería nos indica el acceso al lago Traful y a la hermosa Villa Traful, por la ruta provincial 65 (hacer enlace a Villa Traful).
Kilómetros más adelantes el lago Escondido será el tercer paraje obligado. Es sin dudas, uno de los lagos más celestes, quizás por la claridad de la base de sus montañas. Desde el mirador se puede tener una vista muy amplia de todo el paisaje y allí las siluetas de la naturaleza se dibujan contorneándole formas indefinidas al cielo que busca mezclarse. Aún queda mucho recorrido y pareciera que el observador no podría seguir llevándose tanto recuerdo.
Sólo 3 kilómetros más adelante, la ruta toma inmensidad. Dos lagos se abren a ambos lados de la ruta. Sobre la izquierda, la aparición del lago Villarino es la primera parada y unido a él el Falkner obliga a hacer otra estación. En este punto conviene observar el cerro que se encuentra en la margen sur y que tiene impresionantes torres de piedra negra en su cúspide. Se trata del cerro Buque, y en él anidan cóndores, por lo que es posible verlos en vuelo. Se los identifica fácilmente por su envergadura, su planeo perfecto, su mancha blanca en el cuello y por la posición casi vertical de las plumas de los extremos de las alas.
Pareciera que las horas no tienen importancia y uno se dedica a captar todo. El camino huele a natural, y de no ser por el tránsito de autos que frenan, miran o pasan viniendo desde San Martín, aquello parecería un lugar de ésos que sólo uno conoce.
El rugir de sus aguas se hace sentir desde antes. Un manantial se vuelca sobre las rocas desde 35 km de altura. La cascada Vullinanco es otro de los atractivos en el corredor de Siete Lagos. Brava, podría decir que baña de nieve líquida el paisaje contrastando su pureza con los verdes incandescentes que a su borde la custodian.
Y uno cree que ya ha visto y vivido todo. Pero siempre queda algo más. Porque allí está la ruta -nuevamente en camino asfaltado- y no puede volverse atrás y mirar porque se lleva mucho recorrido y porque la esencia de quien puede emocionarse con estos lugares es siempre hacia delante.
Quedan 35 km para adentrarse en el corazón de San Martín de los Andes y a la izquierda surge otro desvío que nos conduce a la laguna Pudú-Pucú y al lago Hermoso.
Este lago no se advierte desde la ruta ya que está ubicado cuatro kilómetros a la derecha. Si tenés tiempo visitalo, vale la pena. El marco selvático que cubre las laderas de los cerros, junto a la coloración azul profundo de sus aguas, nos hacen comprender rápidamente el porqué de su nombre. Existe un muy buen lugar para acampar.
Y la tarde va cayendo y la ruta presenta el lago Machónico con un hermoso mirador. A pocos kilómetros, la zona conocida como "Las Taguas" se abre como una opción de áreas de acampe y cabañas, sobre la margen del río, junto a la casa del guardaparque.
El asfalto constituye el paisaje y comienzan a sentirse un poco más las curvas, que aunque suaves, contornean el paisaje. Otra parada la constituye el Mirador del Arroyo Partido, un fenómeno de la naturaleza. El arroyo se abre en dos brazos: el de la derecha se vuelca a la vertiente del océano Pacífico a través de la cuenca del lago Lácar, y el de la izquierda al Atlántico a través de la cuenca de los ríos Collón Curá, Limay y Negro.
Y allí se impone, se abre con su bastedad refleja y armoniosa y se pierde a simple vista el límite con los colores del cielo. El lago Lácar no se anuncia, se precipita sobre la mirada y anuncia que poco a poco que el circuito está culminando. El punto de partida: San Martín de los Andes, un poblado con callecitas luminosas y amplias.
Ésa es la última parada del viaje. El sol ya se esconde entre las montañas y desde algún bar, uno puede detenerse a saborear un exquisito chocolate caliente para el cuerpo, porque el alma guardará el fuego absorbido para toda la vida.