"Los argentinos tenemos una doble actitud permanente"
Es arquitecto e historiador experto en preservación del patrimonio. Integra las academias nacionales de la Historia y de Bellas Artes. Fundó el Centro de Documentación de América Latina. Escribió más de cien libros sobre historia de la arquitectura y urbanismo en Latinoamérica.
Ramón Gutiérrez está convencido de que es necesario replantear la historia de la arquitectura tomando en cuenta los aspectos propios de lo americano, que fueron ignorados durante años. "En el siglo 19 y buena parte del 20, los argentinos aspirábamos a ser europeos. Esa postura llevaba a leer las expresiones provincianas como manifestaciones de un arte central que estaba en Europa. Hoy sabemos que es necesario que las obras se expliquen y se valoren en función del propio contexto", asegura.
-A nivel de la sociedad, �existe conciencia de la necesidad de valorar el patrimonio desde este punto de vista?
-Ocurre que nuestro siglo 19 borró al siglo 18. Borramos todo... A excepción de algunos edificios religiosos, prácticamente no nos quedan casas de ese siglo. Esta actitud de querer ser europeos llegó hasta el punto que liquidamos la Casa de Tucumán, liquidamos el Cabildo: todo lo que, de alguna manera, era símbolo de nuestra independencia.
-Actitud que los europeos, justamente, no tienen...
-Exacto. Los argentinos tenemos una doble actitud permanente: vamos a Europa y nos maravillamos de la antigüedad y de cómo conservan las cosas. Pero venimos acá y destruimos todo. El caso del porteño es muy claro. Cuando está en cualquier ciudad del mundo, dice: `Esto, comparado con Buenos Aires, no es nada'. Ahora, llega a Buenos Aires y descalifica absolutamente todo.
Cuando uno le dice a una familia: `Hay que conservar su casa', la respuesta es: `La mía no, la de al lado'. Es decir, hay una falta de sentido respecto del bien común. Es necesario que entendamos que tenemos una responsabilidad cultural, más allá de nuestra propiedad.
Ese doble discurso permanente, esa falta de compromiso con la realidad, se nota sobre todo en los espacios públicos. Hoy los espacios públicos no son de todos, sino que no son de nadie, y por lo tanto son tratados de cualquier manera... No tenemos una actitud cívica, solidaria, participativa.
Esto ocurre, a lo mejor, porque no participamos en las decisiones que implican trabajar por el bien común. No tenemos decisión sobre cómo gastar los presupuestos de nuestros gobiernos; no tenemos participación en las decisiones respecto de qué se prefiere, si un espacio público o un buen negocio inmobiliario... No tenemos forma de definir nuestra inserción dentro de los valores que debemos defender.
-�Qué ocurre con este tema a nivel gubernamental?
-Nosotros históricamente hemos tenido políticas culturales que no están basadas en la consolidación de los valores tradicionales. Siempre estamos apostando a futuro, a la coyuntura; y mucho más en las últimas décadas, donde la cultura se ha convertido en parte de un espectáculo efímero.
Demolemos las cosas auténticas y estamos proponiendo, de golpe, hacer de nuevo el cabildo de Santa Fe, o techar las iglesias de las misiones jesuíticas. Es decir, invertimos en falsificar, en réplicas, y no en conservar lo auténtico. Este es uno de nuestros problemas: la falta de criterio, de claridad de ideas.
-�Cuáles son los factores que llevan a esta situación?
-Creo que, en primer lugar, se debe a un mal sistema pedagógico. Hoy los bienes culturales no forman parte de la currícula y la idea de la valorización de patrimonio no está asentada en la escuela. La educación patrimonial es un tema pendiente en Argentina.
Lo segundo es la escasez de recursos para las áreas de cultura. Y la falta de una visión clara, de la cual quizás también somos culpables quienes trabajamos en patrimonio. No hemos tenido precisión de criterios sobre qué es el patrimonio: empezamos con el patrimonio histórico, que estaba vinculado a los próceres, las batallas, los héroes y demás... Pero cuando pasamos al patrimonio cultural, y entendimos los valores de las identidades y las diversidades, y empezamos a pensar que una estación de ferrocarril o un molino o una fábrica pueden ser patrimonio... Cuando comprendimos que hay patrimonio del siglo 20, que ya es siglo pasado... Cuando empezamos a tomar conciencia, por los años 80, ya era tarde.
Otro de los factores es que se entiende el patrimonio vinculado a la obra en sí, y no al conjunto urbano. Entonces, por ejemplo, declaramos patrimonio el Centro Cívico de Bariloche, pero ahora aparecen unos señores que quieren construir un centro de convenciones sobre el lago, con lo cual arruinan la idea arquitectónica de ese espacio... Hoy podemos echar todo a perder rápidamente por un negocio inmobiliario.
-�Cómo se hace para detener el avance de criterios como "negocio" o "rentabilidad", dentro del sistema capitalista?
-�Somos nosotros más capitalistas que los franceses o los españoles? �Los italianos permitirían realizar en el Foro un Centro de Convenciones? Lo que pasa es que no somos conscientes de la calidad ambiental y paisajística que tienen determinados lugares, incluso si esto se quiere ver como un potencial dentro del sistema capitalista.
El problema es cuál es la escala de criterios y prioridades que tenemos. Ninguna mentalidad, por más capitalista que sea, puede soslayar lo que significa el papel del Estado y los bienes que conforman la cultura de una sociedad.
Natalia [email protected].