Urbanización y arquitectura (primera parte)

Plano de un proyecto para el Cabildo de Santa Fe en 1787.. 

Por Luis María Calvo

La ciudad es siempre un producto colectivo que, en el caso de las ciudades españolas en América, comenzó a activarse a partir del acto fundacional. Santa Fe fue fundada por Juan de Garay el domingo 15 de noviembre de 1573, pero es muy probable que esa fecha sea la del momento elegido para solemnizar el acto de nacimiento de una ciudad que, en la práctica, había comenzado a trazarse y construirse con anticipación.

En una expedición formada por cerca de 80 hombres, entre los cuales la mayor parte eran criollos nacidos en Asunción -los famosos "mancebos de la tierra"-, no había técnicos con conocimientos teóricos ni aprendizajes formales. Tan sólo algunos más experimentados que otros, como es el caso de Antonio Tomás, llegado al Río de la Plata en tiempos de don Pedro de Mendoza (en 1580 asistiría con Garay a la segunda fundación de Buenos Aires), quien dio trazas para hacer el fuerte donde los españoles se guarneciesen y no fuesen asaltados. Posteriormente la praxis y la llegada de nuevos pobladores fueron aportando artesanos competentes para tareas de construcción.

Tal como lo caracteriza Ramón Gutiérrez, a lo largo del período hispánico Asunción y Buenos Aires se comportaron como los puntos extremos de un sistema generador y de comunicación fluvial, en el cual Santa Fe y Corrientes actuaron como escalas o puntos intermedios. En ese período, el mismo Gutiérrez distingue tres momentos:

- el del primer contacto entre el mundo español y el aborigen.

- el de la consolidación de una arquitectura regional y popular.

- el de la incorporación de nuevos modelos culturales y la crisis de las tradiciones regionales.

Siguiendo la periodización propuesta por Ramón Gutiérrez, en el presente trabajo procuraremos caracterizar los diferentes momentos en el caso colonial de Santa Fe y, a continuación, la situación de la producción arquitectónica en el período inmediato a la Revolución de Mayo y anterior a 1853.

Primer momento: el contacto entre el mundo español y el aborigenEn este primer momento, el español o mestizo, convertido en vecino fundador de la ciudad, debió ingeniarse para repetir lo visto en su lugar de origen mientras recurría a la experiencia constructiva de los aborígenes. De vez en cuando, también se pudo contar con la colaboración de alguien cuya capacitación provenía del ejercicio de su praxis constructiva, en un medio donde el binomio ensayo-error parecía ser el único método de aprendizaje. En un principio, la falta de antecedentes obligó al conquistador a producir una arquitectura espontánea, rudimentaria y simple, con soluciones técnicas elementales y utilización de los escasos recursos disponibles.

Segundo momento: consolidación de una arquitectura regional y popular

El segundo momento es el más extenso en la historia colonial de Santa Fe. Su inicio, imposible de precisar, se da cuando se define una arquitectura popular generada sobre la base de modelos transculturados y del aprendizaje pragmático, perfeccionado por la experiencia acumulada y colectiva.

Así se concreta una tradición arquitectónica litoral, cuya caracterización, dice Carlos M. Reinante, parte de aceptar la existencia de modelos que cada región desarrolla como síntesis de sus capacidades y posibilidades.

En cada región -plantea por su parte Alberto de Paula- la homogeneidad de recursos constructivos, la persistencia de tradiciones vernáculas adecuadas al clima lugareño, los recursos humanos disponibles y sus modos de trabajo caracterizan sus resultados que, desde mediados del siglo XVII en adelante, alcanzan calidades de perdurabilidad.

Esa arquitectura popular como la espontánea de la primera etapa es igualmente anónima y carente de fundamentaciones teóricas.

La historia de Santa Fe registra repetidamente ocasiones en las cuales los mismos cabildantes debieron dar traza o conducir alguna obra. El propio Hernandarias de Saavedra (Asunción, 1560 - Santa Fe, 1631), desde sus funciones de gobernador del Río de la Plata se ocupó de enseñar a fabricar tejas. Fue constructor e impulsor de obras públicas y de mejoramiento de las técnicas constructivas. Durante sus gobiernos, se ocupó de ordenar cuestiones edilicias en las ciudades de su jurisdicción y personalmente ejecutó algunas obras en Asunción y en Buenos Aires. Sabemos que en Santa Fe mandó traer palmas para utilizar como tejas en la cubierta de la iglesia de San Francisco.

Por su parte el vecindario colaboraba en las obras públicas de la ciudad y en las de carácter religioso, participando activamente o suministrando trabajadores de su servicio.

Debido a la falta de arquitectos, los carpinteros fueron tomando a su cargo las tareas propias de la construcción y tuvieron una intervención protagónica en obras de tapia francesa u ordinaria. De ellos dependía la realización de la estructura independiente de horcones en el primer caso y la construcción de los tapiales y sus aparejos en el segundo, como así también la ejecución de la estructura de la cubierta y la realización de umbrales, dinteles, puertas, ventanas y rejas.

No es casual que los dos únicos contratos de construcción que conocemos del siglo XVII, antes y después del traslado de Santa Fe, fueron celebrados con los carpinteros Juan Cabrera, en 1646, y Juan de Vera, en 1694.

Entre otras referencias sobre el accionar de carpinteros como responsables de obras, podemos agregar que en 1665 el Cabildo encargó a Juan Gómez de Salinas, oficial de carpintería, la fábrica de la iglesia de San Roque, y que en 1677 Antonio Coronel, oficial maestro de carpintería, mencionó sus largos años de servicio en obras públicas.

También es representativo el caso de Pedro Domínguez de Obelar, miembro de una familia principal que en el momento del traslado de la ciudad intervino en la obra de la nueva iglesia matriz; más tarde, radicado en Asunción, continuó alternando las más altas funciones públicas, con la dirección de obras en las que fue fundamental su conocimiento de las maderas.

La mano de obra empleada en la construcción era la de los indios, a veces libremente concertados y otras bajo el vínculo de la encomienda. También hubo indios y negros esclavos que trabajaron al servicio de un español que actuaba a modo de "contratista". La importancia que tenían los aborígenes en la provisión de mano de obra en la construcción era tal que en 1627 se presentó una petición en el Cabildo para que no se les permitiera asistir a las vaquerías sino que, como estaba ya mandado, acudieran a prestar servicios en las sementeras y en la construcción de casas.

En el siglo XVIII no se puede omitir la mención del sacerdote jesuita Florian Paucke (Witzig, Silesia, 1719- Faenza, Italia, 1780), misionero en las reducciones mocovíes de San Javier y San Pedro. A la par de su labor misionera, tuvo a su cargo la edificación de las iglesias y casas parroquiales de esos pueblos, tarea en la que puso en práctica sus conocimientos en la materia, adquiridos mediante la observación y la experimentación de técnicas constructivas utilizadas en el medio santafesino. Sus experiencias y resultados fueron relatados por él mismo durante su exilio en una obra cuyo manuscrito e ilustraciones originales se conservan en el monasterio cisterciense de Zwettl (Baja Austria); traducido al castellano en el siglo XX y publicado con el título de "Hacia allá y para acá. Una estada entre los indios mocovíes". En esta obra se ocupa de describir pormenorizadamente la técnica de la tapia, la fabricación del ladrillo cocido y del adobe, como así también diversos modos de realizar los enlucidos de las paredes.

Desde mediados del siglo XVIII en Santa Fe comienzan a elaborarse y aplicarse otras técnicas y materiales, como adobes y ladrillos de barro cocido, que desplazan a los carpinteros de tareas fundamentales, que pasan a desempeñar maestros albañiles.

En esa época, por ejemplo, para continuar la fábrica de su iglesia y colegio, la Compañía de Jesús promueve la venida de algunos de sus arquitectos, como Prímoli y Blanqui, que no llega a concretarse. En 1740 el padre provincial ordenó que viniera el hermano José Schmidt (Middelheim, Baviera, 1690 - Buenos Aires, 1752) para ocuparse de componer el techo de la iglesia. Según los arquitectos de Paula, Gutiérrez y Viñuales parecería ser que Schmidt fue quien proyectó la bóveda de madera del templo jesuítico de Santa Fe, al tipo del que había resuelto para la Compañía en Salta. En 1748 el problema de la cubierta todavía persistía; al parecer el impulso definitivo se dio a partir de entonces y sabemos con precisión que, por lo menos en 1753, el hermano Antonio Harls (Tegernsee, Baviera, 1725) formaba parte de la comunidad jesuita santafesina; su presencia, tratándose de un acreditado ebanista y arquitecto no pudo estar sino relacionada con las obras que se estaban ejecutando en la cubierta, y debió intervenir también en la torre, que para 1755 se dio por terminada.

Por esos mismos años, entre 1749 y 1752, el maestre de campo don Manuel Maciel se hace cargo de la fábrica de un nuevo edificio para iglesia parroquial (hoy Catedral) y construye un templo de tres naves, atípico en la arquitectura colonial local, haciendo amplio uso de arcos de mampostería. Maciel utilizó su pericia en beneficio propio y el de su familia, construyendo sus casas y las de sus hijos. La singular capacidad de Maciel lo ubica entre los más calificados constructores de Santa Fe durante el período hispánico y demuestra la compatibilidad de una actuación relevante en la vida política y militar con las tareas inherentes a la construcción.

Al igual que Maciel, podemos mencionar los nombres de otros vecinos que, aún perteneciendo a los grupos de poder, no encuentran menoscabo en la práctica constructiva. Entre otros, podemos agregar los nombres de don Gabriel de Lassaga, de don José Teodoro de Larramendi y de don José de Tarragona, de quien nos ocuparemos más adelante.

Tercer momento: revisión de las tradiciones regionales

En el último cuarto del siglo XVIII, el predominio de Buenos Aires sobre la región del Litoral se ratifica con su designación como sede del Virreynato del Río de la Plata, y aun cuando el neoclasicismo imperante en la España de esa época retarda su arribo a nuestras playas, los nuevos planteos arquitectónicos se distinguenpor su carácter funcional y su sobriedad ornamental.

Estos nuevos modelos gravitan sobre los maestros de obra e idóneos que en Santa Fe y Corrientes continúan siendo los protagonistas de la producción arquitectónica. El carácter empírico y popular de las primeras obras -dice Reinante- va cediendo hacia formas más ricas en simbologías. Formas que proceden de modelos exógenos y establecen una relación dialéctica con aquellos generados por la arquitectura popular.

Los tiempos todavía permiten la formulación de experiencias constructivas de un gran empirismo como las que lleva a cabo el ermitaño Francisco Javier de la Rosa para levantar un santuario dedicado a Nuestra Señora de Guadalupe entre 1779 y 1780.

A finales del siglo XVIII se detecta la presencia de algunos maestros de albañilería que tienen ese oficio como principal medio de vida, con una formación tan empírica como la de los carpinteros, pero que intervienen en obras en las que la tecnología maderera ha cedido lugar a la de la albañilería. Antes que adjudicar la autoría de determinadas obras, es más fácil constatar la participación de estos maestros en peritajes encargados desde el ámbito oficial. Es el caso del maestro albañil don Vicente Troncoso, nacido en Santa Fe en 1719, de quien no se conocen obras concretas, pero cuyo accionar ha quedado documentado a través de peritajes o informes técnicos que le fueron solicitados. En 1774 la Junta de Temporalidades lo comisionó para dictaminar sobre el estado de la iglesia de la Compañía de Jesús. Por la misma época se mencionan otros maestros de obras de albañilería como Juan José de Lorca, Francisco Soria, José Manuel Troncoso y José Cruz Jiménez.

Entre ellos se destacan el catalán Esteban Tast, que se vincula a los comienzos de la fábrica de un nuevo edificio del Cabildo, y José López de Arretegui, que ha de tener directa intervención en algunas obras de la ciudad y en la del convento franciscano de San Carlos, en San Lorenzo.

Esteban Tast (Mataró, Cataluña - Santa Fe, 1798) fue un maestro albañil de origen catalán, que se radicó y trabajó en Santa Fe en las dos últimas décadas del siglo XVIII. En 1787 dictaminó en calidad de maestro perito en el arte, junto con Francisco Soria, sobre el estado en que se encontraba el edificio del Cabildo, aconsejando su demolición; en esa misma oportunidad tasaron el costo de una nueva construcción de acuerdo a la planta que les proporcionó el alcalde. En 1798 se le encomendó como maestro mayor de obras la construcción del nuevo edificio, a cuyo cargo se encontraba trabajando, cuando se produjo su muerte en agosto de 1798, al ahogarse en el río Colastiné (Santa Fe) mientras transportaba piedras desde la actual provincia de Entre Ríos para el Cabildo. A Tast y a otros maestros se les adjudica la construcción de algunas de las principales casas de Santa Fe de fines del siglo XVIII.

Por esos años, don José de Tarragona (Villalengua, Aragón, circa 1725 - Santa Fe, 1807) construyó dos casas de su propiedad, en las que incorporó la azotea para resolver la cubierta. Tarragona fue un rico comerciante, dueño de hornos para la fabricación de materiales, que además contaba con una cuadrilla de trabajadores en la que los oficiales eran esclavos de su propiedad. Esas condiciones le permitieron construir su casa urbana y su quinta (luego conocida como Aduana Vieja), con una calidad y envergadura excepcional para el contexto santafesino.

El período independiente: 1810-1853

Los cambios que se registran en Santa Fe en las primeras décadas de vida republicana alcanzan en forma incipiente a las tradiciones centenarias relacionadas con las formas de hacer arquitectura. En esos años pueden detectarse, en algunas obras relevantes, los comienzos de un proceso de transformación en los modos de producción arquitectónica que durante siglos habían priorizado la praxis ante el proyecto.

En 1814, el padre José de Amenábar se hace cargo de la parroquia de la iglesia matriz y comienza a gestionar la ampliación y refacción de su edificio (hoy Catedral). En primer lugar recurre al ya mencionado maestro José López de Arretegui, pero cuando consigue los fondos éste ya ha fallecido. Es así como se inician consultas con el arquitecto �sic] Lorenzo Grans, seguramente un idóneo, y el arquitecto de origen catalán Juan Roqué, un técnico de mejor formación avecindado en Córdoba desde hacía algunos años. Sin embargo, en la primera mitad de 1832 Amenábar obtiene que el ingeniero-arquitecto de la provincia de Buenos Aires Carlo Zucchi (Reggio Emilia, 1789-1849), uno de los profesionales más importantes activos en el Río de la Plata por esos años, fuera comisionado para realizar el proyecto definitivo de refacción de la iglesia matriz. Zucchi viaja a Santa Fe a finales de julio y fecha su proyecto el 29 de agosto, regresando a Buenos Aires casi inmediatamente.

Zucchi, consciente de las limitaciones que imponía el medio en el cual desarrollaba su actividad, procuró, sin renunciar a sus postulados teóricos, que su proyecto pudiera ser realizado por los técnicos locales que quedarían a cargo de la obra. Precisamente, a partir de principios de 1833 la misma quedó a cargo del maestro de obras de albañilería Juan Gollan y del maestro mayor de carpintería Felipe Traynor, quienes la condujeron hasta su finalización.

Juan Gollan (Inverness, Escocia, circa 1800 - La Paz, Entre Ríos, 1878), había llegado por 1825 a Buenos Aires, donde se desempeñó como constructor. Su radicación en Santa Fe coincide con su intervención en las obras de la iglesia matriz. En 1834 pasó al convento de San Carlos en San Lorenzo, donde estucó el púlpito y tres altares de yeso; y además compuso algunas imágenes y fabricó un tornavoz. Según Ramón Gutiérrez los planos que preparó para el templo del convento, que no se llevaron a la ejecución, demuestran que Gollan tenía pericia en el dibujo. En 1835 aparece nuevamente en Santa Fe trabajando en la colocación de la baranda del presbiterio de la matriz. Por 1837 se ocupó de la construcción de la iglesia parroquial de Coronda. Ese mismo año reforzó la estructura de la iglesia de Santo Domingo de Santa Fe, para que pudiera soportar una gran campana traída de Génova. De los años posteriores no se tiene referencia de su actividad en la construcción.

Hasta 1853 no se registran otros nombres relevantes de técnicos dedicados a la construcción, ni tampoco se realizaron otras obras de significación que forzaran a acudir a profesionales. La ciudad tradicional, con algunas pocas intervenciones puntuales que la adecuaron a su rango de capital provincial, todavía estaba en condiciones de responder a las necesidades de su tiempo. A partir de la sanción de la Constitución Nacional y de la propiciación de políticas inmigratorias y de inserción de la región y el país en el mercado internacional, se produciría una verdadera inflexión, agotándose la capacidad de respuesta que hasta ese momento habían aportado las formas tradicionales de producción arquitectónica.