Eduardo Tato Pavlovsky: dominar la escena
Hace pocas semanas Tato Pavlovsky estuvo en nuestra ciudad para participar del Argentino de Teatro. Sus años de vanguardia, de compromiso político, su exilio, y su etapa de madurez y consagración, fueron algunos de los temas que abordó en una extensa charla.

Cuando Eduardo Pavlovsky se acerca con pasos firmes y cautelosos, uno acierta a comprender, casi al instante, porque afirma "imagínense lo que era yo a los veinte años". Es que este curtido dramaturgo, actor y médico psicoterapeuta argentino, con sus casi dos metros largos de estatura a cuestas, su lento caminar y su mirada profunda, parece dominar con su sola presencia todo el lugar.

En una especie de torbellino, aparecen frente a uno los rasgos de ese veterano y sufrido boxeador que interpretó en "Cuarteles de invierno", de Lautaro Murúa; de aquel terrateniente autoritario y brutal de "Miss Mary", de María Luisa Bemberg; o del represor desesperado -actuación que le valió el premio Cóndor de Plata 2003- de "Potestad", dirigida por Luis D'Angiolillo.

Cuando llega a nuestra mesa, un leve movimiento de cabeza es su único y casi inexistente saludo. Se sienta pesadamente en una silla que parece demasiado pequeña y frágil como para sostener a semejante figura, y la desborda por todos los ángulos.

Aunque parece hosco y huraño en una primera impresión, cuando comienza a hablar, con un discurso lento y reflexivo, el caudal de sus palabras parece no tener un puerto de destino.

"Tirunfa o morirás"

Al referirse a su niñez, Pavlovsky lo hace sin asomo alguno de nostalgia en su relato. Suspende su mirada en el vacío y recuerda: "Mi infancia fue sencilla, pero con una ideología triunfalista, algo así como un `triunfa o morirás" comenta, mientras evoca sus primeros años de vida en una casa de la calle Paraguay, en la Buenos Aires de los años 40.

"De adolescente fui asmático, y me curó el doctor Rascovsky. Pocos años después fui campeón sudamericano de natación; imagínense los resultados", sigue narrando Pavlovski.

"Después, con 14 años tuve una gran crisis traumática y mi madre me dijo: Vamos a verlo a Rascovsky, que te curó del asma y ahora parece que cura el alma: hace psicoanálisis". Esa fue una marca indeleble para el dramaturgo: "Empecé una vida distinta, era una especie de patito feo y me convertí en cisne", explica.

La importancia de la casualidad

Quizás más influido por la familia que por su vocación, Pavlovsky decidió estudiar medicina, y obtuvo ese título en 1957 en la Universidad de Buenos Aires. "Logré recibirme a los 22 años, porque me di cuenta que no me gustaba y me apuré", explica con una rara mezcla de orgullo y resignación.

"Y entonces entré a la carrera de psicoanálisis". En este punto del relato se interrumpe abruptamente y sentencia: "Aunque en realidad no se puede ser psicoanalista a esa edad; no se sabe un carajo de la vida".

Tampoco allí se encontró con su verdadera vocación. "En tercer año me dije: no quiero seguir más, no concuerdo con la ideología del psicoanálisis". Aunque enseguida mide sus palabras y se retracta: "No con el psicoanálisis en sí; (Sigmund) Freud era genial, un loco surrealista".

Fue por esa época de agudas crisis existenciales cuando empezó con el teatro, casi por casualidad. "Decía Paul Auster que las casualidades en la vida son muy importantes; así me encontré en un hospital haciendo psicoterapia y psicodrama en un grupo de niños, y me di cuenta de que era algo importantísimo", recuerda.

A partir de esta experiencia, Pavlovsky creó el Movimiento Psicodramático de Latinoamérica, convirtiéndose en uno de los pioneros en ese área. También se dedicó a escribir al respecto, y es el autor del primer libro en castellano sobre psicoterapia de niños y adolescentes.

"Yo debo ser uno de los pocos psicoanalistas que trabajan sólo con terapia de grupos, sin pacientes individuales", afirma, no sin antes pensarlo detenidamente. Luego reflexiona unos instantes como reconstruyendo, con los fragmentos dispersos en su memoria, aquellas vivencias juveniles: "Esos grupos de niños me marcaron, como cuando una mujer le cambia a uno la vida".

Teatro, política y exilio

Uno de los motivos más fuertes que lo llevaron a volcarse de lleno al teatro, fue la puesta de "Esperando a Godot" de Samuel Beckett. "Cuando vi esa obra me dije: esto es algo nuevo, esto es algo que tiene que ver conmigo".

En aquel entonces, a mediados de la década del cincuenta, Europa resurgía de las cenizas luego de la Segunda Guerra Mundial. Pavlovsky no pudo permanecer ajeno a las experiencias realizadas en los escenarios de posguerra del viejo continente, y así inició su carrera como dramaturgo y actor. "Mi primera etapa de teatro está muy ligada a la vanguardia iniciada por Beckett, (Eugene) Ionesco y (Harold) Pinter. Una de las piezas que escribí en ese momento es `La espera trágica', de las obras mías que más se dan".

También fue en esos tiempos cuando Pavlovsky hizo sus primeras armas en actuación. "La primera vez que pisé un escenario y estuve frente al público, sentí que dominaba la escena".

Pero esta fase artística quedó atrás con la década del sesenta y sus días de vino y rosas. "Empecé a sentir la influencia del intelectual latinoamericano y las nuevas ideas del Mayo francés". En esos años aparecieron algunas de sus obras más politizadas, como `La cacería' y `La mueca'.

Fueron también los sesenta, años de dictaduras y represores, sobre todo en los países de América latina. "En esa época escribí también `El señor Galíndez', hoy un emblema latinoamericano de la tortura. Unos años después, y con esa obra, me pusieron dos bombas en el Teatro Payró, y después, con `Telarañas' me vino a buscar un operativo de encapuchados". Entonces, y junto a otros muchos argentinos, Pavlovsky inició, hacia 1977, el penoso camino del exilio.

Los años de la última dictadura militar en Argentina (1976-1983) lo encontraron viviendo en España. "Yo era un médico prestigioso, y eso me permitió vivir una especie de exilio de lujo", evoca.

El regreso al país fue en 1981, para encarar esa novedosa experiencia que fue el ciclo de Teatro Abierto. "Esa fue más una iniciativa de (Roberto) Cossa y de (Osvaldo) Dragún que mía. Yo no sé si veían la importancia de lo que estaban descubriendo: la posibilidad de oponerse a la cultura oficial", analiza Pavlovski, con la perspectiva de los años. "Lo importante era la resistencia; cada vez que uno enfrentaba a la dictadura, arriesgaba su cuerpo. Eso se lo transmito siempre a los dramaturgos jóvenes, a los que no les gusta la política".

Con la democracia, le llegó una etapa creativa que despertó mucha polémica intelectual, y que es el interés por la figura del represor, analizada en obras de la línea de "Potestad". Según el dramaturgo, "se trata de mostrar la subjetividad del represor; el cual no tiene que ser malo por naturaleza, sino que se maneja con una lógica distinta".

"Potestad", que cuenta la historia de un médico apropiador que adora a su hija, produjo una avalancha de discusiones, sobre todo entre los grupos defensores de los derechos humanos, ante esa "humanización del represor". Sobre este aspecto de su obra, Pavlovsky tiene un postura muy definida: "Es una discusión teórica imposible; por ejemplo, los torturadores de Aushwitz, después leían a Shakespeare y a Goethe y escuchaban a Beethoven".

De Margherite Duras a Meyerhold

En el Argentino de Teatro que tuvo lugar recientemente en nuestra ciudad, Tato Pavlovsky participó con su obra "La muerte de Marguerite Duras", una de las más aplaudidas del evento. Esta pieza -donde Pavlovsky escribe y actúa- es un intenso monólogo que trabaja sobre los distintos recuerdos de un hombre a lo largo de su vida. Para el dramaturgo, se trata de "una obra muy interesante, una mezcla de cosas `infernales', muy bien dirigida por Daniel Veronese".

Pero el flujo creativo de Pavlovsky sigue perfectamente intacto a los 70 años de edad. "Mi nuevo plato fuerte es un espectáculo que se llama `Variaciones Meyerhold' que consiste en la defensa de la estética del dramaturgo ruso Vsevolod Meyerhold (1874-1942) ante el realismo socialista en la época de Stalin".

"Meyerhold fue el mayor creador teatral del siglo -sigue Pavlovsky-, y por eso estoy embarcado en esa obra en la que incluyo psicoanálisis, política e improvisación". Luego hace una breve pausa, y por un instante fugaz, puede intuirse un brillo en su mirada. Entonces aclara con la aparente satisfacción de quien se encuentra realizado: "Es difícil hacer Meyerhold mejor que yo, porque yo soy Meyerhold".

"Soy marxista desde hace años"

Eduardo Pavlovsky se autodefine como una persona que siempre estuvo muy comprometida con sus ideas políticas. "Soy marxista desde hace mucho, incluso fui candidato a diputado en el Partido Socialista y un movimiento trotskista", explica.

Pero casi al mismo tiempo aclara:"Yo nunca renegué de mi origen de clase media alta, lo único que hice fue formarme teóricamente en otras cosas que siempre me interesaron mucho".

Resuenan también en su memoria los ecos de la Revolución Cubana de 1959: "el Che y Fidel Castro fueron figuras que tuvieron una profunda influencia en mi vida emocional".

Bicho raro

Los inicios de Pavlovsky en los escenarios, y según sus propios recuerdos, están vinculados con Nuevo Teatro de Buenos Aires, uno de los más prestigiosos de la época. Allí compartió sus estudios de arte dramático con algunos jóvenes que se convertirían con el tiempo en reconocidos actores de la escena nacional. "Allí estaban, entre otros, Héctor Alterio, Víctor Laplace y Enrique Pinti -cuenta el dramaturgo. Todos ellos me miraban como a un bicho raro, porque era un psicoanalista que quería hacer teatro. Era una cosa muy curiosa".

Historias de boxeo

Algunos de los personajes más entrañables creados por Eduardo Pavlovsky en el cine y en el teatro, están ligados al mundo del boxeo.

En 1981, escribió y actuó en "Cámara lenta", la historia de un boxeador en su declive con un manager que lo acompaña en la caída. "No como en las películas norteamericanas", aclara el dramaturgo.

Años después, interpretó en forma magistral a un vencido púgil en la película "Cuarteles de invierno", basada en la novela homónima de Osvaldo Soriano.

Con lo rescatado en estas experiencias, Pavlovsky escribió un libro titulado "Historias de boxeo".

Juan Ignacio Novak