Polémicas entorno de la reforma ortográfica en Alemania

Que Alemania no es terreno amigo para las reformas lo sabe quizás mejor que nadie el canciller Gerhard Schroeder, vapuleado por el elector en su empeño por poner al día una seguridad social demasiado costosa para la economía del país, según coincidencia general.

Otra reforma, la ortográfica, corre el peligro de empantanarse en un conflicto de competencias entre la clase política, por un lado, y la prensa y los escritores, por el otro, defensores de las viejas reglas.

La nueva ortografía, aprobada en 1998 por los responsables de Educación de Alemania, Suiza y Austria, es de enseñanza obligatoria en las escuelas desde entonces y será vinculante a partir de agosto de 2005. Pero, en la práctica, coexisten la nueva y la vieja norma.

La principal razón no es la resistencia a aprender cosas nuevas por parte del ciudadano, sino la decisión de los grandes medios -desde el popular Bild a Der Spiegel y Frankfurter Allgemeine- de mantenerse en las viejas reglas.

Pero una cosa es cómo escriben los autores -estaba claro de antemano que ambas normas coexistirán durante décadas, al menos en los libros ya editados- y otra la prensa diaria.

"El señor Aust y el señor Diekmann pueden escribir en casa como quieran. Pero no permitiremos que se confunda a los escolares", sentenció el alcalde gobernador de Berlín, Klaus Wowereit, respecto a Stefan Aust, director de Spiegel, y Kai Diekmann, de Bild.

El socialdemócrata Wowereit hablaba no sólo en calidad de jefe de gobierno de la ciudad-estado de Berlín, sino de presidente de la Conferencia de Primeros Ministros de los 16 estados federados. "No se dará marcha atrás a la reforma, porque no sería admisible de cara a los 14 millones de escolares que desde 1998 aprenden la nueva ortografía en las escuelas", prosiguió el político.

La realidad de las aulas, unido a los millones que costaría la reedición de los recién "actualizados" libros de texto, de echarse atrás en la reforma, fuerza a los políticos a ponerse duros en un campo que, en buena lógica, estaría bajo competencia de los lingüistas.

La situación actual se adivinaba desde que los responsables de Educación alemanes, suizos y austríacos dieron por buena la reforma, en 1998, que pretendía simplificar y eliminar excepciones en la compleja ortografía germana.

Como suele ocurrir en esos casos, la reforma nació salpicada de críticas por parte de lingüistas y escritores, que le encontraban peros, a lo que se unió el hecho mismo de que el estamento político se erigiese en árbitro para su aplicación.

Las peculiaridades del federalismo alemán añadieron leña al conflicto, puesto que la responsabilidad no pasó al gobierno federal de Berlín, sino a los 16 "laender", algunos de los cuales no acababan de ver claros los beneficios de tal reforma.

Así las cosas, del primer foco de resistencia, capitaneado por el conservador Frankfurter Allgemeine, que ni siquiera trató de adaptarse a la nueva norma, se pasó a la situación actual, en que los que sí lo habían hecho -como Bild y Der Spiegel- decidieron luego dar marcha atrás y practicar la desobediencia ortográfica.

Wowereit puso orden entre sus colegas y logró esta semana una postura unitaria de los "laender", en el sentido de que se mantendrá la reforma, aunque se tiende la mano a modificar algunos puntos.

No está claro qué medidas se adoptarán contra la disidencia si, a partir del 1° de agosto de 2005, persiste en editar sus periódicos en lo que, en buena ley, serán "faltas de ortografía".

La Academia Alemana de Lengua y Literatura rechazó hoy cooperar con una comisión para revisar la reforma ortográfica aprobada por los ministros de Educación y que ha generado una gran resistencia por parte de escritores y periodistas.

La comisión, en la que se debía buscar un compromiso, es, según la Academia, demasiado grande para poder realizar bien su trabajo, y además sigue estando bajo la tutela estatal.

El presidente de la Academia, Klaus Reichert, considera que la reforma ortográfica debe ser revisada por una instancia no estatal y con no más de seis miembros.

La comisión que proponen los ministros de Educación deberá estar formada por dieciocho miembros alemanes, nueve de Austria y nueve de la Suiza alemana y proponer cambios a la reforma ortográfica antes del 1° de agosto de 2005, cuando ésta debe adquirir carácter obligatorio.

En la comisión están invitados a participar, además de lingüistas, periodistas, escritores, editores y maestros.

La premio Nobel de Literatura 2004, la austríaca Elfriede Jelinek, ya había pedido a los escritores de lengua alemana que rechacen participar en esa comisión.

"Quieren enredar a los críticos de la reforma, es decir, a nosotros o a la mayoría de nosotros, dándonos voz y voto", dijo Jelinek en una carta abierta a sus colegas que publicó el diario Frankfurter Allgemeine Zeitung.

"No somos dóciles frente a ciertas autoridades que quieren imponernos algo ni estamos buscando compromisos. No nos interesan soluciones de compromiso porque somos perfeccionistas del idioma", expresa la escritora en su carta.

Según Jelinek, la lengua alemana no necesita una reforma ortográfica "y ante todo no ésta, que es completamente fallida", ni tampoco una comisión que le haga sugerencias a los ministros sobre pequeñas modificaciones de la ortografía oficial.

Por ello la escritora pide que no se envíen representantes de los escritores a la comisión creada por los ministros después de que varios medios de comunicación importantes, entre ellos el diario Bild y la revista Der Spiegel, se declararan en rebelión contra la reforma ortográfica.

Ya antes muchos escritores, encabezados por Günter Grass y Hans Magnus Enzensberger, había rechazado la reforma y habían dado instrucciones a sus respectivas editoriales para que no las respetaran en la corrección de sus manuscritos.

La reforma ortográfica fue fruto de un acuerdo entre los responsables de Educación de los dieciséis estados federados alemanes y sus homólogos de Suiza y Austria, que pactaron una aplicación gradual en la que se contemplaba un generoso tiempo de transición o convivencia entre ambas normativas.

La idea de esta etapa intermedia obedecía al propósito de dar tiempo a editoriales, prensa y también al ciudadano común a "aclimatarse" a la simplificación.

En las escuelas se empezó a aplicar en verano de 1998 y después siguieron los medios de comunicación y las editoriales, aunque en este caso de forma aleatoria, siempre que sus autores no se opusieran a ello.

La realidad es que pocos ciudadanos saben cómo interpretar las fluctuaciones que a diario leen: si como faltas de ortografía o como nuevas normas de una reforma a la que, encima, otros acusaron de no ir suficientemente lejos en el propósito de simplificar. (EFE).

Gemma Casadevall