Su infancia transcurrió en Lehmann, donde nació en diciembre de 1926. Allí cursó la escuela primaria, pero al igual que sus padres y abuelos, rápida, precozmente, Ovidio Vivas ingresó a la caudalosa escuela de la vida, que desde entonces lo nutrió de los contenidos que sus obras trasuntan. Ha sido peón rural, herrero, carpintero y obrero ferroviario. Y gracias a sus oficios ha recorrido, durante su vida, los caminos de la provincia. De esos aprendizajes se alimentó para el oficio con que eligió perpetuarse: el de artesano.
Ovidio Vivas, cuando niño, fue naturalmente dibujante, aptitud que no perdió y que, por el contrario, evolucionó a lo largo del tiempo para plasmar en sus tallas de madera. Un oficio que eligió quizá por imperio de sus varios oficios manuales, pero -más aún- "por irrenunciable necesidad expresiva". Este ennoblecimiento de los oficios, por virtudes de la vocación, la perseverancia y el amor a lo nuestro, lo han destacado -con entera justicia- en distintos ámbitos de la provincia y del país.
La plasmación de los acentos telúricos, los que da la tierra sobre el hombre, fue hecha sobre el quebracho colorado, el más fiel intérprete de Ovidio Vivas. Su madera dura, generosa, tibia, se ofreció a su creciente avidez por descubrir formas y filosofías, en la -a veces- tosca verdad de nuestro norte santafesino. Dura y bella, real y poética. Artista auténtico, con hombría y sencillez sin poses, Ovidio Vivas expresa en su obra el sentir de la tierra madre.
Vivas se despidió de este mundo el 16 de setiembre de 2002, pero nos dejó cerca de 3000 obras, que hablan de él y de su universo. Aquí, a manera de tributo, rescatamos su palabra. Éste es uno de los últimos reportajes, realizado por Alicia Mallo y publicado el 20 de agosto de 2002 en "Vivir el barrio", una revista de Rosario, la ciudad donde residió hasta su fallecimiento.
-�Dónde nació?
-En Lehmann, cerca de Rafaela, entre los gringos. Siempre trabajé en el campo. Fui boyero, después entré en una herrería-carpintería, donde trabajé tres años.
Siempre me gustó el trabajo manual. Aunque tenga que hacer un gancho o clavar un poste, me gusta hacerlo bien, hago el agujero redondito, a pesar de que cuando pongo el poste y lo tapo, el agujero desaparece. No importa, te queda la satisfacción de haber hecho lo mejor.
Si eso lo tomás como costumbre, te ayuda a ir superándote.
-�Tuvo algún maestro que le enseñó a tallar?
-No, desde chico me gustó el dibujo. A lo mejor no sabía muy bien las tablas, pero me gustaba dibujar. Las maestras me perdonaban, porque yo les hacía los dibujos, se los achicaba o se los agrandaba y ellas le daban color. Con ellas tenía una especie de código: si hacían una pregunta y yo la sabía, levantaba la mano y ellas me llamaban. Si no levantaba la mano, llamaban a otro.
Siempre me dediqué al trabajo manual. Cuando salí de la carpintería, entré en el ferrocarril, donde trabajé 9 años. Después compré un terreno y armé ahí mi taller, me fabriqué todas las máquinas y había preparado todo para hacer ruedas. Así fue que pasó un paisano y me acerqué al carro cargado de leña y le dije: "Mire, don Félix, haga arreglar esa rueda porque se le va a romper". Me miró como diciendo: "�Y vos qué sabés?" y siguió camino. Al rato sentí un ruido tremendo y pasó con la rueda rota al hombro, y me dice: "Ésta es una de las maldiciones que me mandaste vos".
"No sea jodido, amigo, yo le advertí y usted no me hizo caso. Traiga esa rueda que se la voy a arreglar y no le voy a cobrar ni cinco".
Entonces, le hice una rueda bien fuerte. Cuando la vino a buscar, me dice: "�Cuánto es?". "Nada, le dije que no le voy a cobrar". "Bueno, entonces le voy a hacer publicidad". "Tampoco, don Félix, por favor no abra la boca porque la rueda sola va a hacer propaganda".
Y así fue que empecé a hacer cada vez más clientes.
-�Cómo fue la decisión de dedicarse por completo a tallar?
-Después del taller, trabajé tres años en el campo de un señor y caí enfermo, muy enfermo. Estuve 22 días en el sanatorio. Esa situación me dio tiempo suficiente para pensar que de ahí para adelante me iba a dedicar a dar forma al quebracho colorado. Una de las razones de mi decisión era que me iba a dar la posibilidad de encontrar gente con sensibilidad.
Y así fue. Comencé a hacer caritas talladas, las metía en una valijita y me iba a Santa Fe a venderlas. Me había propuesto entrar a los negocios donde veía caras buenas. Entraba y decía: "Soy de Calchaquí, hago y procuro vender esto".
Nunca, adonde entré, dejé de vender. Un día me llegó un sobre de la Secretaría de Cultura de Santa Fe. En aquella época estaba la señorita Serra, que era de Rosario. Me dijo que sabía de mi obra y quería que siguiera haciendo eso, me dio un cheque y me pidió que diera clases a chicos de la escuela primaria.
Armé un galponcito y quince juegos de herramientas. Todo lo que los chicos hacían ahí se vendía en exposiciones en Buenos Aires, Rosario, Santa Fe, Cosquín, y el dinero iba para ellos. Eso me alegraba mucho porque al otro día aparecían con un pantaloncito nuevo o unas zapatillas nuevas, producto de su propio trabajo.
-�Alguno de esos chicos se dedicó a la talla?
-Sí, de ese grupo salieron buenos tallistas y los que no, aprendieron a manejar herramientas y se dedicaron a la carpintería y la construcción. Fue una experiencia muy linda, donde se fomenta la cultura del trabajo, que en épocas como ésta es muy importante si tenés o no tenés, sabés o no sabés.
Les decía a los chicos: "Vayan liviano por la vida, junten en la maleta las cosas útiles y que las tonterías las levanten otros".
-�Cuánto tiempo enseñó?
-Diez años. Después de eso me dediqué un poco más a lo mío, porque para la talla no sólo tenés que ser bueno, sino que tenés que ser buen vendedor. No hay que tener vergüenza de lo que hizo si usted hizo lo mejor que pudo. Muéstrelo a todo el mundo, que alguno se lo va a comprar. Si a vos te gusta lo que hacés, a otro también le va a gustar y lo va a querer y tiene que pagártelo, porque en esa pieza está puesto todo su esfuerzo.
Mis obras nunca fueron inalcanzables, pero yo quiero eso, que es lo que para mí vale. Gracias a esta forma de actuar, puedo vivir de lo que más me gusta.
-�Siempre talló el quebracho?
-Siempre. Todas mis obras están hechas en quebracho colorado, primero porque es como cuando uno busca un amigo, tenemos que parecernos si queremos ser junta.
El quebracho es duro, pero es una gran madera. Siempre te está esperando; cuando lo pulís, no tiene poros, luce enormemente, a tal punto que parece mármol. Siempre digo: "Trabaje madera dura que le va a dar satisfacciones".
-�Tiene algún escultor como referente?
-Referentes hay muchos, pero yo soy medio raro en eso. Como soy medio apaisanado, al punto que me recorrí todas las casas de arte de Buenos Aires y me alegró mucho porque no encontré nada como lo que yo hacía.
Siempre pensé esto desde muy chico: lo que está hecho, hecho está; para qué lo vamos a hacer de nuevo, hagamos cosas nuestras.
Una gran ventaja que tengo con la gente que ha estudiado Bellas Artes, con mis disculpas, es que, al trabajar en el campo, conozco muy bien a todos los animales. Es por eso que hago todas las razas de yegüarizos y vacunos, con las características exactas.
Al punto que me fui con una escultura de un caballo criollo a la Exposición Rural de Buenos Aires, me acerqué al jurado y les pedí si me podían jurar una escultura de un criollo. Se arrimaron los tres, le dieron vuelta a la talla que había puesto sobre la tranquera y uno dijo: "Yo le sacaría un poco de garganta". Otro dijo: "Yo le dejaría ahí nomás".
Aproveché la coyuntura y saqué las herramientas, con una rasqueta le saqué dos virutitas y listo. Fui la primera persona a la que le juraban una escultura y lo hicieron de puño y letra. Después, esta gente me hizo hacer los premios para la Asociación de Brangus y Criollos, y todavía los sigo haciendo.
-�Cómo llegó a Rosario?
-Ya conocía la ciudad. Aparte, vine cuando hice el Cristo de la Iglesia San Ramón, que me encargó el padre Jorge de Diego.
Me acuerdo que, cuando lo había terminado en Calchaquí, vi a un camionero con el camión apuntando hacia el sur, lo dejé tomar mate y después me acerqué a preguntarle si me podía llevar una carguita. Me puso un montón de excusas. "Mire", le dije, "que no es una carga cualquiera, es una carga especial, es un Cristo". "Ah, no; si es un Cristo, lo llevo". Y así fue que lo trajimos.
-�Cuál fue la obra más grande que haya hecho?
-La primera obra grande fue un Cristo para Ramayón. También hice el monumento al Mocoví, que está a la entrada de San Javier y tiene 7 mil kilos de madera. Lo hice en 40 días.
La obra que más tiempo me llevó es el sillón que le hice a un obispo. Salió de un solo tronco de 1,20 metros de diámetro. Como el quebracho crece 2 milímetros por año, tenía 510 años. Pesaba 2.300 kilos y después del desbaste quedó en 500. El tronco lo encontré en una taninera en Puerto Tirol, entre miles y miles de toneladas de madera. Estuve dos meses para encontrarlo.
Otra obra importante que está en Rosario es la Virgen de la Natividad del Señor.
-�Cuál de sus obras le gusta más?
-Todas me gustan. Algunas tienen algo especial, como las religiosas, que ayudan de alguna manera a la gente. Por eso, mis Cristos son especiales, porque cuando alguien se arrodilla frente a ellos, tienen que decirle algo. Mis Cristos no están muertos, sino que miran, no están entregados. Por supuesto que está clavado, pero no se entrega, lo hago dolorido pero fuerte, con valor, con una mirada todavía viva, no yacente.
-�Qué le diría a un joven que quiere comenzar a tallar?
-Que esto no es cosa de tres meses, esto lleva años y hay que encararlo con una decisión firme, no por arribita, nomás.
Esto es así, yo me planté con una decisión firme. Me dije: "Si yo no tengo qué comer, voy a hacer hervir el aserrín y eso voy a comer, y ya vas a ver que cuando tengas que comerte el aserrín, te vas a amancar. Es todo o nada".
A lo largo de su fecundo trabajo como artesano, Ovidio Vivas fue reconocido por la calidad de sus obras en distintos espacios:
Por Leticia González Salvatori
En el monte chaqueño había crecido
el tronco perfecto para la perfecta figura.
íDe una sola pieza debía ser
el cuerpo y el madero de tu Cristo!
Él te había dado los talentos
pero esperaba ver tu fruto.
Entonces, con destreza,
tus manos empuñaron el cincel
tallando la madera
y como la sangre vertida en el Calvario,
fueron rojas las astillas
que sobre tus pies cayeron.
Así, con fuerza y maestría,
con tu garra de artista le arrancaste
el Santo Rostro al quebracho altivo.
Su mirada y la tuya se encontraron
hermanadas en el dolor del hombre,
y en un religioso diálogo de silencios,
en su rostro plasmaste
el gesto de los pobres de esta tierra,
descubriendo, en sus ojos entreabiertos,
la sombra del despojo y la tristeza.
Luego fueron sus brazos en cruz,
su espalda herida,
la de sus manos y sus pies,
y esa corona de espinas
que igual a su frente,
también lastimó tus manos.
Con celoso pudor su desnudez cubriste,
y finalizando tu obra, por amor,
olvidaste el lanzazo del costado
porque tu Cristo agoniza
pero íaún vive!
Revista Nosotros
Se agradece el material aportado por Pedro Gückert