Edición Sábado 2 de abril de 2005

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Riña de gallos en Bolivia: Luchadores de cresta
La riña o combate de gallos por apuestas está arraigada especialmente en el trópico boliviano, como Santa Cruz y Beni, aunque por la fuerte migración también se instaló en las afueras de La Paz, en una práctica semiclandestina, semilegal. Cada fin de semana, un centenar de personas abarrota el palenque de Villa Fátima, donde, al igual que en otra veintena de recintos diseminados en la ciudad, la algarabía está instalada.

Un ambiente de fervor envuelve a los concurrentes a la gallera de Villa Fátima, mientras las apuestas cruzan ávidas entre el puñado de gente que azuza a los animales, indiferentes al rito desde el corro donde se juegan la vida.

-íVoy mil al Cabezón!

-íPago!

La jerga gallera, un galimatías plagado de imprecaciones, es moneda común en la rueda. Lo mismo ocurre con las apuestas -no menores de 600 bolivianos, unos 75 dólares- que en algunos casos pueden llegar a cantidades fabulosas.

Con aire de experto, el gallero prepara, sopesa con una mano al animal -símbolo de hombría- y, como una letanía, le insufla ánimo sobándole la testa, antes de mandarlo al reñidero.

La riña de los plumíferos es cosa seria. Es un duelo a muerte y los animales son entrenados pacientemente para eso: para pelear.

Entre los secretos de los galleros está a menudo el estimularlos con esteroides, y es de rigor dotarlos de unos filosos espolones de acero que, atados a las patas, son un arma letal.

Un ligero descuido y "en menos de lo que canta un gallo" el animal puede morir e ir a parar, para consuelo del dueño perdedor, a un aderezado platillo en condición de "sajta" (ají de gallo), rociado de cerveza, la combinación perfecta para la gastronomía local.

La historia del combate

En el palenque, el "Cabezón" -que lleva las de perder- recibe de tanto en tanto en la cresta el soplo de vida de su propietario, que parece insuflarle con su vaho algo de ánimo. Pero finalmente se le agotan las fuerzas y se desploma rendido ante el rival.

Entonces, el puñado de gente estalla en júbilo hasta el próximo sábado, cuando la cofradía de "los luchadores de cresta" vuelva a reunirse para el ritual hebdomadario.

El combate de gallos tiene en realidad pocos adeptos en la región del Altiplano boliviano, y provoca más bien la repulsión de muchos por la crueldad que implica. Los críticos esgrimen que, junto a la práctica morbosa de las peleas de animales, cohonestan el alcohol y la droga.

Llegada a partir de 1492 con la conquista española -junto a la espada y la cruz-, la pelea de gallos se radicó en el paisanaje no sólo del este de Bolivia (antes, Alto Perú), sino en otros países de la región como México, la Argentina y Perú.

Las grandes gallerías en Bolivia están establecidas en el este del país, donde los sementales reproducen gallardos ejemplares de las razas Aseel, Calcuta, Shamo, Sumatra y Tuzo, las más requeridas.

Son famosos sus criaderos de gallos de pelea. Entre otros, están los de Pinpin Chávez, Rubén Campos, Fernando Jordán, Enrique Gil y Richard Suárez, según los especialistas.

Finalmente, como respondió con fina ironía el extinto poeta guatemalteco Tito Monterroso, muchos bolivianos aseguran que los únicos gallos que conocen son los que sueltan los malos cantantes.

Para verlo en pantalla

La película de Arturo Ripstein, "El coronel no tiene quien le escriba", basada en el texto homónimo del escritor Gabriel García Márquez, cuenta una dramática historia donde la riña de gallos tiene un papel fundamental, a tal punto que un gallo -única posesión de la pareja protagonista- es la esperanza de salvación de la miseria, del vacío en la lata de café y los zapatos rotos.

Al coronel y a su esposa les mataron a Agustín, su único hijo. De él heredaron un gallo de pelea sobre el cual el coronel deposita todos sus cuidados. Los apuros económicos, el duelo por el hijo muerto, la pobreza y una intriga constante obligan al coronel a pensar en traicionar sus principios y vender el gallo para que pelee.

Conflictos no resueltos, un pasado que le trae más decepciones que glorias y todos los intentos por recuperar un honor que ya nadie respeta se introducen en la atmósfera del oscuro galpón donde el ritual de plumas y los cantos de muerte forman una fotografía única.

"-Todo el mundo ganará con el gallo, menos nosotros. Somos los únicos que no tenemos ni un centavo para apostar.

-El dueño del gallo tiene derecho a un veinte por ciento.

-También tenías derecho a tu pensión de veterano después de exponer el pellejo en la guerra civil. Ahora todo el mundo tiene su vida asegurada, y tú estás muerto de hambre, completamente solo.

-No estoy solo, dijo el coronel".

Raúl BurgoaFotos: agencia AFP





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