¿Sólo con piquetes y planes sociales?
Por César Bisso

Días atrás, el diario La Nación publicó un artículo que debería animarnos a la reflexión. Su contenido es breve pero de alto voltaje social, ético y humano.

El autor de la nota, Enrique Valiente Noailles, reivindica la postura de un grupo de personas sin trabajo que viven en el barrio La Juanita, ubicado en la localidad de Laferrere, partido de la Matanza, dentro del enigmático conurbano bonaerense. Son ciudadanos que no aceptan planes sociales para sobrevivir. Por lo contrario, han creado sus propios emprendimientos productivos (una panadería, una costurería y una editorial) y educativos (jardín de infantes) para satisfacer necesidades materiales básicas y condiciones dignas de vida.

Pero ¿cuál es la razón que lleva a este grupo a rechazar los planes sociales? ¿una cuestión de internismo político? ¿la anarquización de sus derechos? ¿el escaso éxito de sus demandas ante la administración estatal?

Nada de eso. Sólo la voluntad de mantener la frente en alto a fuerza del trabajo y la solidaridad. Sólo la irrevocable lucha por erradicar la politización de la pobreza. Sólo el esfuerzo individual y colectivo por recuperar el lazo y la identidad en sectores excluidos del sistema de representación social.

"Estamos en contra del clientelismo político. Si aceptamos una dádiva y le tenemos que dar una parte de ella al puntero político, no le podemos decir a nuestros hijos lo que se debe hacer", explica en la nota Toti Flores, líder del Movimiento de Trabajadores Desocupados.

Hoy, la mayoría de los piqueteros continúan negociando con la dirigencia política el escenario de las demandas y las ofertas a espaldas de la realidad social. Poco importa que el resultado de estos acuerdos coyunturales signifique la consolidación de un nuevo modo de dependencia económica y cultural, donde el clientelismo seguirá funcionando como pez en el agua. Otros grupos intentan seguir apostando al caos, pues lo consideran su mejor aliado para expresar propuestas de ínfima viabilidad institucional. Pero también existe otro sector, que por propia experiencia de lucha no aspira a negociar la miseria con el gobierno de turno, ni tampoco desea contribuir a profundizar el desorden social. Reivindicar el trabajo y la fe parecen ser sus únicas metas.

"Pensamos que es necesario reconstruir el Estado, contar con él, pero no vivir del Estado", reflexiona Flores. El gran dilema que se les presenta a esta expresión de la nueva ciudadanía es cómo se pone en marcha un proceso de reconstrucción social que requiere imperiosamente el regreso del Estado como garante de los derechos a la educación, la salud, el trabajo y la vivienda, entre tantos otros. Y cómo hace ese mismo Estado para lograrlo si al mismo tiempo impulsa el asistencialismo a través de redes focalizadas en el aspecto social y discriminatorias en los propósitos políticos.

Las nuevas prácticas colectivas del citado movimiento podrían observarse como un punto de inflexión entre el mundo de la prebenda, sustentada desde el corporativismo político, y el mundo de la responsabilidad cívica, basado en la autogestión y el cooperativismo. Uno, llevó al grupo al aislamiento, la pasividad y la ignorancia. El otro, probablemente los regrese a la reciprocidad, la audacia y el conocimiento. Y si no pierden el rumbo, estos ciudadanos estarían en condiciones de empezar a comprender que más allá de la crisis aún es posible alcanzar un destino mejor.

Con otros niveles de necesidad y urgencia, el resto de la sociedad también tendría que ir al rescate de sus derechos y obligaciones para ayudar a construir una realidad que no se fundamente en las manifestaciones callejeras de los piqueteros ni se justifique en la falsedad conceptual de algunos formadores de opinión, al señalar a cualquier manifestante como artífice del caos.

Se nos ha vuelto impostergable restaurar los cimientos del país desde la razón de ser de sus instituciones y desde los espacios de participación de la sociedad. Para eso habrá que dejar de pensar que una crisis estructural de valores y recursos se resuelve desde la singularidad de los fenómenos sociales y los ciclos económicos. Y menos aún desde el accionar de partidos políticos fragmentados y cada vez más proclives a fortalecer los atributos de una democracia mediática y delegativa.

Pese a todo, nuestro principal compromiso como ciudadanos continúa basándose en la facultad de saber convivir y tolerar. No es verdad que todos los piqueteros negocian su pobreza. Tampoco todos los planes sociales son premios a la condescendencia. Pero sí es cierto que la dignidad diferencia a un sujeto de otro. De eso trata el desafío del ciudadano Flores y el grupo que representa.