La entronización de Hugo Moyano en el pináculo de la CGT fue, al fin de cuentas, un acto exento de sorpresas.
Aunque en los últimos meses se barajaron varias posibilidades en torno de la secretaría general de la central sindical, terminó imponiéndose una de las que estaba en carpeta y que, por cierto, tenía amplias chances de concretarse.
Además, se ubicó en la butaca de "coequiper" a quien ya venía traccionando infatigablemente para hacer realidad ese deseo: el otrora menemista José Luis Lingeri.
Y, como si ello fuera poco, Moyano, Lingeri y sus aliados culminaron su obra otorgando el cargo de secretaria administrativa a la ahora ex cosecretaria general de la CGT, Susana Rueda, a quien querían bajar desde hace rato de los máximos peldaños de la central gremial.
El acto de designación -que debe completarse con las asunciones en los próximos días- tuvo la particularidad de la ausencia de los despechados "gordos", quienes se quedaron fuera del trámite y de la cúpula de la central, al menos, inicialmente.
De todas maneras, y a pesar de la intención de Rueda de tratar de parar con herramientas legales lo prácticamente irreversible, los puentes no estaban totalmente destruidos, al menos hasta las últimas horas y se esperaba alguna conciliación con los "peso pesados".
En cuanto a las relaciones de la CGT con el gobierno, tampoco hay por ahora lugar para sobresaltos.
Sin darse tiempo para pausas, apenas lo ungieron, el camionero caminó unas cuadras y fue a realizar su ofrenda oficialista al presidente Néstor Kirchner.
La entrevista fue la confirmación de que la administración nacional tendrá por parte de la CGT, al menos hasta octubre, la garantía de un camino sin obstáculos.
Otros datos abonaron la alianza gremial-gubernamental, como los anuncios de beneficios laborales, especialmente en lo salarial, para los empleados estatales, lo que consolida la ubicación de representantes de ese sector en el ala oficialista.
Pero, en definitiva, más allá de los matices, este nuevo capítulo en la historia de la CGT no es demasiado diferente de lo ocurrido en otras épocas.
La conveniencia política -con su a menudo inseparable correlato económico, por ejemplo, mediante aumentos salariales, beneficios para las obras sociales, medidas que favorecen algunas actividades estratégicas que pueden potenciar la reactivación y el empleo o la participación gremial en las estructuras del poder- es uno de los signos distintivos de las relaciones entre gobiernos y sindicalistas. Y este caso, obviamente, no es diferente.
Por ahora, Moyano significa para la administración Kirchner una garantía de fidelidad, aunque en la Casa Rosada no le perderán pisada, pues, justamente teniendo en cuenta el principio de la conveniencia, los humores sindicales -como también ha ocurrido otras veces- pueden mutar y transformarse en una piedra en el zapato.
La imagen del Caballo de Troya, entonces, suele hacer su aparición fantasmal cada vez que se está ante una alianza estratégica entre gobernantes y sindicatos.
Encima, desde siempre, unos y otros procuran acordar buenas relaciones políticas pero en un tembladeral social cada vez más riesgoso, donde -como, por ejemplo, en los últimos años- se combinan peligrosas dosis de desempleo, salarios insuficientes, trabajo en negro, disparada de precios y renovadas amenazas de inflación.
Con lo cual, en definitiva, la película seguirá devolviendo escenas que no dejarán de repetirse mientras no se encaren de manera urgente pactos amplios y permanentes, que ataquen el fondo de los problemas y abarquen a todos los actores sociales, en lugar de acuerdos que constantemente han atendido sólo la coyuntura.