Edición del Lunes 25 de julio de 2005

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Edición impresa del 25/07/2005 | Opinión Opinión

La vuelta al mundo
La defensa de la modernidad
Por Rogelio Alaniz

Si a través de un fantástico juego de imaginación lográramos que los Estados Unidos se retire de Irak, que Israel reconozca todos los reclamos palestinos, que en Europa las mujeres musulmanas vayan a las escuelas con chador y que la enseñanza del Islam sea obligatoria, los diversos agrupamientos terroristas de signo musulmán seguirían actuando y harían nuevas demandas, porque estos grupos -y esto es lo que no se termina de entender- lo que se proponen no es defenderse de los supuestos avances imperialistas o sionistas de los infieles, sino instalar otro tipo de cultura y civilización opuesta a los valores culturales de la modernidad.

Decirles terroristas es, en ese sentido, una imputación incompleta, porque los señores de Al Qaeda no ponen bombas ni matan inocentes porque desprecian la vida y les gusta que a su paso el paisaje se tiña de rojo. Lo hacen porque es el camino que han elegido para imponer determinados objetivos. ¿Cuáles son esos objetivos? Basta leer las declaraciones de Ben Laden o de algunos que pertenecen a las corrientes integristas afines para entender que su objetivo es constituir una civilización islámica con capacidad de expansión y dominación universal.

La estrategia del integrismo musulmán no es defensiva, es expansionista. No es un movimiento de liberación nacional como los conocidos en los años sesenta, que reivindicaban la independencia y la autodeterminación de los pueblos. El integrismo musulmán no reclama el gobierno de una nación, su objetivo es el mundo. Con ellos no es posible un acuerdo fundado en el pluralismo; para ellos la verdad ya está revelada y quienes no la comparten son infieles y como tales deben ser tratados.

Ben Laden no es un "Che" Guevara que cambió a Marx por el Corán. Ben Laden es un multimillonario que lidera una corriente terrorista que propone un tipo de orden social injusto, sectario y oscurantista. Ben Laden y los jeques y ayatolás que lo acompañan están más cerca de Torquemada que de Guevara y sus métodos se parecen más a los de Atila o el Gengis Kahn que a los de los liberadores de pueblos de la modernidad.

El modelo de sociedad que los terroristas han fundado en los últimos tiempos fue el de Afganistán. Ésa fue su utopía, ésa fue su máxima realización. Puede que algún integrista le señale un error u observe algún detalle, pero en lo fundamental ésa es la sociedad que proclama Ben Laden; ése es su paraíso en la tierra, una sociedad jerárquica, teocrática, machista, disciplinaria, con castas sacerdotales y militares ejerciendo el poder despótico sobre una inmensa masa de fieles que son libres únicamente para rezar con la esperanza de que en el futuro Alá los reciba en el Paraíso.

La miseria de las masas musulmanas sólo obedece en una mínima parte a los atropellos de las potencias colonialistas. Ya en en el siglo XVIII y XIX se sabía que los principales traficantes de esclavos, los más efectivos vendedores de mano de obra esclava al imperio eran los señores árabes que trasladaban a las masas de oprimidos desde el interior hasta las costas.

Los beneficios del petróleo favorecieron a los países industriales de Occidente, pero la tajada más importante de la renta petrolera quedó en manos de los sultanes, emires y jeques que hasta el día de hoy dilapidan en una noche de juego lo que miles y miles de pobres musulmanes no ganan en toda una vida de trabajo servil.

La religión en Pakistán, Arabia Saudita, Irán y en la mayoría de estos dominios opera como un efectivo "opio del pueblo". Las masas musulmanas viven narcotizadas por la letanía del Islam, mientras que en más de una mezquita se convence a los adolescentes sobre las ventajas de inmolarse en nombre de Alá, ventajas que sólo parecen contar para los jóvenes, porque hasta ahora no se sabe que algún clérigo o jeque se hayan anotado para recibir beneficios tan evidentes.

Anécdotas al margen, está claro que en Occidente sería inconcebible imaginar un relato semejante, en tanto está constituido por sociedades en las que se valora la vida y las relaciones sociales están secularizadas. Allí estas historias resultan incomprensibles y, si a un sacerdote se le ocurriera proponer algo semejante, se lo consideraría demente, idiota o algo parecido.

Con respecto a la ocupación militar en Irak, la ilegítima y torpe intervención militar a este país es, sobre todo, un problema para los países civilizados, en tanto la intervención militar ha vulnerado los fundamentos de la legalidad occidental, cuestión que preocupa a los occidentales, ya que no conozco a un jeque o a un ayatolá preocupado por diseñar un orden legal pluralista.

Hasta la fecha, el gran asesino de iraquíes sigue siendo Saddam Hussein. No se debe perder de vista que en Irak existe hoy una guerra civil entre sunnitas y chiítas y que los atentados que ocupan la primera plana de los diarios son perpetrados por terroristas que, en la mayoría de los casos, no son de Irak, sino de Pakistán y Arabia Saudita.

El reciente atentado terrorista en Egipto demuestra que a los integristas les importa muy poco la vida de los árabes y musulmanes. De los ochenta y pico de muertos, la gran mayoría son egipcios, hombres y mujeres, simpatizantes del Islam que volaron por los aires en nombre de la justicia divina.

Está claro que esto que por comodidad denominamos la cultura de Occidente tiene grandes problemas e importantes asignaturas pendientes. Pero no es la resolución de estos problemas lo que moviliza al integrismo; en todo caso, los terroristas cabalgan sobre estas debilidades para avanzar con su estrategia.

¿Son una minoría los integristas? Ojalá lo fueran, pero no me consta. En algunos barrios de Londres o de París los terroristas se mueven como pez en el agua; allí disponen de resguardo, solidaridad y es en el interior de estas comunidades donde se recluta a los suicidas. Lo que el atentado criminal del 7 de julio vino a poner en evidencia es que los terroristas no provienen necesariamente de la pobreza, ya que, en el caso que nos ocupa, se trataba de jóvenes de clase media, estudiantes medianamente cultos que en algún momento arribaron a la conclusión de que lo mejor que podían hacer era volarse por los aires.

Lo que queda claro es que el terrorismo de signo musulmán sólo podrá ser derrotado si la propia comunidad musulmana se suma a esta batalla. No hay manera de pensar en soluciones razonables a este conflicto sin una participación real, efectiva y sincera de la comunidad islámica. Si esto no sucede, será la extrema derecha europea, racista y xenófoba, la que tomará la posta, apoyada por una clase media europea que verá en el rostro de cada musulmán los rasgos de un terrorista.

Por el momento, Europa ha renovado su proyecto a favor de las libertades civiles, políticas y religiosas. Importa, entonces, que los beneficiarios de esas libertades sepan merecerlas y estar a la altura de las circunstancias.





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