Lo vi, hará más o menos una semana, pasar caminando por la esquina del bar en donde habitualmente tomo el café y leo el diario de la tarde. Estaba más avejentado, pero en lo fundamental seguía siendo el mismo: el traje negro, la camisa blanca, la infaltable corbata y ese aspecto anacrónico de hombre de otro tiempo o de otro siglo, aspecto que siempre lo tuvo, incluso cuando era más joven y ya entonces llamaba la atención por sus ropas oscuras, sus desplazamientos lentos, la palidez de su rostro.
Caminaba despacio, como prestando atención a los movimientos de sus piernas, o como si por una extraña razón necesitase desplazarse con lentitud, como alguien que está convencido de que lo peor puede pasarle en cualquier momento y el hecho de que la tragedia no se precipite sobre sus agobiados hombros es una prueba más de que todo se está confabulando en su contra.
No sé si me vio; pasó a mi lado pero iba -por decirlo de alguna manera- tan ensimismado que no creo que aunque en ese momento hubiese levantado la vista en dirección hacia donde yo estaba, me habría visto o reconocido. Llegó a la esquina, se paró en el borde de la vereda y durante un rato estuvo allí como deliberando consigo mismo sobre lo que convenía hacer, después reinició su marcha con dirección al sur.
Hacía por lo menos seis o siete años que no lo veía y que no tenía noticias de él, al punto que creía que se había ido a vivir a Buenos Aires, o que se había recluido definitivamente en su casa. En otros tiempos, Carlos, un amigo común, me mantenía actualizado sobre su vida. Después Carlos se fue a vivir a Roma, de esto hace un par de años, y desde entonces no supe nada de él, algo que, a decir verdad, no me hacía perder el sueño, ya que nunca habíamos sido -lo que se dice- amigos, y toda nuestra relación siempre se redujo a algún intercambio de palabras cuando compartíamos un café en el bar de la esquina de San Martín y Mendoza con Carlos, la única persona, según tengo entendido, con la que conversaba y, de vez en cuando, muy de vez en cuando, salían juntos no sé a hacer qué, porque no me puedo imaginar qué se puede hacer con una persona que no habla, no se ríe y todo lo que pasa a su alrededor, incluso lo más mínimo o inocente, parece desbordarlo.
La última vez que lo había visto no fue en Santa Fe sino en Buenos Aires, en Retiro para ser más exacto. No recuerdo qué estaba haciendo yo en Buenos Aires; lo que sí recuerdo es que hacía calor, que eran como las dos de la mañana y que estaba en el bar, leyendo una revista y tomando una cerveza, esperando el colectivo que me llevaría a Santa Fe.
Recuerdo que fue entonces cuando lo vi pasar por una de las galerías y dirigirse al baño; al rato lo vi salir y observé que durante un rato estuvo parado en medio del hall, entre la gente que iba y venía; después otra vez se dirigió al baño; cinco o diez minutos más tarde volvió a salir y a pararse en medio del hall.
Desde donde yo estaba sentado podía distinguirlo perfectamente: el traje oscuro, el rostro pálido, los gestos ceremoniosos y ese aire funerario que no lo abandonaba nunca, ni siquiera en el baño. Parado en medio del hall de la terminal, rodeado de la fauna que habitualmente está presente en todas las terminales del mundo después de las dos de la mañana, parecía un personaje sacado de algún álbum de otro siglo, alguien que por una extraña razón estaba en el lugar equivocado y él era el primero en darse cuenta del error, aunque no supiese luego qué había que hacer para corregirlo.
Creo que mientras yo estuve en el bar entró y salió del baño dos o tres veces. Cuando dejé el bar para dirigirme a la plataforma desde donde salía el ómnibus, estaba nuevamente parado en el hall, pero yo ya no necesitaba preguntar nada, ni a él ni a nadie, para saber lo que estaba haciendo en Buenos Aires, en la terminal de ómnibus, a las dos de la mañana, visitando los baños y vestido con su traje más oscuro.
Creo que fue con motivo de esa suerte de encuentro que recordé la historia que alguna vez me había contado Carlos, una noche que nos quedamos como hasta las cinco de la mañana tomando vino, en un bar que entonces funcionaba en bulevar y que, en verano, colocaba las mesas en los canteros.
Algunos datos sobre la vida del personaje son necesarios para entender la historia. El hombre siempre disfrutó de una buena situación económica; único hijo, los padres murieron en un accidente de auto cuando era un niño, y desde entonces, fue criado por una tía vieja y agria. Vivió siempre en ese caserón de barrio sur y salvo Carlos -y sólo en dos o tres oportunidades- no se conoce que alguien haya entrado alguna vez a esa casa.
En algún momento, la tía vieja murió y desde entonces vive solo y la única persona que entra y sale de la casa es una empleada doméstica, que probablemente se hace cargo de la limpieza, la cocina y de que sus trajes y camisas estén siempre planchados.
Carlos, que siempre tuvo un sentido del humor ácido y corrosivo, no se privaba de hacerle chistes sobre todo lo que se le ocurriese, y la única palabra que él atinaba a pronunciar ante las cargadas era: -Carlos... sos tremendo-, dicho con un tono entre aprensivo y alarmado.
Una vez, Carlos nunca pudo saber el motivo que lo llevó a hacer semejante confidencia, le contó una historia a la que calificó como la más importante de su vida. Todo empezó cuando le propuso ir almorzar y él le dijo que no podía porque desde hacía meses, tal vez años, a esa hora exactamente, él se ocupaba de mirar desde la ventana de su casa, disimulada por la cortina, claro está, a un jovencito que todos los días de la semana pasaba caminando por la vereda de enfrente.
Toda la ceremonia, y toda la historia en definitiva, puede resumirse en ese acto: el viejo caserón, el ventanal, la cortina y detrás de la cortina un hombre de traje oscuro mirando a un muchacho que pasa caminando. Sólo una vez se alteró esa rutina; sólo en una ocasión él se animó a hacer algo más que mirarlo pasar; la decisión seguramente la estuvo preparando durante semanas, tal vez meses.
En algún momento le confió a Carlos que estaba decidido a hacerlo; y efectivamente lo hizo. Un mediodía decidió asomarse a la calle; esperó al muchacho y cuando pasó por su lado se acercó a él y con la mayor seriedad del mundo, con la mayor circunspección y formalidad, le pidió fuego. El muchacho sacó un encendedor y le dio fuego, después siguió caminando como si nada hubiera pasado. El se quedó parado en la vereda, el cigarrillo en la mano blanca de dedos largos y finos, sin decir una palabra, serio, rígido, tal vez algo insatisfecho, tal vez algo agitado, pero, según le confió a Carlos, secretamente feliz.
Lucio N. Miranda