Hasta no hace mucho, y aún hoy en personas mayores y alguna honrosa excepción joven, los varones tenían la obligación moral y la inclinación natural a ceder sus asientos a las damas o los ancianos. Los tiempos cambian -esa parte está buena-, pero no siempre para mejor: ahora los vagos hacen lo imposible y lo posible para no levantarse un soto ante la casi desvanecida presencia femenina, aunque tenga un bebé en la panza y dos en brazos. Nada, ni se enteran.
Como contrapartida, tenemos los casos de señoritas que se ofenden ante un amable "Siéntese, señora" (más señora será tu hermana) o fornidos setentones que te miran como para cruzarte un bife si te atrevés a insinuar la incapacidad del señor para comerse parado todo el viaje. En esta nota no postulamos nada, sólo describimos lo que pasa.
* El dormido. Es un clásico, desde luego, pero hoy gana adeptos a partir de la certeza de que una mujer o un anciano no van a ser tan jodidos de despertar a un pobre trabajador que seguramente se quedó dormido agobiado por tanto yugarla. El dormido suele sobreactuar y así tenés poses increíbles, gorgoritos y hasta ronquidos de los que sienten mayor vocación actoral. Están redormidos, los vagos, pero se despiertan con fresca puntualidad a las dos cuadras, y jamás se pasan de parada.
* El celular. La tecnología vino a ayudar a la mala educación general de la gente. �Quién va a juzgar a un señor sentado, celular en mano, que no cede el asiento pero porque está enfrascado en una larga conversación, real o inventada, sobre la importancia del cultivo de grosellas en macetas? La aspirante al asiento del caballero puede, si quiere, quedarse un rato al lado del señor, pero él seguirá hablando, apasionado, esta vez, sobre la importancia de las begonias en la regulación de las lluvias convectivas. Vos podés hacerle señas, tocarle el hombro, indicarle el asiento; sin embargo, el señor va a mover amable pero firmemente la mano, para reprochar la interrupción.
* El distraído. El señor no es estrictamente maleducado: está mirando por la ventana o ensimismado (parece, pero no es una mala palabra), tanto que ni responderá a movimientos o señales primarios o tenues. Sólo un sopapo bien puesto, un pisotón estratégico, un bolso -o un bebé, de última: todo vale- caído sobre las rodillas del señor puede, quizás, sacarlo de su estado de ensoñación. El distraído comparte muchos puntos de contacto con el soñador y, si bien sus mecanismos interiores y hasta su aspecto externo son diferentes, ambos se parecen en algo sustancial: no te van a dar el asiento un corno.
* El lector. Pero, claro: cómo vos, con la pretensión de sentarte un rato mientras viajás, interrumpís la lectura del señor que, concentrado, lee un manual de algo, la Biblia, o los veinte poemas de amor de Neruda. Al lado, la señora con bolsos puede ensayar nomás su canción desesperada que el lector no abandonará la página catorce tan fácilmente.
El lector puede ser también un joven estudiante, que repasa febrilmente el examen que tendrá o no dentro de un rato: igual no te va a dar el asiento, así que ni suspires fuerte, porque no se dará por aludido.
* El sufriente. El tipo te vio subir con dificultad al cole, sabe que no hay asientos disponibles, ya relojeó que es el único candidato varón que viaja sentado y que su asiento está inevitablemente cerca y, al toque, el señor adquiere de golpe una cara de gripe aviar, de escorbuto, de constipación... En fin, una preocupación y un dolor que conmueven. Hay que ser desalmado para pedirle el asiento a alguien tan enfermo.
Y nos vamos despidiendo. No tanto porque no haya otras técnicas para ceder el asiento, sino porque el viaje sigue y yo voy concentrado con el paisaje que se ve desde la ventanilla. Y si quieren pedirme algo, bien pueden esperar sentados.
Texto: Néstor Fenoglio[email protected]: Luis [email protected]