Bajábamos de Florencia hacia Liguria a lo gitano; como siempre, porque éramos consecuentes con nuestra teoría que sostenía que para conocer en profundidad una ciudad había que penetrar sus callejas libremente, sin itinerarios turísticos prefijados, apartándonos de las rutinas conocidas. Desde luego, esta opción entraña algunos peligros, habida cuenta los tiempos que corren, pero son riesgos para "sentir" las palpitaciones escondidas del pueblo visitado.
Y así estábamos conscientemente perdidos en San Remo, en las orillas de la Liguria, mis dos hijas pequeñas, mi marido y yo.
Pero, es sabido, no es fácil ser consecuente con las teorías elucubradas en el hogar apacible y distante. Cuando llegamos a este centro de la canción internacional y bajamos del tren, era de noche y caía una tenue llovizna. Eso nos obligó a suspender momentáneamente la aplicación de nuestra teoría "de los descubrimientos casuales de la ciudad", y nos dirigimos directamente a un hotel, próximo al mar, cuyo encargado nos advirtió: "la estadía no podrá prolongarse más allá del 22 de diciembre, porque a partir de esa fecha lo tenemos reservado". Era el día 18 y estábamos rendidos. Aceptamos.
Los días pasaron al galope y el 21 a la noche nos encontró acondicionando el equipaje. Las nenas dormían ausentes, mientras desde la distancia el mar embravecido parecía decirnos: "bánquense sus teorías, mañana voy a estar peor".
Cierto. Imagen de cuarteto -dos mayores y dos chiquitas- en la puerta de un hotel, bajo un cielo encapotado, a la buena de Dios, el borde de un mar enfurecido, una mañana en vísperas de Navidad.
La Liguria era la tierra de los antepasados remotos de mi marido -y también la del Corsario negro de Salgari-. Pero llegamos a la conclusión de que de él no quedaba ningún vestigio, ninguna señal que pudiera servirnos de ayuda en la ocasión.
Trepamos a un tren cualquiera y llegamos. �Adónde? A un remoto pueblito, una aldea perdida, con la dimensión de una taza de café. �Un hotel?, preguntamos. El jefe de estación se sonrió: "No, una posada de dos habitaciones". Allí fuimos.
Desde la habitación podía escucharse el murmullo del río aquende; las montañas que rodeaban al pequeño valle eran imponentes.
Yo había decidido acompañar las aventuras de mis pequeñas con la narración -a la noche, antes de dormirnos- de las historias del querido Agustín, un candoroso personajecito perteneciente a las leyendas germanas; así las hacía compartir su itinerario con un amiguito imaginario y vivir con él sus presentes vicisitudes.
Pero esa noche el querido Agustín logró contar que llegó a... Las cabecitas rendidas de mis dos hijas no escucharon más. En realidad, yo tampoco podría decirles a ustedes adónde fue o adónde llegó el querido Agustín.
Al otro día nos asomamos y descubrimos el discreto río rumoroso de la víspera; lo atravesaba un puente antiguo. En la plazoleta, frente a la posada, se había armado una feria diminuta que, como en todos los casos, se veía envuelta en grandes voces de mercaderes.
"Mamá, abajo hay mucha gente, mucha" dijo mi hija mayor "y venden al niño Jesús". La menor la sermoneó: "el niño Jesús no se vende".
Cuando salimos, la gente nos miró con curiosidad; pronto nos vimos rodeados por una multitud de aldeanos que se disputaban el privilegio de indicarnos cuáles eran los lugares más hermosos de Dolce Aqua. �Dolce Aqua?, preguntó mi marido. Sí, así se llama este poblado.
Todos hablaban al mismo tiempo y obsequiaban a mis hijas muchos recuerdos. Un feriante se acercó abriéndose paso entre la gente y me ofreció un lindo ramo de flores: "per la bella signora argentina", recitó. íAh!, pensé, así son los italianos.
Lo cierto es que en nuestro alojamiento la comida era óptima: jamón de jabalí silvestre, huevos de codorniz y pastas con salsas hechas con finas hierbas del lugar. Dulce de grosellas y, para mi marido, un buen vino del "paese". Naturalmente, él estaba a sus anchas y engullía con un placer indescriptible esos platos "casalinda" (comida casera).
Para la noche de Navidad nos obsequiaron una hermosa torta y nos pidieron permiso para reunirse con nosotros. Fue una fiestita inolvidable matizada por el "Nono Serafino", acompañado por un viejo acordeón.
A las doce en punto, un concierto de campanas jubilosas desgranaron sus notas al viento, recordándonos el significado esencial de ese gran día: el nacimiento del Redentor.
Dolce Aqua nos reservaba sorpresas aún mayores. "Crucen el puente -nos dijeron- van a ver cosas que en América seguramente nunca vieron". En efecto, al cruzar el viejo puente nos sumergimos literalmente en una ciudad excavada bajo la montaña. Una callejuela, que más se parecía a un túnel, nos conducía en la penumbra, no sabíamos a ciencia cierta adónde.
Una luz tenue que entraba por pequeños resquicios superiores nos permitía ver las puertas de acceso a las antiquísimas casas cavadas en la roca. Pero la atmósfera que allí se respiraba no era ni lúgubre ni fantasmal, era simplemente singular y un tanto misteriosa; no inspiraba miedo ni terror, aun en mis hijas, que estaban impresionadas pero alegremente exitadas.
Además, tanto los muros como las callejas eran de una pulcritud asombrosa: podía verse el brillo de la roca viva, a la que habían pulido miles de pies durante centenares de años, pero ni una sola basura en todo su recorrido. Desde luego, cuando hablábamos debíamos hacerlo en voz baja pues los sonidos retumbaban amplificados.
Han pasado algunos años desde esa experiencia fascinante; mis hijas ya son grandes, pero aun siguen sorprendidas, cuando de pronto, inesperadamente, aflora en alguna conversación cualquier recuerdo de Dolce Aqua, ese pequeño pueblito casual, inesperado, tan ingenuo y sencillo como el quinto personaje que nos acompañó imaginariamente durante todo el viaje: nuestro entrañable querido Agustín.
El presidente de la Organización Capital Americana de la Cultura, Xavier Tudela, ha presentado en Cork (Irlanda), Capital Europea de la Cultura de este año, a Córdoba 2006, como Capital Americana de la Cultura del año próximo. Tudela expresó la voluntad de realizar, en el futuro, una reunión bicontinental de las capitales europea y americana de la cultura.
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