Para mí, las tradiciones tienen valor por su sentido familiar y espiritual. Desde chica me encantan las fiestas. Cuando me casé, por la profesión de mi marido, pasamos varias navidades y años nuevos solos en otros países y, más adelante, con mis dos hijos. Por eso, yo cumplo con todas las tradiciones, para Navidad y para Año Nuevo, como para llenar la celebración entre los cuatro, para alegrar esa noche que antes nos encontraba lejos del resto de la familia y los amigos.
En una oportunidad, nos tocó pasar un Año Nuevo solos en Brasil. Allá hay una tradición por la cual la familia, después de las 12, sale a la puerta de su casa y se pone de espaldas a ella. Comienzan a tirar monedas -siempre de espaldas- al techo de la casa. Eso significa prosperidad para todo el año. Al día siguiente, se recogen esas monedas y con ellas hay que comprar comida, para que no falte en todo el año. Ésa es una de mis tradiciones preferidas.
Para Navidad, por ejemplo, colocamos una vela roja en el centro de mesa. A las 12, nos tomamos todos de la mano y pedimos deseos. Luego, entre todos, soplamos esa vela y recién entonces brindamos y nos abrazamos. Todo esto simboliza, para mí, la importancia de la familia y el sentido religioso de las fiestas.