Desde los tiempos más remotos, la relación entre el hombre y el agua ha sido constante y de eterna dependencia. En numerosos lugares del planeta, en especial en zonas de África e Iberoamérica, el potente recurso hídrico ha sido considerado como un misterio, una riqueza que emanaba de los poderes divinos, mientras la sequía obedecía a una maldición de los dioses.
Esta relación arranca ya de los pueblos mesopotámicos y del antiguo Egipto. En aquellos tiempos, el agua, reflejada en el poderoso caudal del Nilo, era el más fiel exponente del poder de los dioses, y su escasez, un castigo implacable.
En la Amazonia brasileña, concretamente entre la tribu de los yanomani, la impresionante red de carreteras líquidas que cruza la selva constituye la mayor fuente de vida de su ecosistema. Pero, año tras año, un hado negativo parece invadir la Tierra con la creciente, temida y cada vez más progresiva sequía.
Entre los pueblos indígenas de África e Iberoamérica, subyace la convicción de que el hombre moderno se olvidó de los ríos y se concentró en los puentes. Es decir, dio la espalda a la naturaleza y se adentró en el progreso, la construcción, el urbanismo y los gases contaminantes. Tal vez, sólo la recuperación de esa llamada "cultura del agua", podría mitigar la irracional gestión de un bien cada vez más escaso y muy mal distribuido.
La amenaza de la escasez de agua, la ausencia de lluvias que en estos momentos padecen algunos países, refleja también que es un problema político de primera magnitud, al margen de un producto indispensable de subsistencia para el ser humano, la fauna y la flora.
Existen todo tipo de leyendas, ritos y bibliografías sobre la relación entre el ser humano y el agua. Durante largo tiempo, el hombre miró al cielo intentando buscar algún signo de vida más allá de la Tierra. Pero, a lo largo de la historia de la humanidad, es evidente que allá donde exista una gota de agua, hay esperanzas de un brote de vida.
La búsqueda y necesidad de este elemento, que ocupa hoy el 71 por ciento de la superficie terrestre, concentra los esfuerzos de expertos y científicos para mantener el continente húmedo. Pero los océanos se recalientan, los glaciares se deshielan, el llamado efecto invernadero y el calentamiento del planeta amenazan sin piedad los ecosistemas.
Por ende, los períodos de gran sequía suelen terminar en catástrofes naturales como inundaciones desbordantes, tsunamis y lluvias torrenciales que arrasan cuanto encuentran a su paso.
Las tragedias que marcaron este año, como el tsunami asiático y la imponente visión de una Nueva Orleans completamente anegada bajo los efectos de lluvias torrenciales y huracanes de enorme intensidad, parecen demostrar que la Naturaleza se rebela contra el hombre, incapaz de controlar este cambio climático.
Es el agua del planeta Tierra lo que permite nuestra vida, la que sostiene nuestra compleja biodiversidad, la que gestionamos sin una cierta racionalidad y derrochamos como si fuera un bien infinito.
En la actualidad, miles de millones de seres humanos mueren de sed en lugares áridos del planeta. Según un estudio elaborado por científicos de la Universidad de Indiana (Estados Unidos), dos tercios de la superficie terrestre podrían acabar en un futuro en inmensos desiertos.
Estimaciones de expertos de la ONU afirman que el volumen de agua dulce potencialmente accesible varía, según los años, entre los 35.000 y 50.000 kilómetros cúbicos. Pero, en realidad, sólo está en condiciones de ser aprovechada una franja que oscila entre los 9.000 y los 12.000, algo insuficiente para las necesidades del planeta.
La agricultura demanda casi un noventa por ciento de estos recursos, y las exigencias industriales se sitúan en torno a un cuatro por ciento, quedando el resto para consumo humano. La gestión -por parte de las administraciones públicas- de los recursos hídricos, debería racionalizar muy bien las necesidades entre el agua para beber y el agua para regar. A la vista del resultado, la balanza no resulta equilibrada.
A juicio de la Organización Mundial de la Salud, un hogar de los países desarrollados que disponga de un buen sistema de suministro, podría cubrir todas las necesidades básicas (hidratación, higiene, limpieza y alimentación), con unos cien litros por persona y día sin riesgos sanitarios. Pero en la actualidad, este cálculo es completamente irreal en algunas zonas de la Tierra seca. Véase el acuciante problema en el Mediterráneo, en países como España, Grecia y norte de África.
En lugares de extrema pobreza, una persona puede sobrevivir con apenas cinco litros de agua al día. Según la OMS, la demanda crece más que la demografía, por lo que estos cálculos no son demasiado equitativos.
Además del pésimo reparto, el consumo sigue creciendo por encima, incluso, de la explosión demográfica. Entre 1900 y 1995, la demanda en el mundo se multiplicó por siete, más del doble de lo que creció la población. Cada vez resulta, por tanto, más difícil cuadrar las cuentas.
Con el paso de los siglos y el desarrollo tecnológico, el respeto al agua se ha ido perdiendo y, por ello, en estos momentos un clamor parece surgir de todas partes reclamando una "nueva cultura del agua".
Dejaron los ríos de ser esos dioses con personalidad propia. Esos cuerpos vivos y dinámicos, fuente de vida, para ofrecer un paisaje desolador de suciedad y vertidos industriales. �Quién piensa hoy en un río como fuente de bebida, sin ser temerario o exponerse a un riesgo de infección?
Al mismo tiempo, el clima actual, caprichoso y extremo, nos amenaza con la sequía y sus nocivas consecuencias.
Efectivamente, como piensan las tribus indígenas amazónicas: "el hombre se olvidó del río y miró hacia el puente", y cuando hemos tenido buenos ciclos hidrológicos no se ha elaborado una política de aprovisionamiento, de prevención, de gestión y reparto adecuados. Cuando el agua es abundante, nos olvidamos de ella, la derrochamos, la contaminamos.
Sólo cuando escasea la echamos en falta y deseamos mimarla, con criterios absurdos que, a veces, limitan el consumo urbano y no los industriales.
Y mientras todo esto sucede, los humanos siguen buscando agua, mientras ven el estado de los océanos, ríos y glaciares. Los políticos litigan sobre el agua y los científicos intentan encontrar soluciones. Aunque bajo esta atmósfera cada vez más compleja y revuelta, comience a dibujarse un negro y temible abismo árido y seco, implorando los beneficios del agua.
En la obra del historiador Homero (Grecia, ss IX a.C.- VIII a.C.) ya se daba gran importancia a los ríos. Incluso, algunos de ellos tenían, en la mitología, la consideración de dioses y una personalidad propia.
Dentro de la literatura clásica, en "La Ilíada" o "La Odisea" no sólo son tratados como elementos del paisaje, sino como auténticos personajes que se relacionan con los héroes y con poderes divinos.
Durante la época árabe -de cuya cultura España es buena depositaria-, el agua era objeto de alta veneración, como revelan los tratados de "hisbas", que prohibían arrojar basuras o elementos contaminantes en aguas fluviales y concentraban el valor religioso en las fuentes de las mezquitas. Acueductos, norias, estanques, molinos, aljibes, aceñas y baños son el testimonio de la España musulmana, que se reflejan con fuerza en las tierras y los monumentos de Andalucía.
En Iberoamérica, subsiste hoy una enorme veneración hacia el líquido elemento. Los mayas, aztecas, incas y demás tribus indígenas adoraban este recurso como algo emanado directamente del cielo, ligando su escasez a maldiciones o venganza de los dioses.
En la actualidad, en numerosos lugares de México, Perú, Guatemala, Bolivia y Brasil se siguen manteniendo ritos divinos para implorar el más preciado de los bienes naturales, tan necesario para la supervivencia de la humanidad: el agua.
Entre los principales ritos que permanecen en América se destaca, por su fama mundial, la efigie de Yemanjá, una poderosa diosa del agua venerada en el Valle del Amanecer, cerca de Brasilia.
También está muy presente la deidad Bonaima, que da nombre a una extensa zona de la Amazonia y, gracias a la cual, los nativos ven el poderoso y todavía limpio caudal de sus ríos.
Sin embargo, en otras zonas de nuestro continente, la sequía amenaza y hace oídos sordos a las plegarias y a los ritos. El peso de todo este patrimonio cultural y religioso sobre el agua no parece importar a la implacable mano del hombre en su efecto contaminador del ecosistema.