La semana nacional
¿Y que pasó con la nueva política?
Mientras los datos en materia económica siguen siendo auspiciosos, la gestión de Néstor Kirchner se vio ensombrecida en los últimos años por alarmantes muestras de vocación autoritaria, que lo llevaron a confrontar con importantes sectores de la sociedad.

Por Darío D'Atri (CMI)

La economía del 2005 cerrará su ciclo con un crecimiento cercano al diez por ciento anual. La tasa de desempleo, si se aplicaran las viejas metodologías de medición, arrojaría una cifra del orden del 9 %, dimensionando la excelente recuperación del empleo en los últimos meses. El pago anticipado de la deuda al FMI es una medida discutible en su faz económica, pero que abre expectativas de libertad en la toma de decisiones impensada hasta un mes atrás. Así, la lista de datos auspiciosos sobre algunos de los temas más acuciantes de la Argentina podría continuar.

Sin embargo, culmina el 2005 con el evitable y reiterado sabor amargo que -sobre todo en las últimas semanas- ha disparado la insensata vocación de poder del presidente Néstor Kirchner, empujada por un estilo digno de caudillismos de mediados del siglo XIX. En los escasos días que van desde el 19 de diciembre hasta hoy, la Casa de Gobierno, pero sobre todo su habitante más ilustre y señora, pusieron en marcha un operación política que cuesta entender, y que ha sumergido a buena parte de la gente en la incertidumbre y la sospecha que siempre generan el atropellamiento de las instituciones y la tozudez para reivindicar discursivamente ese esfuerzo cotidiano por doblegar al adversario político.

Sólo el mal acostumbramiento de una gestión provincial que destiló, como en tantos otros territorios de la Argentina, dosis de autoritarismo lindantes con el nepotismo permiten encontrar algo parecido a una explicación para lo que ha ocurrido en los últimos días con el presidente.

.

En emergencia

A la discutible legalidad del tratamiento y aprobación de la extensión y ampliación de la Ley de Emergencia Económica, una semana atrás, se sumó en estos días el papelón político del intento de modificación de la estructura del Consejo de la Magistratura, sin duda la institución pública que más ha hecho en los últimos tres años por purificar la atmósfera siempre cargada de la Justicia.

Primero, el gobierno argumentó a favor de la prórroga de la Ley de Emergencia Económica explicando que necesitaba esos superpoderes para poder negociar con las manos libres ante acreedores internacionales y ante empresas que actualmente tienen en juicio a la Argentina en tribunales externos. Sin embargo, lejos de someter esas ideas a debate, y muy cerca del mal recuerdo del "diputrucho" menemista, el kirchnerismo cerró listas de oradores, envió a empleados administrativos a izar la bandera nacional cuando es obligación de un diputado, y aprobó en el récord de 90 segundos una ley excepcional que virtualmente transforma al Congreso en un títere de la República.

Segundo, esta misma semana, la Casa Rosada prefirió descartar la hipótesis sensata de una desactivación del proyecto oficialista de reducción del número de integrantes del Consejo de la Magistratura, para disparar en las comisiones de la Cámara de Diputados los artilugios que permitirán finalmente en febrero aprobar ese cambio discutido por la oposición, las ONGs relacionadas con la Justicia, las agrupaciones de abogados y de derechos humanos y, finalmente, el sentido común de la calle.

Perspectivas alarmantes

Si a esos dos datos contundentes se suman el escarmiento público de la primera dama al vicepresidente de la Nación por una supuesta operación de prensa que, íoh, sorpresa!, resultó no ser una operación sino un dato certero de la realidad (el senador socialista por Santa Fe Rubén Giustiniani fue desplazado por el oficialismo -y luego repuesto tras el escándalo público- de la Comisión de Asuntos Penales por oponerse al proyecto cristinista de reforma del Consejo de la Magistratura), y el discurso del presidente contra la oposición, la conclusión es claramente desalentadora en términos de expectativas de un mejoramiento de la vocación democrática del presidente.

Si la intención del gobierno, lanzado ya a una carrera de acumulación de poder sólo explicable por ese fin mismo, fue con el discurso presidencial antioposición del martes pasado preparar el terreno para unas presidenciales 2007 que hoy por hoy lo tienen de favorito, habrá que admitir que el manejo de los tiempos y expectativas por parte de la Rosada adelanta no menos de doce meses.

En cambio, si se trató de una nueva demostración presidencial del poco apego a las opiniones divergentes, la conclusión lleva a pensar en un triste horizonte de radicalización de las formas antidemocráticas, en pro de una política en la que los fines justifican cualquier medio.

El factor económico

Es realista plantearse lo que hoy se preguntan la mayoría de las empresas: ¿cuánto y de qué manera puede afectar en la expectativa de los consumidores la posibilidad concreta de una agudización del enfrentamiento entre gobierno y oposición, en el marco de una perspectiva presidencial cada vez más intolerante?

Entonces, aunque la economía siga ganando el partido a la política, la consolidación de un estilo de manejo del poder definido por el atropello implica correr grandes riesgos de generación de impactos en esa delgada línea de confianza que habitan consumidores y empresarios.

Hasta la salida de Roberto Lavagna, el contrapeso a la iracundia presidencial -en el plano económico- la ejercía el ex ministro, responsable en gran medida de la generación de un progresivo clima de confianza de consumidores y empresas desde mediados del 2002. Ahora, la obediencia del elenco ministerial, la excluyente presencia de Kirchner en la pantalla de la realidad nacional, y el transcurso de un tiempo en el cual son más los que se callan que los que objetan y discuten, generan un clima de incertidumbre que -hoy por hoy- se percibe en voz baja entre los empresarios.

Así, aunque el efecto político de semejantes empellones presidenciales sea difícil de anticipar, el gobierno no termina de asumir que en el corto plazo la economía necesita fundamentos para mantener esa capacidad de iniciativa que tuvo hasta ahora. La inflación, sólo por mencionar la nueva deuda nacional que debe enfrentar el gobierno, obliga a Kirchner a una estrategia que calme las aguas. La inversión, ese otro factor clave para el sostenimiento del crecimiento y el freno a la inflación, también obliga a un discurso de consensos básicos, que hoy aparecen rotos, cuando no sangrantes.

Es un final de año alejado de la ilusión de una nueva política, esa que anime a pensar en la base sólida de sustentación que demanda cualquier proceso serio de recuperación económica, lucha eficiente contra la desigualdad y reconstrucción del país que todos quisiéramos, próspero y justo.