ANALISIS
Miedoso
Por Alejandro Galetto

Los ribetes y vicisitudes que encarnan los deportes son verdaderos misterios insondables, que tienen íntima relación con el aspecto psíquico de cada ser humano. Y es por eso que lo que en algún momento pudo ser un tenista con una mentalidad imperturbable, por alguna razón se puede convertir, súbitamente y en cuestión de poco tiempo, en un jugador con bajones anímicos en los momentos menos pensados.

Es, en apariencia, el caso del australiano Lleyton Hewitt, quien intenta demostrar constantemente que se puede pasar por encima a quien se le cruce, con sus actitudes impertinentes y fuera de toda ubicación y educación, pero que de un tiempo a estar parte evidenció debilidades manifiestas.

El punto de quiebre está muy bien marcado en la línea histórica y se dio en junio del año pasado con la resonante, inesperada y magnífica victoria de David Nalbandian sobre el oriundo de Adelaida que dejó afuera a Australia, en su casa y sobre césped, de la Copa Davis. Ahí estuvo la clave.

El encuentro de esta mañana venía precedido de muchas habladurías previas, en las cuales se habían metido, incluso, los medios locales. Pero Hewitt, que no venía jugando bien (se podrá aducir que hace poco fue papá y que su cabeza se encuentra en otra parte, puras excusas), ingresó al campo de juego con un mensaje gestual muy claro: su confianza estaba deprimida. Chela, que tomó el duelo como si fuera una final para tomarse la revancha del papelón del año anterior, se preocupó más por mantenerse tranquilo que por jugar bien al tenis, algo que llegó como consecuencia de lo primero. Y se llevó el triunfo más esperado. Por Juan Ignacio, por su círculo íntimo, por todos los jugadores argentinos y en definitiva, por todo el país, que ya tomó los partidos ante el malo de Lleyton como un clásico que no se debe perder.