¿Dónde estamos? repite el periodista cada vez que la caravana de autos oficiales se detiene dejando atrás una nube de polvo. Los funcionarios y legisladores que rodean al gobernador dan indicaciones, y las referencias se repiten: el edificio del ex Frigorífico, la antena de Canal 13, de LT9, la ruta 70.
Si la cara de la ciudad es la postal del puente Colgante o la Costanera, el borde oeste santafesino -del que tantas veces se ha escrito desde 2003-, ha sido por años sólo la espalda.
Y más abajo de ésta, desde el Hipódromo hacia norte, es todavía peor. (Esta es una ciudad en la que se baja mientras uno más se aleje de lo que un geógrafo llamaría el sur, y los santafesinos designamos como el macrocentro, el área entre bulevares que está casi en un extremo del mapa).
Desde la ribera del Salado se ve un desdibujado reverso urbanístico. De lo que llamaríamos adentro de la ciudad, el borde repite sólo la cuadrícula de calles y manzanas.
Para crecer, la zona quedó librada en su desarrollo a una histórica desprovisión de servicios y desprotección del Estado. En los mapas de la seguridad, fue pintada de rojo.
Hasta ahora, el borde oeste no tuvo oportunidades, y quizá esta obra hidráulica y el proyecto vial en marcha le den alguna.
Tras la inundación, una suerte de muralla china de proporciones impresionantes (calculadas para una recurrencia de nada menos que mil años) separan ahora esta enorme espalda santafesina del río Salado y sus crecientes.
No es la obra que se había diseñado para cerrar la defensa cuando se hicieron los tramos 1 y 2 (hubiera bastado con llegar hasta Estado de Israel, tal como se hizo después del ingreso del agua, en plena emergencia, hace casi tres años).
Hoy, cuando se recorren los trabajos, es inevitable pensar que quizá este enorme murallón tenga las proporciones de los millones de metros cúbicos de palabras que requiere alguna argumentación que sea capaz de convencer que lo que vivió media ciudad hace casi tres años -cuando entró el agua por la espalda- fue sólo una catástrofe natural.