La marcha de los pingüinos

La aridez del desierto helado los templó hasta el rigor, los cerró en la autoconciencia de su estirpe y los convenció de que estaban habilitados para grandes empresas. Vestidos de etiqueta, pero con un comportamiento que desmiente el protocolo sugerido por la indumentaria, avanzan a un paso bamboleante, que para algunos resulta gracioso. Pero que los lleva exactamente adonde quieren ir, sin que nada pueda detenerlos.

El pingüino emperador es una especie curiosa, que se destaca de sus congéneres por varias características. De hecho, su solo nombre remite a un destino de grandeza, que parece verse correspondido con la grandilocuencia de su desempeño. Pero además, son sumamente cuidadosos en la elección de sus hembras, que son para toda la vida. No faltan quienes intentan leer en este mandato biológico una consagración de la monogamia y la fidelidad, a las que el reino animal suele ser en general reticente, pero que en este caso confieren a estos seres una especie de superioridad moral. En realidad, no faltan razones especulativas para asistir tal comportamiento, ya que está establecida una dinámica de trabajo conyugal, en función de la cual el macho custodia los huevos, mientras la hembra sale a alimentarse hasta el hartazgo y traer vituallas para la futura prole. Es decir, una sociedad conyugal en la cual cada uno de los miembros debe cumplir satisfactoriamente su parte.

También hay cierta sobreactuación: esta especie recorre 70 millas para alimentarse, cuando otras se las arreglan con un trayecto de dos o tres. Pero como las cámaras están ahí para registrar todo lo que hacen -soslayando cuidadosamente, eso sí, cualquier referencia a las manchas oscuras que aparecen a los pies de los peregrinos en ciertos momentos de la marcha-, vale la pena el esfuerzo. Y cualquiera que se oponga -por ejemplo, los lobos marinos, aún cuando estén cumpliendo su función natural y buscando su propio sustento- es estigmatizado como villano.

Aunque es el documental ganador del Oscar, hay que decir que no a todos los pingüinos les gusta la marcha. Pero llegaron para quedarse, y ya recaudaron millones.